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Vapor Olivette en el que
Martí viaja a Cayo Hueso

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Casa de Teodoro Pérez, patriota
cubano residente en el Cayo, donde
Martí recibe el tributo de admiración
de los emigrados cubanos

JOSE MARTI
Part III

 

Es noviembre de 1891, y ¿a dónde va este hombre de 38 años, a quien  el pelo le ralea en las sienes; este señor de  bigote espeso y mirada más espesa, como de hombre mayor? ¿A  dónde va  Martí?  Va  a  Tampa, a donde lo  ha  invitado  el  Club patriótico  Ignacio Agramonte; va a Tampa, que es un  pedazo de tierra cubana en los Estados Unidos; a Tampa donde  están los mejores, los más pobres y los más desprendidos. Va a la tabaquería  de Ibor City, y al Liceo Cubano, a  decir,  para Cuba,  que sufre, la primera palabra; y a pintar,  para  que todos  la vean, cómo será la república que crearán  con  sus manos, y cuya ley primera será el culto a la dignidad  plena del  hombre, surgido del trabajo y del  pensamiento  propio.
La república ha de formarse con todos sus elementos: negros, españoles,  criollos blancos, " con todos y para el bien  de todos".
En   seguida   se  puso  en   contacto   con   organizaciones patrióticas:   el  Club  que  lo  había  invitado,  la   Liga patriótica  cubana,  y les hizo ver la necesidad  de  unirse para  una acción común. Se escriben las  resoluciones  para esta unificación de organizaciones.
En  la  velada del 27 de noviembre habló de las  tareas  que todavía  tienen  los  caídos, y de  la  urgencia  de  hacer.
"Pinos  nuevos" llamó a los nuevos revolucionarios.  Visita los  talleres y funda la Liga de instrucción de Tampa,  para los cubanos negros, semejante a la de Nueva York.
Regresa a Nueva York y también se hace invitar a Cayo Hueso. Como en Tampa, el recibimiento es fiesta. Y cuentan que  se le  acercó un veterano de la guerra, que lo  había  conocido hacía  once años en la Junta de Calixto García, y que  Martí le  dijo : "Abrazo a la revolución pasada". A lo  que  José Francisco   Lamadriz,   que  así  se  llamaba   el   anciano, respondió: "Abrazo a la nueva revolución".
 

 
Arengas,  y banquete nocturno con discursos, pero  ya  Martí está enfermo. En los días siguientes continuará su  trabajo aun enfermo. Le escribe a Gonzalo: "Desde la cama, junto".
Se  reúne  con una comisión de  la  organización  patriótica Convención  cubana,  y convoca a todos  para  presentar  las bases  del  Partido Revolucionario Cubano,  que  estaba  por nacer, luego de polémicas y convencimientos.
Martí  defendía  la  creación  de  un  partido,  capaz  para organizar,  dirigir y orientar la guerra; hábil para  lograr la  unión, previsor para evitar los errores de  las  guerras anteriores,   y  conjugar  todos  los  factores   disímiles; abarcador  para  procurar la unidad latinoamericana  y  para diseñar la nueva república.
Pero  a  Martí, a este Martí crecido, se le ha  fijado  otro objetivo mayor, el de impedir que las Antillas sirvieran  de trampolín  para  la  intervención de los  Estados  Unidos  en América.  Por  eso  el  Partido  Revolucionario  Cubano  se propone también la liberación de Puerto Rico. ¡A la guerra!
Caben   en   el  Partido  todos  los   interesados   en   la independencia;   se   excluyen  los  que   tienen   intereses económicos  contrarios a ella:  autonomistas,  anexionistas, integristas.
La República a que el Partido aspira se formaría del pueblo, de  su  trabajo  en  la  economía  y  en  la  política,  del desarrollo  de  la  agricultura  que  crea  riqueza,  y   en concierto  armónico  con el resto de América, a la  cual  la obligan su ubicación geográfica y su historia común.
En el Cayo también habla a todos, y recorre las tabaquerías.
Se discuten las Resoluciones, y las bases del Partido, y  se dispone la redacción de los estatutos.
Como en Tampa, el Maestro recibe regalos y afectos.
Regresa a Nueva York, a desarrollar el Partido Revolucionario Cubano que había creado.
En  toda  su  vida de revolucionario, ha  sido  impugnado  y reprochado  por  unos y otros. Esta vez,  el  incidente  se produce a propósito de una alusión, en su discurso de Tampa, al libro A pie y descalzo, de Ramón Roa, que parecía a Martí inoportuno, pues enfatizaba las desventuras de la guerra, en momentos de llamar a la fe de la nueva contienda.
En  un  periódico de Cuba, a la firma de Enrique  Collazo  y otros  dos cubanos, se publica un artículo donde se acusa  a Martí  de cobarde, se defiende la postura de Roa, y se  duda de que Martí tenga valor para ir a la manigua.
Martí,  que está de nuevo enfermo, contesta, sin  embargo  a Collazo,  con datos, con severidad, con hombría. Le  cuenta de  su vida, de su prisión, de su destierro, de  su  penuria económica, de su renuncia a la familia, de sus esfuerzos  de unión y de sus planes de guerra.
Andando el tiempo  Collazo comprenderá  su  injusticia  y se vinculará  a  Martí  en  el empeño  revolucionario.  Martí, por su parte,  olvidará  la ofensa y dará su mano de amigo, siempre dispuesta.
 
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Edificio donde radicaba el despacho de Martí
en Front Street 20, Nueva York


 

 

 

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Casa de Paulina Pedroso en donde Martí
es asistido después del intento de asesinato
 



Máximo  Gómez  ha  estado buscando  relaciones  con  Martí  a través de Serafín Sánchez, otro patriota. Se han fundado nuevos clubs,  se celebran  juntas,  y los clubs declaran su  adhesión  a  las bases del Partido.
Como  es muy importante la propaganda del Partido, se  funda un medio de prensa, Patria, el 14 de marzo de 1892. En  ese primer número de Patria se publica, además de las bases  del Partido, un artículo explicativo: "Nuestras ideas".
Patria,   aunque  era  una  publicación  del   Partido,   de explicación, de movilización, de toma de conciencia, incluía comentarios de cultura y de historia, porque cumplía también a  la  función patriótica el dar a conocer  los  valores  de nuestra  literatura, los empeños de ciencia y de  coraje  de que somos capaces.
Varios clubs eligen a Martí delegado, que es el cargo máximo que  establecen  los  estatutos  secretos.  Los   estatutos secretos  se  hacen necesarios, pues no se  podía  proclamar libremente  una organización para preparar una guerra, y  en ellos  se  señala la estructura del Partido.  En  los  años siguientes  Martí será reelegido siempre como  delegado  del Partido.
Los  clubs  envían fondos. Martí da seguridades  y  elimina suspicacias. El 10 de abril de 1892 se proclama el  Partido Revolucionario Cubano.
Las relaciones con las emigraciones de Jamaica, Tampa,  Cayo Hueso,  se intensifican; y con Cuba se procura un  concierto que  permita  que  la insurrección del  país  se  levante  al unísono.  Martí  se  pone en contacto  de  nuevo  con  Juan Gualberto, y diagnostica la situación, y tienta las  fuerzas en cada lugar.
Tiene  un  altercado  con Enrique Trujillo,  quien  desde  las páginas de El Porvenir impugnaba el poder del delegado y los métodos de organización del Partido.
Martí  se  dispone  a  un recorrido  de  unión  y  de  ganar voluntades: al Cayo con los generales de la Guerra grande, a Tampa  --sin voz, con un puñado de españoles que veían  bien la independencia--, a Ocala, a Jacksonville, a todas partes.
Y luego, de regreso a Nueva York envía comisiones a  Oriente y Las Villas.
Es hora de decidir el mando militar de la guerra, porque  la prudencia  lo  aconseja,  porque  ha  habido  algún  intento alocado  de  sublevación,  y  porque  algunos  clubs   andan necesitados  de  esta decisión para  encaminarse.  Por  eso Martí  convoca el 29 de junio de 1892 a dar el voto  a  este respecto.  El voto, como era de esperar, se da por Gómez, y Martí  se  apresta a Santo Domingo.
El  recibimiento  es  de abrazos, como cabe  a  dos  hombres grandes que --olvidados de sí-- luchan por la independencia, y el encuentro dura tres días.
Al despedirse, desde Santiago de los Caballeros, Martí cursa al   General  solicitud  explícita  de  incorporación  a   la campaña,  que  Gómez  acepta  sin  vacilar.  Es  el  15  de septiembre de 1892.
Pasa por Haití, y por Kingston a ver a la madre y la  esposa de  Maceo,  y  vuelve a Nueva York donde da  cuenta  de  sus gestiones y del ánimo de los cubanos emigrados.
Enferma  de  nuevo, pero apenas recuperado escribe  a  Maceo para  su  incorporación, recibe noticias  favorables  de  la comisión despachada a Cuba, y sin tardanza sale de nuevo  al Cayo en apuro de más apoyo monetario.
 

 
Desde hacía algún tiempo Martí era espiado por los servicios de seguridad españoles y de los Estados Unidos. En el  Cayo arenga, perora, visita, encauza, y continúa siendo  vigilado y  sospechado.  Finalmente, trataron de asesinarlo  con  un vino envenenado.
Martí  mostró su extrema generosidad con los que  se  habían prestado a la tarea homicida, y, por lo demás, no se  separó un  punto  de  su tarea, y consiguió el  compromiso  de  los tabaqueros  de donar un día de trabajo cada semana  para  la causa.
Está  en todas partes: en Fernandina, en Tampa,  en  Central Valley, en Nueva York. Pide a los ricos más contribuciones.
Y él, a Filadelfia, a Atlanta.
Le  preocupa  Cuba. Teme a las precipitaciones  que  pueden echar  a perder los planes serenos y bien trazados,  teme  a los autonomistas que nunca acaban de levantar la cabeza. Le  preocupa  el Cayo, adonde han traído  obreros  españoles para desplazar a los cubanos, y donde ofrecen repatriación a los desocupados.
Las   preocupaciones  de  Cuba  son  fundadas:  estalla   un movimiento en Holguín, comandado por los hermanos Sartorius. El  levantamiento es asociado a los clubs del  PRC.  Martí, completada  su  misión recaudadora, regresa  Nueva  York  a desmentir   toda  vinculación  con  el  levantamiento.   La intentona de Sartorius fue sofocada en pocos días.
En la noche que tuvo que defenderse de la acusación injusta, en Hardman Hall, conoce a Rubén Darío, el poeta de Azul,  la voz  del  modernismo hispanoamericano,  muy  joven  todavía. Martí lo llamó hijo, lo llevó consigo a su tribuna, y Darío, que  lo  consideró  su maestro, recordará  años  más  tarde, emocionado, el magnetismo y la generosidad de Martí.
 
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Catedral Primada de América
 en Sto. Domingo

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Calle principal de San José de Costa Rica.
 Fotografía de la época

 

 


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Casa de Manuel Mercado en México,
calle de San Ildefonso

A  los  obreros  despedidos del Cayo Martí  les  procura  un abogado bueno y valiente para que les ganara su pleito. Y de nuevo monta el rocín del peregrinaje: a Santo  Domingo, al General; a Costa Rica, donde establece planes y  organiza junto  con  Maceo;  a  Panamá, y  de  nuevo  a  Nueva  York, alternativamente vibrante y enfermo.

En  Cuba se produce una nueva intentona, esta vez en  Lajas, fomentada por el gobierno español, y por el gobierno español ahogada en sangre.
Martí  es  criticado  intensamente, pues  esta  vez  sí  los sublevados  pertenecían al PRC. Al parecer habían  recibido una orden falsa de alzamiento . Decide apresurarse, y busca que Gómez dé una fecha.
Todo  este tiempo, en el año 1893, Martí continúa  vinculado al decursar de la vida en los Estados Unidos, sobre todo  en aquello   que   pueda   repercutir   en   su    movilización revolucionaria.  Escribe  sobre la crisis  económica  y  el status  de los obreros, sobre la pobreza de  la  emigración, sobre  Gómez y Maceo, sobre Bolívar, que buscó a caballo  la América grande. Y escribe también otros artículos a la  vez políticos  y literarios, como el de Julián del Casal,  donde habla de la generación literaria nueva que está naciendo  en América y su modo de crear; o también el de los poetas de la guerra,  que resolvían en rimas la miseria de la  guerra,  y cuya  poesía,  según Martí, estaba no en lo  que  escribían, sino en lo que hacían.


Imprenta de Ulises Franco Bidó que sirvió a los patriotas cubanos
Y, al tratar de dar a conocer al enemigo mayor, analiza  los problemas  de la formación histórica de los Estados  Unidos, la  disputa  entre el norte y el sur por el  predominio,  su desarrollo  desproporcionado  que  ocasiona  la  codicia  de nuestras tierras.
Fermín  ha venido a Nueva York, y Martí se ha  regocijado  en él, y lo ha mandado al Cayo con misiones.
En  Cuba  la situación se agudiza.  Descubren  en  Camagüey --Puerto Príncipe-- un cargamento de armas. En poco tiempo, los  cambios en el gobierno hacen ver como única posible  la solución independentista.
Gómez viene a los Estados Unidos en abril de 1894. Viene  a ver  con  sus  ojos  los preparativos,  viene  con  su  hijo Panchito,  viene a fijar el plan de invasión.  Se  disponen tres  expediciones:  la de Gómez a Camagüey,  la  de  Serafín Sánchez y Carlos Roloff a Santa Clara, la de Maceo y Flor a Oriente.
 
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La Casa de
Montecristi
 

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Ventana de la casa de Mercier
 donde se alojaba Martí en Cabo
Haitiano

 

 

 

                 

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Ambos extremos de la playa por donde
 desembarcó Martí y Gómez el 11 de abril

 


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Dos Rios, vista aérea 1953

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Se  encamina a México, donde piensa juntar algún dinero,  en julio del 94. Vuelve después de diecisiete años a la patria de  su  juventud, donde es querido y admirado.  Allí  reúne fondos,   pero,  sobre  todo,  acumula   afectos,   recupera amistades, conversa, convence, se despide.
En estos viajes y avatares conserva su amor de familia  para escribirle a María sus mejores afectos:

Bahía de Fernandina
¿Te  acuerdas  de  mí?  Ya lo sabré  a  mi  vuelta,  por  el ejercicio  en francés de cada día, que hayas escrito con  su fecha  al pie, -- por la música nueva, por lo que  me  digan del  respeto con que te has hecho tratar, -- y por el  calor de tu primer abrazo.
Martí  es  espiado, lo había sido desde su llegada  a  Nueva York en 1880. Maceo es herido. Pero a  pesar  de  las dificultades se aprestan tres barcos --el Amadís, el Lagonda y  el  Baracoa-- para salir del puerto de Fernandina  en  la Florida.
En  la cobertura de la operación Martí se hacía  llamar  Mr. Mantell  y  lo  acompañaba Manuelito Mantilla,  el  hijo  de Carmen  Miyares,  quien se presentaba como hijo  de  Martí  e iría en el Amadís.
En  Cuba están convenidas las fuerzas que esperarán  a  cada expedición: Guillermón Moncada y Bartolomé Masó en  Oriente, mientras  Julio  Sanguily y José María  Aguirre  levantarían desde dentro Matanzas y Jagüey Grande.
Los Estados Unidos están al acecho, miran el plan, buscan un traidor, y finalmente confiscan los barcos en enero del 95.
Martí va a Fernandina. Todo parece estar perdido. Pero  la resolución  de  los  cubanos es  más  fuerte  que  cualquier fracaso: por Gonzalo se obtienen fondos; el abogado que defendió a los obreros del Cayo se compromete a recuperar las armas embargadas; Cuba y la emigración conocen del tremendo plan fraguado, y se hace evidente la necesidad de apresurar el alzamiento, pues de lo contrario podrían encarcelar a los sospechosos de conspiración.
El desembarco
La guerra
 
Combinan con Juan Gualberto, que está en Cuba, un plan de alzamiento. La autorización se firma --la firman Mayía Rodríguez, Enrique Collazo y Martí-- el 29 de enero del 95, y llega a Juan Gualberto en febrero.
Martí envía a Gonzalo al Cayo por nuevos fondos. Maceo y Flor se disponen a salir de Costa Rica hacia el norte de Oriente; y Martí a reunirse con Gómez en Santo Domingo.
Todo esto lo hace burlando el espionaje de que es objeto, y alejado de sus lugares habituales de actividad.
El 31 de enero parte Martí hacia el General. En el viaje lo acompañan Mayía, Collazo y Manuelito Mantilla. Van en un vapor llamado Athos. En el trayecto escribe a los que han sido su familia más próxima: a Carmen Miyares, la mujer que comprendió su lucha, que lo apoyó firme y calladamente, que lo vio partir con la tristeza asomada a los ojos; y a María le dice: "No tengas miedo a sufrir. Sufrir bien, por algo que lo merezca, da juventud y hermosura".
De Costa Rica no acaba de salir la expedición, porque Maceo no puede aprestarla con tan poco dinero. Estalla la guerra en Cuba el 24 de febrero. Los militares, que se reúnen en Montecristi, tratan de que Martí vuelva a Nueva York, pero Martí se niega. Él irá a Cuba. También deciden confiar la dirección de la expedición de Oriente a Flor: Flor dice que puede hacerla con menos recursos que los que Maceo necesita.
Martí escribe un diario, donde dice su labor y su impaciencia; cartas de movilización y cartas de ternura.
Manuelito Mantilla se ha enfermado de tuberculosis, y Gómez y Martí lo convencen de volver a Nueva York con una misión, y no ir a la guerra. Regresa a Nueva York el 18 de marzo y en muy poco tiempo morirá de su enfermedad.

El 25 de marzo, antes de partir de Santo Domingo en una vieja goleta bien pagada --Brothers-- que es lo único que han podido conseguir, Martí y Gómez firman lo que se conoce como el Manifiesto de Montecristi. Allí se escribe que esta guerra es obra del PRC y continuación de la anterior, porque defiende la independencia de Cuba, como labor de todos, y porque esto conservará el equilibrio mundial, y la unión latinoamericana. Se funda una república nueva.
También escribe sus cartas, que son ya de despedida: a la madre, diciéndole una vez más su deber de hombre; a su amigo Federico Henríquez y Carvajal para explicarle su disposición de sacrificio, de ir donde sea más útil, y del papel de las Antillas como muro de América; a Gonzalo para que ordene y publique sus papeles; a su hijo, severo: "Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado".
Pepito recibirá esta carta, y sentirá el llamado de su deber y de su sangre, y se irá la manigua a combatir por Cuba libre, cuando ya su padre haya muerto.
Escribe a María, para que se prepare a la vida y al trabajo:
Y mi hijita, ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer --en saber, para poder querer(...) Conocerás el mundo, antes de darte a él. Elévate, pensando y trabajando.
El primero de abril salen. Llegan a Inagua, donde el capitán del barco deserta del empeño. Martí logra recuperar el dinero y toman pasaje en un barco alemán, el Nordstrand, que va a Cabo Haitiano.

De nuevo al mar, y de nuevo a Inagua, para enfilar hacia Cuba finalmente. A tres millas de la costa sur de Cuba, por cerca de Guantánamo, bajan un bote. Martí va a proa y rema mal. Desembarcan en Cuba, el 11 de abril de 1895, por Playitas de Cajobabo.


Caminan tierra cubana. Martí está radiante. Ha vuelto después de más de 15 años. Encuentran gente amiga y se ocultan en una cueva a la espera de respuesta para un mensaje que Gómez ha enviado. Van por lo escarpado con su práctico, y llegan al campamento del patriota Félix Ruenes el día 14 de abril.
Martí sigue su diario alborozado: Habla erguido el General. Hablo. Desfile, alegría, cocina, grupos (...) Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella.
Va cargado: mochila, fusil, mapa, libros.
El 15 llaman a Consejo de jefes y de él excluyen a Martí, que se entristece por el gesto. A poco lo hacen venir, y es para decirle su acuerdo: reconocerlo como delegado del PRC en la manigua, y darle el grado de mayor general del ejército libertador. Martí lo siente como un honor inmerecido, pero su dicha es inmensa.

Maceo y Flor están ya en la Isla. La revolución avanza, y Martí escribe a la emigración, se dirige a los soldados, cumple su faena. En sus páginas íntimas, celebra un combate de José Maceo, que le ha regalado un caballo; se estremece por la muerte de Flor. Como en la emigración, es un gran dirigente en la guerra, y argumenta por qué, una vez comenzada la contienda, no debe aceptarse ninguna oferta de rendición, ni ninguna variante para el cese de las hostilidades.
El hombre personal muestra su sencillez y se asombra de la naturaleza. No hay contradicciones.

El día 2 de mayo viene a la manigua un periodista norteamericano, George E. Bryson. Martí trabaja con él, le explica, prepara un manifiesto para el periódico Herald.
Presencia un consejo de guerra y la ejecución de un vil. Lo cuenta con serenidad. Ya antes se había sorprendido, en carta a Carmita Miyares, de que no le inspiraran horror las manchas de sangre y las cabezas de los muertos que había encontrado en el camino.
Concertan una entrevista con Maceo, que se celebra el 5 de mayo de 1895 en el ingenio La Mejorana. Allí los jefes discuten sobre la forma de gobierno. Maceo quiere poner en primer lugar a los generales. Martí defiende el poder de los sectores que ha representado, y no quiere que se le vea como un estorbo al movimiento militar. La discusión es fuerte. Las voces son altas. Gómez tercia. Al día siguiente entran en el campamento de Maceo y allí son aclamados por las tropas. El diferendo se ha resuelto.
El día 12 escribirá a Maceo que lo viera solo como un peleador y no como un estorbo. Le dice: "de mí todo lo que ayude a fortalecer y ganar la pelea".
Continúa organizando la guerra y el gobierno. Jagua. Hato Enmedio. Bío. Altagracia. Van por estos lugares. Avanzan.
A Martí los hombres lo llaman Presidente, y él lo anota, con íntimo regocijo, el día 9 de mayo. Gómez no está de acuerdo con que lo llamen así: Martí es el delegado. Pero los hombres siguen diciéndole como les dicta su corazón: Presidente.
El 14 de mayo escribe a los jefes y oficiales, esta vez para procurar la unidad y la energía de acción, y para que se destruya todo lo que ayude a mantenerse o defenderse al enemigo ( vías de comunicación, fuentes de recursos).
Se encaminan hacia el campamento de Bartolomé Masó, y el 15 de mayo llegan a Dos Ríos. Están acampados, y Gómez va a algunas acciones.
Martí se disponía a deponer su cargo de la emigración ante la revolución que se alza por su esfuerzo. El 18 le escribe a Mercado sobre la tarea esencial que siente sobre sí:
impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia(...) Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; --y mi honda es la de David.
El militar español Sandoval se acerca al sitio con 600 hombres. Gómez va a enfrentársele con algo más de 340. Masó, Gómez y Martí arengan a los combatientes. Se adelantan al combate y Gómez ordena a Martí pasar a retaguardia. Martí no obedece. Pide un revólver a su ayudante, el joven Ángel de la Guardia, y avanza.
Hieren a Ángel y Martí cae muerto de una descarga cerrada.
Los cubanos no logran rescatar el cadáver. Las tropas de Ximénez de Sandoval lo enterraron en Remanganaguas, y luego, embalsamado, en Santiago de Cuba. Llevaba, cuentan, al pecho, el retrato de María, y la cinta azul que le había enviado como recuerdo Clemencia, la hija del General Gómez.
 

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Panteón en el cementerio de Santa Efigenia
 en Santiago de Cuba que guarda los restos de
José Martí

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Estación de San Luis donde estuvieron
 espuestos los restos del Apóstol en su camino a
Santa Ifigenia

 

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Monumento que señala el lugar donde cayó
José Martí, vista actual

 

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Tumba de José Martí en el panteón de Santa Efigenia

Muerte de José Martí
El mausoleo de José Martí por María Argelia Vizcaíno
"No me pongan en lo obscuro
a morir como un traidor:
Yo soy bueno, y como bueno
¡Moriré de cara al sol!" José Martí
Un 19 de mayo de 1895, cayó en combate, José Julián Martí y Pérez, Apóstol de nuestra independencia. De nada le valió a los cubanos concentrarse bajo el mando del Generalísimo Máximo Gómez para intentar su rescate, pues el enemigo se les adelantó. Fue esa triste noche, según leí en una de las mejores biografías martiana escritas, la de Jorge Mañach, que “alguien acuñó ya, para la posteridad, un título venerador: Apóstol.”
La tropa triunfante del coronel español Ximenez de Sandoval se dirigió a marcha forzada hacia Remanganaguas, pero un torrencial aguacero los obligó a acampar y “el cuerpo de Martí fue bajado de la acémila del práctico y dejado toda la noche bajo el cielo negro.”
Su cadáver fue primero enterrado la tarde siguiente sin ataúd en el cementerio de Remanganaguas, provincia de Oriente, y para colmo encima le pusieron el cuerpo exánime de un sargento del ejército español. Cuatro días después, cuando las autoridades españolas se convencieron de la importancia de la jerarquía del Jefe insurrecto, determinaron que debían trasladarlo hacia Santiago de Cuba. Mañach relata que desde un principio que el práctico Oliva lo vio sabían quien era, por los papeles que llevaba “bajo la azul chamarreta ensangrentada”, y lo confirmaron cuando lo reconoció un capitán que supuestamente lo había visto unos meses atrás en República Dominicana, pero la orden tuvo que venir de la jefatura de Santiago. “Mal embalsamado, en un ataud hecho de cajones y colocado sobre unas parihuelas, el cuerpo de Martí llegó a Santiago de Cuba el 27 de mayo.” En unos recortes de la revista Bohemia que me enviaron de Cuba en la década de 1980, decía que llegaron el 26 de mayo a las 6 de la tarde, para darle sepultura al otro día en el nicho 134 de la Galería Sur, de la necrópolis de Santa Ifigenia.
Ahí quedó hasta el 24 de febrero de 1907, (después de la independencia de España) que para rendirle honor lo llevaron a un pequeño templete, con unas lápidas que tenían inscritos algunos de sus más profundos pensamientos, poniendo su busto al frente.
Pero un grupo de jóvenes del Club Rotario decidieron que debían erigir un sepulcro donde se dignificara al insigne patriota, y convocaron a un concurso para escoger el mejor proyecto, siendo ganador el escultor santiaguero nacido en 1911 Mario Santí, que se sintió inspirado al leer una misiva que escribió nuestro prócer en el diario argentino La Nación, en la que éste describía cómo se debía rendir honor a los grandes hombres: “A los que en ese universo Nuevo levantaron y clavaron en alto con sus manos serenas, el sol del decoro; a los que se sentaron a hacer riendas de seda para los hombres; a los que perfeccionaron al hombre, esculpiría yo, bajo un templo de mármol, en estatuas de pórfido. Y abriría para ir a venerarlos un camino de mármol, ancho y blanco.” (Santí es el mismo que hizo en el exilio poscastrista un monumento a Martí para un parque público de Hialeah, Florida.)
Gracias a la iniciativa de estos jóvenes y a la contribución del pueblo por fin son llevados los restos del Maestro a su morada final el 30 de junio de 1951. Para llegar al lugar donde reposan los mismos es “un camino de mármol, ancho y blanco” a cuyos lados pueden leerse pensamientos del Apóstol en columnas de piedra, relacionados con los sitios que le sirvieron de campamentos militares durante la campaña libertadora. Para construir la escalinata en la base del monumento se trajo el mármol de la Finca El Abra de Isla de Pinos. En cada esquina del mausoleo hay una estatua de las antiguas provincias de la nación, con el símbolo que las identificaba. En la parte superior está la figura del Prócer en mármol mirando hacia el Este por donde sale el sol, y abajo la cripta de bronce que guarda sus restos; debajo de la misma hay tierra de las distintas naciones americanas que tanto amaba, en significación de la unidad que él soñaba, de toda la América. Complementando la idea, a su alrededor se sitúan los escudos de las repúblicas del continente americano.
Y para complacerlo, como expresara en sus versos sencillos, sobre la estructura metálica hay una bandera cubana, y muy cerca un recipiente que tiene forma de libro, donde siempre deben poner un ramo de flores frescas.
Para reforzar el pensamiento en verso del Maestro, el astro rey penetra durante casi todo el día, ofreciéndose cálidamente a quien “como bueno murió de cara al sol.”
 
 

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