Cantante,
guitarrista y compositora. Nacida en el poblado de Guanajay de
la Provincia Habana, el 6 de febrero de 1895, María Teresa Vera
llegó a ser una notable representante de la música cubana. Al
decir de Helio Orovio es una “voz imprescindible en la historia
de la canción trovadoresca cubana”.
Aprendió a tocar guitarra con Manuel Corona y Patricio Ballegas,
su primera presentación en público fue el 18 de marzo de 1911 en
el teatro Politeama Grande de la Habana con Manuel Corona.
Formó dúo con Rafael Zequeira, con el que viajó, en varias
ocasiones, a New York, grabando discos. En 1926, se une a
Miguelito García. En 1937 integró, junto a Lorenzo Hierrezuelo,
un dúo muy popular que se dejó escuchar por veinticinco años.
Con Hierrezuelo fue a México, en 1954 y actuó en centros
nocturnos aztecas. En 1962 enferma decidió retirarse de la
escena.
Durante más de 50 años, desarrolló una fructífera labor en el
mundo artístico, marcando de manera singular la canción con sus
composiciones e interpretaciones , por lo que fue catalogada
como la más alta expresión femenina de la trova tradicional de
nuestro país.
En una ocasión ella afirmó: “A cantar no me enseñó nadie, porque
esto me nació con el corazón.” Las últimas presentaciones de
María Teresa Vera tuvieron lugar en 1961, justamente en ese año
se grabó una colección de canciones suyas, que fue reeditada en
1999 por el sello discográfico EGREM, bajo el título Las
canciones de Maria Teresa Vera , como homenaje a su dedicación a
la canción cubana.
Entre sus obras se encuentra esa página clásica de la música
popular cubana titulada Veinte Años , que a través del tiempo ha
conservado la frescura y el encanto con que fuera compuesta, al
ser interpretada por múltiples artistas y agrupaciones
nacionales. Esta canción fue compuesta en 1935 siguiendo el
estilo de la habanera, género aparecido en el siglo XIX y
ejecutado en dos niveles, el popular y el lírico. Para ella y
para Miguel Matamoros, la habanera fue una canción de amor para
cantarla a dúo de voces y guitarras
Algunos estudiosos se inclinan a adjudicar el contenido de esta
canción a una triste experiencia amorosa sufrida por Guillermina
Aramburu, amiga de Maria Teresa. Lo cierto es que Veinte años,
hizo famosa a Maria Teresa.
Falleció en La Habana, el 17 de diciembre de 1965, para quedar
por siempre como una de las figuras cimeras de la canción
trovadoresca cubana.
Aparecio
en el Veraz .com
Por Reynaldo González
Su voz tenía mucho de tierra,
del agridulce de la vega tabacalera y del aroma de los jazmines
montañosos.
Se unió a quienes, sin saberlo, protagonizaban una aventura
cultural: cambiaban la manera de disfrutar la música en un
pueblo eminentemente melómano.
Como ellos, componía y cantaba los temas que la existencia le
ofrecía, sus alegrías y sinsabores, con la naturalidad de quien
respira.
Cantante nacida en 1895 en Guanajay, a unos treinta kilómetros
de La Habana. Creció en la capital cubana, y muy joven se
destacó como cantante y por su belleza inscribió su nombre en
aquel grupo de fundadores. Desde que en 1911 debutó en el
Politeama Grande, ya fue imprescindible.
Pasó a ser la intérprete por antonomasia de los grandes de la
trova cubana, trabajó mucho por difundirla a través de las
emisoras, desde los augurales días de Radio Cadena Suaritos
hasta los memorables de Radio Progreso, y la llevó a las casas
de grabación de Estados Unidos. Las misteriosas posibilidades de
su voz se unieron primero a Rafael Zequeira, luego al legendario
Ignacio Piñeiro y, ya en su madurez más decantada, a Lorenzo
Hierrezuelo.
Se cuenta que su amiga de la niñez Guillermina Aramburu tuvo un
buen matrimonio durante 20 años, al cabo de los cuales su esposo
la traicionó. Guillermina que escribía canciones desde joven...
le entregó a María Teresa su creación Veinte Años, para que la
cantara con la promesa de que nunca dijera que había sido
escrita por ella; esto provocó que la mayoría de las personas
desconocieran hasta hace muy poco, que la generalidad de los
textos de las canciones de María Teresa, son de Guillermina.
La canción fue un éxito arrasador y el binomio a partir de ese
momento dio a luz a una gran parte de las canciones más hermosas
de la época: Porque me siento triste, No me sabes querer y
muchas más.
Veinte Años
Qué te importa que te ame
si tú no me quieres ya
El amor que ya ha pasado
no se puede recordar.
Fui la ilusión de tu vida
un día lejano ya,
hoy represento el pasado
no me puedo conformar.
Si las cosas que uno quiere
se pudieran alcanzar
tú me quisieras lo mismo
que veinte años atrás.
Con qué tristeza miramos
un amor que se nos va
es un pedazo del alma
que se arranca sin piedad.
También se cuenta que la época de silencio de María Teresa,
alrededor de los años 1927 y 1935 se debió, a que al regresar de
Nueva York, donde fue con el Sexteto Occidente a grabar para la
Columbia, consultó un Ifá, buscando saber qué camino seguir (en
Ifá, están atrapados los secretos y sabidurías que marcan los
preceptos éticos de la estructura social Yoruba y se obtienen, a
través del Ekuele y los Ikines, sistemas adivinatorios) pues la
Cantante era fiel creyente de La Regla de Ocha en la que estaba
iniciada como hija de Ochún. La letra le dijo que debía dejar de
cantar y su abstinencia no se hizo esperar, privó al publico de
sus interpretaciones por casi 10 años, tiempo en el cual obtuvo
una dispensa del Panteón Yoruba y continuó su brillante carrera.
Quienes
amamos el modo peculiar de María Teresa Vera y los irrefutables
segundos de Lorenzo, recibimos conmovidos esos números tocados
por la nostalgia. Es como si paladeáramos una comida casera, una
tarde de mayo acariciada por los mejores vientos de la Isla. Es
sabor de pasado y de presente, de tiempo que nos dibuja el
sentido y adiestra el entendimiento.
En su voz no solo están guardados algunos de los temas más
queridos de la música cubana, sino su cadencia auténtica, sin
traición, sin engolamiento.
El virtuosismo de María Teresa Vera consistió, exactamente, en
cuidar que el sentido dado a la pieza por su compositor no
resultara enrarecido con añadidos y divismos. Por eso esas
piezas son, también, documentos de las arcas musicales de Cuba,
algo que sentimos palpitar en mucho de lo compuesto luego, pues
constituyen una raíz poderosa y saludable.
Las páginas musicales que le escuchamos son, además de un regalo
al oído, prototipos de una manera de comprender la música entre
nosotros. Los "cantores" la aprendieron en las bodegas de
esquinas, en el patio comunero, en la velada improvisada, con
una copa de ron y la ansiedad de la conquista amorosa, y
constituyen el corazón de una sensibilidad colectiva. El
acompañamiento, con una fuerza que sin debilitarse permite la
expresión de las voces, es el que supieron hacer y establecieron
en lo más acendrado del gusto. Con esas páginas aprendemos
mientras disfrutamos al oírlas en la voz que las hizo memorables.
Quienes
escuchan un disco de María Teresa se acercan al producto genuino
que fue ella misma, entregada a una profesión que le aromó la
existencia. Su inimitable interiorización de las esencias
cubanas me despierta envidia.
Como me gustaría no haberla escuchado tanto para hacerlo por
primera vez y descubrir la almendra pura de la Isla. Y
devolverme a las extensas joyas del archivo de una gran cantante
popular -y ella lo fue en el sentido más amplio y definitivo del
vocablo- justo cuando las raíces del son y otros ritmos que
conformaron el acervo de la trova tradicional se refrescan y
exaltan como herencia cuya continuidad palpita en las
multitudes.
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