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Born in the barrio of San Pedrito, Santiago de Cuba, her father was
a worker at the local Bacardi distillery and was a major influence
on her life and he strictly encouraged her to become a school
teacher. Just like her counterpart, Celia Cruz, she qualified as a
schoolteacher before she became a singer.
She married in 1958 and formed a musical trio with her husband
Eulogio "Yoyo" Reyes and another female singer. This group "Los
Tropicuba " broke up with the marriage in 1960. She began to perform
her own act at a small nightclub in Havana, La Red, and acquired a
devoted following also appearing on radio. She released her first
album, Con el Diablo en el Cuerpo (With the Devil Inside) on Discuba
in 1961. Her expressive performances with their violent sexuality
attracted criticism that she was a poor example to the revolutionary
state, this led to professional difficulties which together with
personal problems made it difficult to stay in Cuba.
In 1962 she found herself exiled to the United States. In New York
City she performed at a cabaret named La Barraca, where she was
discovered by Mongo Santamaria and started a new career, making more
than 10 records in five years.
Her passionate performances covered the range of Cuban music: son
montuno, bolero, Guantanamera venturing into other Caribbean styles
like merengue, boogaloo, golpe tocuyano, plena, bomba, busamba,
salsa. In the sixties she was the most acclaimed Latin singer in New
York City due her partnership with Tito Puente. She was the first
Latin singer to sell out a concert at Madison Square Garden. She
also did a wide variety of cover versions in either Spanish or
accented English, including Yesterday, Dominique by The Singing Nun,
"Twist & Shout", "Unchained Melody", Fever and America from from the
play/film West Side Story.
A devout follower of Santeria, she continued to practice her
religion regardless of the influence, fortune, and fame she had
acquired throughout the height of her career. However, due to the
decision by her record label, Fania Records, to end her contract in
the last 1970s (mainly because the label wanted to focus on the less
controversial, yet commercially-successful Celia Cruz), she saw
herself destitute by the early 1980s. After being led to believe she
was miraculously healed by an evangelical Christian faith healer,
she abandoned her Santeria roots and became a born-again Christian.
She died in the Bronx and was survived by her husband William
Garcia, their daughter Rainbow, and her son Rene Camaro (whose
father was Eulogio Reyes). She is interred permanently in Saint
Raymond's Cemetery in the Bronx.
In the 1990s, interest in her music was re-sparked when Pedro
Almodóvar included "Puro Teatro", one of her boleros of love and
breakup in his film classic Women on the Verge of a Nervous
Breakdown. Due to her similarities to American singer Judy Garland
such as her strong, yet raspy voice, and her energetic and
unpredictable stage performances, she has become an icon among many
gays in Latin America and Spain.
In 2002, New York City renamed East 140th Street in The Bronx as La
Lupe Way in her memory.
Complete discography
"Con el Diablo en el Cuerpo", 1960.
 "La Lupe is Back", 1961.
"Mongo Introduces La Lupe", 1963.
"The King Swings, the Incredible Lupe Sings", 1965. (with Tito
Puente). "Tú y Yo", 1965. (with Tito Puente). "Homenaje a Rafael Hernández", 1966. (with Tito Puente).
"La Lupe y su Alma Venezolana", 1966. "A mí me llaman La Lupe", 1966.
"The King and I", 1967. (with Tito Puente).
"The Queen Does Her Own Thing", 1967.
"Two Sides of La Lupe", 1968. "Queen of Latin Soul", 1968.
"La Lupe's Era", 1968. "La Lupe is The Queen", 1969.
"Definitely La Yiyiyi", 1969. "That Genius Called The Queen", 1970.
"La Lupe en Madrid", 1971. "Stop, I'm Free Again", 1972.
¿Pero Cómo va ser?, 1973. "Un Encuentro con La Lupe", 1974.
"One of a Kind", 1977. "La Pareja", 1978. (with Tito Puente).
"En Algo Nuevo", 1980.
La Lupe: legendaria, irrepetible..
Reinaldo Cedeño Pineda
Rebelión Irreverente, marginal, hiriente, trepidante, teatral, visceral,
impúdica, salvaje, ciclónica, agresiva, demente, sensual,
escandalosa, excitante, única, truquera, descarada, excéntrica,
legendaria, irrepetible…
¿Pero, quién era esta mujer que no cabía en sí misma? ¿Quién era,
que no alcanzaban las palabras?
Y por si no bastase, el testimonio de algunos que sabían muy bien
cuanto decían: “Eres un genio”... (Pablo Picasso)... “La creadora
del arte del frenesí” (Hemingway)… “Un animal musical“ (Jean Paul
Sartre).
¿Sabría Pedro Almodóvar que al incorporarla en la banda sonora de su
película Mujeres al borde de un ataque de nervios, iba a contribuir
a la resurrección de un mito?
Me temo que a eso apostó, porque nadie hubiera podido desgranar con
aquella voz suya el tema Puro teatro, y cómo no hacerlo si su vida,
había sido un drama.
Desde entonces, el mito de La Lupe ha intentado traspasar las
fronteras de la sombra; aunque penetrar su vida sea como hilar un
collar de fuego.
Polémica desde su nacimiento
El remolino de su vida azuzó la polémica; pero en cualquier caso,
esta comienza desde el principio. No se llama Guadalupe como afirman la mayoría de las fuentes en Cuba
y el exterior, sino Lupe, con Victoria como segundo nombre. Así fue
inscrita y así lo conservó. La fecha de nacimiento también ha generado contradicciones
increíbles. En el Diccionario de la música cubana (Helio Orovio),
sólo hay un signo de interrogación.
Quienes visitan la tumba de La Lupe en el Saint Raymond Cementery
del Bronx neoyorquino, se asomarán a una lápida llena de flores y
cartas, con el mensaje: “YOLI Lupe Yoli (La Lupe) Recuerdo de tus
hijos y admiradores. Mi Dios me lo ha dado todo”, y dos fechas:
12-23-1939 (nacimiento) y 2-29-1992 (muerte)… pero hasta allí han
llegado los equívocos.
Nuestra investigación nos llevó hasta el Registro Civil de Santiago
de Cuba Norte. De sus páginas amarillentas emergió la señal…
En el tomo 150 y el folio 241 del día 4 de enero de 1937 se
conceptúa que Lupe Victoria Yoli Raymond nació el 23 de diciembre de
1936. Y todavía habrá que fijarse en la fecha de su fallecimiento
que todos afirman fue el 28 de febrero de 1992 (un infarto en su
hogar), mas en la losa está marcado el día 29.
En lo que no caben dudas es en el lugar. Lupe Yoli nació en San
Pedrito, Santiago de Cuba, en el Oriente de la Mayor de las Antillas;
pero dicho simplemente así, no se ha dicho nada.
No es este lugar -yerran varias páginas webs-, ni un poblado ni un
municipio; sino uno de esos barrios que tipifican una ciudad.
San Pedrito es una barriada periférica, habitada por gente de
extracción humilde, con calles sin asfaltar -entonces y ahora-. Un
sitio donde se acude al llamado de los tambores, se concentra la
mulatez y los problemas suelen resolverse allí mismo; sin que le
falte esa “fama de esquina” que… suele agregar lo suyo.
Lupe vivió exactamente en la vivienda número 103 en una calle
paralela a la Fábrica de Ron Bacardí.
Le llaman Carretera de Bacardí, aunque alguna pared ostente la
identificación pomposa de Avenida. Una casa marcada por la
transformación, desde aquella modesta casa de zinc y mampostería
hasta hoy; pero aún con la ventana intacta, la misma por donde se
asomaba cada mañana a sus juegos y sus sueños, justo frente a la
enorme chimenea de la fábrica.
La aureola de un mito sobrevive por obra de no sé que misterio; pero
tanta ausencia, tanto silencio en torno a ella, no ha permitido
aquilatar la magnitud que alcanzó la que habitó allí hace medio
siglo.
“Un hogar de gente tranquila y decente”, relatan los vecinos que la
conocieron. “Una mulatica flaquita que siempre andaba con un grupo de muchachos
y de muchachas, cantando y bailando, por aquí cerca… Todo el mundo
la quería, era simpática”.
Y recuerdan a Tirso, su padre un “jabao” alto, como le dicen en Cuba
a los mestizos con la piel blanquecina. A Paula, su madre, y a los
otros hermanos de Lupe, Norma y Rafael, fallecido luego en un
accidente. Y a Rosa, la madrastra, con quien vivió la joven, cuando
se divorcian sus padres.
Algunos están perplejos cuando pregunto por La Lupe. Por aquí vino
hace tiempo la hermana de La Lupe –me cuentan-, han venido
extranjeros; pero un periodista cubano… no. Me estremezco.
Tal vez no se haya reparado suficiente en que, ese entorno rebelde y
espontáneo de sus primeros años, fue acaso el sustrato, la chispa
resguardada que devino en la gran llamarada de su existencia.
La primera vez La Lupe es hija de la guantanamera Paula Raymond Soler y el
santiaguero Tirso Yoli Michel, trabajador de la empresa Bacardí, que
toleraba mal su afición a cantar. En consecuencia, la muchacha
estudió para maestra en la Escuela Normal… mientras seguía actuando
al aire libre y en concursos radiales.
Un espíritu como aquel, sin embargo, no se doblegó ni a la autoridad
paterna. Sin que su progenitor se enterara, asistió a un concurso de
aficionados de una emisora radial de Santiago de Cuba.
Afirman que la joven había ido a pie de su casa a la emisora, con un
calzado que le apretaba y… cuando llegó su turno –libre de la atadura de sus únicos zapatos- salió a cantar descalza.
De más está decir que la “sensacional imitación” de Olga Guillot le
ganó el primer puesto. Asegura José Manuel Gómez (Guía esencial de
la salsa) que el bolero de aquella ocasión fue No me quieras así.
José Armando Guzmán Cabrales –aún activo- fue su presentador más de
una vez: “En el programa, Gilda busca una estrella, de la fábrica de galletas
Gilda, Félix Gutiérrez era el que vendía las propagandas, el locutor
oficial, y yo ayudaba como locutor aficionado. Y allí tuve el placer
de presentar a Lupe.
“Ella no era una figura, era una aficionada…El programa se emitía en
la emisora CMKW, entonces La Onda Musical de Oriente, en Estrada
Palma y San Basilio.
“Luego, ya como animador del Cabaret Copa Club de Santiago de Cuba,
volví a presentarla, y a Pacho Alonso, René del Mar… pero entonces
era Lupe Yoli, no La Lupe.
“La contrataron y todas las noches cantaba en un show y triunfaba
como cancionero; la gente le pedía canciones, porque lo hacía muy
bonito, y bailaba muy bien.
“Era una mulatica delgada, muy enérgica, que no se estaba tranquila
en ningún lugar. Se desenvolvía con mucha soltura en el escenario.
Yo creo que desde que empezó a cantar, tenía el don de estrella, de
verdad.
“Aunque le encontraban parecido con Olga Guillot; cantaba sus
canciones porque eran las que estaban de moda; pero yo creo que Lupe
cantaba como ella misma”. Todavía quedan otros acercamientos, los de su prima Irma Canet Yoli,
quien la recuerda “muy simpática, terrible…
“Y cuando se ponía a cantar, cantaba en cualquier lugar, y nada le
daba pena. Decían que imitaba a la Guillot; pero para mí, ella no
imitaba a nadie. La recuerdo en el teatro, las colas para verla….
“Y eso de darle golpes al pianista por la espalda, todo eso… le
salía de adentro, era algo que le nació a ella misma, que no copió
de nadie”.
Atrapada en La Red
En 1955, La Lupe se traslada con su familia para La Habana –su padre
andaba con problemas nerviosos- y ella ya tenía el título de maestra,
aunque no ejerció. De su etapa de estudiante en la Escuela Normal,
la recuerda Norma Esther Silva Gaínza:
“Cierta vez en que llovía y mientras esperábamos, Pacho Alonso que
también estudiaba allí, comenzó a dar tumbas en el asiento. Lupe se
subió a la mesa y empezó a cantar, a bailar con aquella gracia de
ella. Cuando los profesores llegaron, fue tremendo…”
En 1958 su carrera musical se impulsa como integrante del trío Los
Tropicubas. El músico, Eulogio “Yoyo” Reyes había quedado rendido a
sus pies y se convertirá en su primer esposo… pero ni el trío ni el
matrimonio podrán ponerle riendas a una Lupe incontrolable dentro y
fuera del escenario. Y aquello se quiebra.
La Lupe, independiente de nuevo, se convierte en solista. Actuó en
Le Mans y en el night club La Red. En este último “fijó su cuartel
general, donde cada noche recibía a los fanáticos de su estilo
agresivo y teatral”.
Aún el lugar existe, en L y 19, en el corazón de La Habana; pero del
“fantasma” de La Lupe, no queda rastro.
Al parecer, la primera constancia escrita del apelativo con el que
se le conocerá para siempre, La Lupe, se debe al periodista Rafael
Caselin.
La musicóloga Alicia Valdés habla de un “original estilo de canto
que combina carcajadas, llanto, gritos y movimientos corporales
desmedidos y sexuales con desprendimientos violentos de prendas de
vestir como los zapatos que utilizaba para golpear a su pianista
acompañante”.
El periodista Diego Manrique cita a Guillermo Cabrera Infante, en un
artículo publicado en El País, en marzo del 2000:
(…) salía una mulata que daba la impresión de ser a la vez fornida y
delicada… Pero se convertía de pronto en un temblor demente, en una
incursión trepidante, en un verdadero ataque. La cantante misma
primera parecía poseída por el demonio del ritmo… Hoy tengo el
diablo en el cuerpo…La cantante ahora se golpeaba, se arañaba y
finalmente se mordía las manos, los brazos. No contenta con este
exorcismo musical, se arrojaba contra la pared del fondo, dándole
trompadas con los puños y con uno o dos cabezazos se soltaba literal
y metafóricamente el moño negro. Tras aporrear el decorado, atacaba
al piano y agredía al pianista con una furia nueva. Todo ello (…)sin
dejar de cantar ni perder el ritmo (…).”
Un testimonio singular nos entrega la profesora universitaria e
investigadora, Daysi Cué Fernández. En 1961, era una estudiante de
sociología de la Universidad de Oriente, que llegaba a La Habana con
sus compañeros, a propósito de una exposición:
“Por la noche, aprovechábamos para recorrer la ciudad…. En una de
esas salidas por El Vedado, fuimos a dar, ya en la madrugada, a La
Red. En aquel momento, La Lupe era la estrella del lugar.
Casualmente iba en el grupo, un muchacho que había sido su compañero
de estudios de la Escuela Normal de Santiago, y la Lupe se sentó con
nosotros en la mesa.
“Me llamó la atención que la conversación de ella era la de una
persona educada, culta, no lo que uno se podía imaginar viéndola
actuar. Era muy correcta, al menos lo fue ese día, y no me pareció
una mujer vulgar.
“Cuando empezaba a actuar se transformaba y todo lo que se dice es
verdad: se pellizcaba, se mordía… desbarataba el mundo; pero lo
hacía con una sinceridad que no te daba la impresión de que era una
pose de escena.
“No me pareció nada impostado, o una imagen que se tratara de
vender. Ella sentía así, y así lo manifestaba. El cabaret se llenaba,
porque a todo el mundo le interesaba verla, era un espectáculo.
“La Lupe era un torbellino. Creo que tiene que haber existido muy
buena identificación entre ella y los músicos, para soportar todo
aquello. Lupe iba contra todos los cánones del período. La Lupe
contagiaba y es una artista irrepetible”.
“La canción de Fidel”
En 1960, la artista graba su primer disco, nunca con mejor título:
Con el diablo en el cuerpo (LP-DISCUBA).
Por suerte, estos temas –y la interpretación de su vida desde el
teatro- han permitido un acercamiento de las más recientes
generaciones de cubanos a La Lupe, tras ser reeditado en el 2003
para la colección Las voces del siglo (Empresa de Grabaciones y
Ediciones Musicales: EGREM).
Caía un terrible silencio, y La Lupe dejó de ser alguien de la que
se oyó hablar alguna vez, para sobrepasar el estigma: “¡aquella loca
que daba zapatazos al pianista!”… y hacerse tangible.
Cuando se le escucha en Con el diablo en el cuerpo, o en Fiebre hay
que andar preparado para soportar la descarga volcánica que le sale
de la garganta… y cabe imaginársela, mientras suena su grito de
combate: Ay yiyiyi. Aquel rescate de la EGREM, incluye una imagen de
La Lupe muy joven, sonriente y tranquila, de brazos de Pacho Alonso
y Benny Moré.
Que el fonograma original fue un éxito, lo demuestra el Disco de Oro
de la Popularidad entregado por la firma RCA Victor. En la propia
revista Bohemia (octubre 22, 1961) hallamos un comentario revelador:
Nadie puede afirmar ni negar nada sobre La Lupe antes de escucharla
y aún después hay que escucharla de nuevo. La Lupe es un caso de
arte considerado como sensación pura y por eso todo el mundo
necesita tener siempre cerca del tocadiscos un longplaying de La
Lupe. (…) La Lupe es una de las cuatro mujeres de este universo que
cultivan y dominan el arte nervioso: Lola Flores, Carmen Amaya,
Adelia Castillo y La Lupe (…)
Aún habrá más relacionado con esta producción de estreno, una
verdadera joya, en la que un equívoco hace increíble guiño a la
realidad (Bohemia, julio 23, 1961):
Cuando decíamos que La Lupe iba a llegar muy lejos, no pensábamos en
tanto. Por ejemplo, la semana pasada, sin moverse de La Habana, su
nombre era ya muy comentado en Praga (…) Resulta que en el disco de
larga duración salido, La Lupe canta “Fiebre” y en mitad de la
canción, lanza dos o tres veces el título original: Fiver. Los
checos han entendido que lo que quiere decir Lupe es “Fidel” y
llaman continuamente a Radio Praga para que pasen “la canción de
Fidel”.
El naciente proceso revolucionario lo sacude todo y se radicaliza
frente a muchos desafíos. Los centros nocturnos son nacionalizados,
y La Red no es excepción. A la luz del nuevo contexto, se reaviva la
polémica sobre La Lupe y algunos reinterpretan su estética
“marginal”, su “arte nervioso”… más allá del cabaret.
Todavía hay quienes recuerdan con asombro sus presentaciones en la
televisión cubana que “puso los pelos de punta”. Aquellos excesos no
le ganarían buena fama; aunque tal vez otros demonios se
desencadenaron.
La Lupe parte de la Isla hacia México en 1962… Sin embargo, aquellos
impulsos no le abandonaron.
Antonia Rey, actriz cubana confesó que: “A veces había que darle
oxígeno cuando salía del escenario, porque no podía respirar. Ella
era demasiado intensa”. La mismísima Lupe declaró alguna vez: “Yo
creo que le gusto a la gente porque hago lo que ellos quisieran
hacer, pero no se atreven”.
¿Hasta dónde aquella fiebre no era más que teatralidad, un recurso
escénico llevado al límite? ¿Hasta dónde era el impulso de los
demonios que la asfixiaban? ¿Hasta dónde fue resultado de las drogas
que unos dicen usó y que otros fervientemente niegan?
El tiempo se encargará de despejar las verdades, aunque los mitos
nunca puedan asirse definitivamente.
Y lo cierto es que cada aparición suya se convertía en un suceso,
que en sus mejores demostraciones, la interpretación de La Lupe no
aparece rasgada por la excentricidad.
La reina
Lo que sobrevendrá a continuación, cabalgando en la gloria, es
historia sabida. A veces, su vida parece un culebrón y otras una
tragedia. De tierra azteca, La Yoli va a probar sus condiciones en
Nueva York, lugar de triunfos y angustias para tantos latinos.
Sus primeros éxitos están al lado de Mongo Santamaría, luego las
palmas junto a Tito Puente con quien hace “la mancuerna perfecta”.
Rinde al Madison Square Garden y al Palladium, se le consagra como
Reina de la Canción Latina, pues lo mismo hizo un montuno que un
joropo, un guaguancó que una copla, un merengue que un mambo o ¡un
bolerazo!, más de uno… todo a su manera.
Tite Curet pone en su alma, “Puro teatro” y “La Tirana”, mientras
ella se compra una mansión y no escatima en pieles, en joyas, que es
su oportunidad, que no nació en cuna de oro.
La periodista venezolana Lil Rodríguez, voz autorizada sobre la
música del Caribe, nos ha dicho que: “fue Venezuela la casa de sus
glorias. Acá la amaron hasta la locura hombres de radio y
productores de televisión que en mucho ayudaron para la promoción de
su trabajo”.
Y allí queda su disco junto a Ramón Brito y tantos recuerdos…
Luego, a descender la pendiente, que tanta vida desbordada lo
aceleró todo. Y cuando sobrevino la venta de la empresa discográfica
con la que había grabado (Tico) a la Fania, La Lupe no pareció
encajar.
Hay tantas cosas por preguntarte, ya imposibles…
Luego, la caída en la casa, el accidente que la llevó a una silla de
ruedas, el incendio de su hogar.
Ay, Lupe.
Y su retiro a un modesto apartamento, la “cura milagrosa” en una
iglesia evangelista y su decisión de elevar su canto solo a Dios,
rechazando cualquier contrato… una historia cinematográfica, pero
absolutamente real.
La Yiyiyi: ese carácter que salió de la esquina a la fama universal.
Hoy una calle de Nueva York lleva su nombre: La Lupe Way.
Lupe Victoria Yoli Raymond: i rreverente, marginal, hiriente,
trepidante, teatral, visceral, impúdica, salvaje, ciclónica,
agresiva, demente, sensual, escandalosa, excitante, única, truquera,
descarada, excéntrica, legendaria, irrepetible… Sobre todo eso: legendaria, irrepetible.
La Lupe y Celia, caras distintas de la misma gloria (1)
Más que cantar, empuña la canción y se la encaja en la garganta para
entonces convulsionar en escena
Jaime A. Porcell japorcell@yahoo.com.mx
Las vidas de Guadalupe Yoli La Lupe, y Celia Cruz, personifican
troqueles de agonía y éxtasis de la misma moneda de la gloria. Ambas
mulatas de origen humilde, maestras tituladas, triunfadoras en
concursos aficionados en radio, aparecen predestinadas al triunfo
según visión Orisha. Las dos cosechan fama en su Cuba natal de los
años 50, antes de exiliarse en Estados Unidos donde también arrasan.
La historia de La Lupe remeda a la de héroes clásicos, en aquel
eterno escape al destino, que le anuncian los caracoles: “ascenderás
muy alto y caerás al fondo”. Pero el sello de una ferocidad
indomable, cual cicatriz congénita, la cruza. Jean Paul Sartre la
bautiza como “ese animal musical”, cuando apenas frisa los 20 años.
Los 60 anuncian una evolución de la música latina newyorrican hacia
algo que denominarán salsa. Las tradicionales orquestas que reinan,
Machito, Noro Morales, Tito Rodríguez, Xavier Cugat, Charlie
Palmieri, declinan ante la renovación que impone a la música dos
mareas: la del exilio cubano, y la de una sociedad más igualitaria.
Sólo La Lupe, con un canto marginal que replica el alma irreverente
de un barrio violento pero ascendente como temática de arte, permite
a Tito Puente sobrevolar la debacle.
Un perfeccionista Puente la hace ensayar hasta el agotamiento,
puliendo aquella sensualidad demencial y telúrica. La Yiyiyi irrumpe
en escenarios neoyorquinos, caribeños, suramericanos y españoles,
con el grito de guerra “Ahí na’má”, para entonar a una nueva
libertad que las masas añoran pero que sólo ella se arriesga a
personificar.
En Panamá deslumbra en carnavales con la orquesta de Puente. Arriba
con la aureola de que en Puerto Rico intenta desnudarse ante las
cámaras. Todavía adolescente yo, quedo pasmado cuando veo por TV 2,
aquella furia, morderse manos, arañarse tetas, soltarse melena de un
solo estremecimiento, cargarle al maestro Kipping (pianista),
arrancarse los guantes antes de aventar zapatazos al público,
mientras escandaliza con aquel arrebato de feroz alegoría a valores
sórdidos. A las niñas se las obliga a apartarse del televisor para
que no se les meta el diablo que agita a la energúmena. Pero con
aquel canto enajenado que disimula una voz chillona sólo medio
simpática, aunque afinada, enardece audiencias. Más que cantar,
empuña la canción y se la encaja en la garganta para entonces
convulsionar en escena.
Luego de superar el millón de copias con Puente, la relación termina
demasiado maduramente. Tito contratará a la otra cara equilibrada de
la moneda: Celia Cruz. Ahora como solista, La Lupe compone y graba
Oriente, con un coro que canta “ayayay Tito Puente la botó”. El
magnetismo animal continúa vigente, y el éxito es tan avasallador,
que la versión que el jefecito la botó por Celia, perdura aún como
perviven los mitos.
En un viraje inesperado, La Lupe abandona la guaracha y se concentra
en el bolero. En el género desboca una hiperactuación, plena en
gimoteos y quebrantos, tan convincente que pierde uno noción de,
dónde termina la interpretación y comienza la realidad. Luce tan
convincente en su demencia que se impone la versión, nunca
confirmada por íntimos, que abusa de drogas y alcohol para alcanzar
tal frenesí. Mientras plumas acicateadas por aquel temperamento
tremebundo, le escriben éxito tras éxito: La tirana, Puro teatro (ambas
del genial Tite Curet), Qué te pedí, siempre rendidas al drama del
amor feroz y desgraciado.
Pero el éxtasis de autos, pieles, mansiones, sólo anuncia la agonía
profetizada, y luego de una cadena de desgracias personales, termina
viviendo de la caridad. Se hace ministra pentecostal, y regresa a
Panamá en el 91, resumando la paz de los que se encuentran a sí
mismos. Al siguiente año, a los 52, la garganta de Guadalupe Yoli,
escarnecida por la procesión de tragedias, se apaga. Quizás entonces
topa al Dios, que a través de una vida telúrica, busca con tan loco
frenesí.
Para confirmar la persistencia del mito, en un conteo de discos
compactos en la discoteca El Puente, La Lupe es número uno con 20
producciones, seguida por Celia con 17. Otro admirador, el cineasta
Pedro Almodóvar, utiliza aquel Puro teatro, como tema musical de la
película del mismo nombre. El cineasta examina la idea de filmar la
historia, pero... “su vida es tan dramática que no imagino actriz
capaz de interpretarla”.
Mientras la otra se apaga, la voz grave y cadenciosa de la “reina de
la salsa”, Celia Cruz, ya resonaba al grito de ¡Azúcar! Pero esa
será otra historia.

LA LUPE EN CONCIERTO
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La Lupe y Celia, caras distintas de la misma gloria (2)
A sus más de 50 años en escena, hace gala de tal vitalidad y lucidez
que bien las quisiera una artista con la mitad de abriles
Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx
“Pero tú tienes la bemba/ Bemba colorá”. Cuando el maestro Tito
Puente escuchó aquella voz grave, potente y exacta como disparo al
centro, creyó que era un hombre. Emana del cañón de una mulata fea,
pero graciosa, enfundada en la piel de un torbellino guarachero de
sonrisa amplia y bemba colorá.
Imposible imaginar la historia de la música afrocubana sin la
refulgencia de dos divas: Una, La Lupe, preferida de intelectuales y
fanáticos de su locura; la otra, Celia Cruz, adorada por bailadores.
Mientras la estrella de Guadalupe Yoli se extingue, la de Celia de
la Caridad Cruz Alonso refulge para personificar casi un cuento de
hadas.
También a Celia, la gloria la toca primero en Cuba. Pero a
diferencia de La Lupe, educa su voz, no demasiado. En 1950, ingresa
como vocalista a la legendaria Sonora Matancera, con quien repasa el
continente, durante 15 años. Se casa con el trompetista Pedro
Knight, con quien ya cumple cuatro décadas.
Con la Matancera llega a tierras panameñas y actúa nada menos que en
Chitré, en el Jardín Colonial. Retorna a Panamá, una y otra vez.
Pero igual que La Lupe, nunca más pisa la isla. Terminan censuradas
del diccionario de la música cubana, y así, las dos divas más
rutilantes del mundo latino, no existen para la Cuba revolucionaria.
Johnny Pacheco, apela a la
tradición del son y la guaracha, plena en fórmulas fáciles de éxito
seguro. Con Willie Colón intenta innovadora fusión de música
brasileña con el son, en una producción que sólo ellos pueden
concebir, y que da inicio al boom salsero. Obtiene éxitos con las
orquestas de Pappo Luca y Ray Barretto. Aquella voz rotunda,
representa al género en la orquesta Fania All Stars, dirigida por el
flautista Pacheco, y que incluye todas las estrellas del momento,
incluso al cantautor panameño Rubén Blades.
Cansada de repetir sobre el escenario la graciosa anécdota del
restaurante donde solicita café cubano con azuuúcar, incorpora la
dulce palabra como grito de guerra. Y ¡azúcar! recorre medio mundo,
hasta Finlandia, Suiza y Francia, donde no entienden lo que canta,
pero arrebata, mientras abre nuevos mercados para este género
exitoso que ahora denominan Salsa.
Cual breves elipsis en su ascendente trayectoria, aporta
autenticidad sonera al pop caribeño de Willie Chirino y Gloria
Estefan. También graba con los rockeros Los Fabulosos Cadillacs y
Jarabe de Palo. Saca tiempo para participar en 10 películas, entre
ellas, Los reyes del mambo y en varias telenovelas mexicanas. Hoy
día filman su vida con la estelar Whoopy Goldberg.
Mas Celia encierra incógnitas. No se sabe quién la bautiza con
aquello de “Reina de la Salsa”, aunque lleve el título con el garbo
y gracia que merece. Tampoco se conoce la edad de la reina. Se
sospecha que nació un 21 de octubre de 1924, fecha que ella ni
confirma ni niega. Le endosan hasta 84 años. Al final, nos
convencemos de que importa poco. El status de diva permite
adscribirse la edad que provoque. A sus más de 50 años en escena,
hace gala de tal vitalidad y lucidez que bien las quisiera una
artista con la mitad de abriles.
Mientras la vida de La Lupe exuda más agonía que éxtasis, Celia
merece incontables distinciones. Esta católica, apostólica, africana,
fogosa en escena, pero equilibrada tras bastidores, ostenta casi un
álbum por cada año, de una vida en que cosecha 20 discos de oro y de
platino, 12 nominaciones al Grammy y tres doctorados honoris causa.
Su nombre identifica algunas de las calles más visitadas del mundo.
Desde indocumentados hasta el presidente Reagan solicitan que se le
conceda la Estrella de Hollywood. En el 97, el presidente Clinton le
otorga el National Endowment for the Arts. La humilde maestra, a
quien su padre de mala gana dejaba cantar, asciende desde el barrio
pobre de Santo Suárez hasta el sitial de la más conspicua embajadora
de la cultura latina en el mundo.
Celia, igual que Cenicienta, llega a reina, por portarse bien. Su
antónima vive sórdida y muere plebeya, para legarnos la conciencia
de que en el encanto de su sordidez, sólo topamos la nuestra: “Según
tu punto de vista, yo soy la mala”.
Pasión y reto de La Lupe
JOSE ANTONIO EVORA El Nuevo Herald
La Lupe, una cantante cubana recordada por sus incontenibles
arrebatos de pasión en escena, no usaba drogas para cantar, asegura
alguien que la conoce lo suficiente para encarnarla.
Desde que tenía seis años, la actriz puertorriqueña Sully Díaz la
escuchaba cuando su madre ponía las grabaciones de La Lupe para
limpiar la casa. Entonces a ella y a su hermana les daba mucha
gracia eso de ''toma un puñal y córtame las venas''. Ahora Díaz se
mete en el terso pellejo de la diva con su espectáculo unipersonal
La Reina. La Lupe. El Musical, que desde anoche y durante tres
semanas estará en la cartelera del teatro de Venevisión
Internacional, en la US1 y la avenida 56.
''Según mis investigaciones, que han sido muchas, porque le pregunté
a gente como Ralph Mercado [fundador de la Fania All Stars], a Fred
Weinberg y a Joe Cain, quienes trabajaron con ella, La Lupe no se
metía heroína como dicen; eso es mentira'', afirma Díaz. ``Ella
estaba lo suficientemente loca como para cantar así''.
La actriz Sully Díaz como 'La Lupe'
Así significa quitarse la peluca en medio de un agitado frenesí,
golpearse contra las paredes y tirar los zapatos. Alguna vez dijo
que si le gustaba tanto a la gente, era porque ella hacía lo que a
los demás les hubiera gustado hacer, pero no se atrevían.
Sí es cierto que tomaba un poco de ron, explica Sully Díaz, pero La
Lupe no usaba drogas; por lo menos no antes de que se hiciera
dependiente de los calmantes a raíz de un accidente que le dejó
severos traumas en la espalda.
''Acabo de conocer al primer pianista con el que ella trabajó en el
club La Red, de La Habana; al primero que ella le metía los tortazos,
y me dijo lo mismo'', añade Díaz. ``Que la droga de ella era el
escándalo; que tenía delirio por ver que el público se volviera loco
con ella''.
A Díaz le molesta que hablen de una presunta drogadicción de La
Lupe, y que no se mencione lo mismo de todos los músicos e
intérpretes hombres que la rodeaban.
''Me parece muy machista eso'', protesta.
La Reina. La Lupe. El Musical, es un espectáculo producido por el
músico Rafael Albertori, esposo de Díaz. Antes de estrenarlo en San
Juan, la actriz había hecho 120 funciones de la obra La Lupe: mi
vida, mi destino, escrita por Carmen Rivera y producida por Teatro
Rodante de Puerto Rico, con sede en Nueva York. Dice que fue un
litigio legal sobre derechos entre Rivera y la fundadora y directora
de Teatro Rodante, Miriam Colón, lo que obligó a su esposo a
preparar este unipersonal para presentarse en su país sin tener que
esperar el auspicio del grupo con el que había trabajado.
''Me ha dado mucho dolor haber tenido que tomar esta decisión'',
dice Sully Díaz. ``Respeto a Carmen Rivera, y adoro a Miriam Colón,
como persona y como actriz; la admiro mucho. Su labor ha sido
estupenda. Pero mi público en Puerto Rico me estaba reclamando, y yo
no puedo [depender de que ellas] hayan tenido una diferencia en el
negocio''.
Díaz se graduó en la Escuela Libre de Música de su país. Aunque no
despuntó como pianista, recuerda, sí lo hizo como actriz, bailarina
y cantante. Luego estudió drama en la Universidad de Río Piedras, en
San Juan. Su primer trabajo en Nueva York fue en el musical Pancho
Diablo, donde bailaba y cantaba dos canciones.
''Para hacer La Reina. La Lupe. El Musical, estudiamos todo lo que
existe sobre ella, que no es mucho'', afirma. ``La idea era como si
La Lupe le pidiera permiso a Dios para bajar nuevamente a la tierra
a contar su vida''.
El verdadero nombre de La Lupe era Guadalupe Victoria Yoli Raymond.
Nació el 23 de diciembre de 1939 en San Pedrito, un poblado de
Santiago de Cuba. El título de su primer disco, que grabó en 1960 en
La Habana, parecía suficiente para definir su estilo: Con el diablo
en el cuerpo. Se exilió en 1962 en México y de allí fue Nueva York.
No pasaría mucho antes de que se convirtiera en la atracción del
Apollo Theatre y del Palladium con la orquesta de Mongo Santamaría,
con quien hizo pareja, y luego en el Lowe's Boulevard Theatre, con
Tito Puente. Fue la primera en ser llamada ''La Reina de la Salsa'',
antes de que ese calificativo recayera en su admirada Celia Cruz, a
quien La Lupe había imitado de pequeña. Murió pobre y olvidada a los
53 años, en 1992, en el hospital Lincoln, del Bronx.
''Consulté libros como Salsiology: Afro-Cuban Music and the
Evolution of Salsa in N.Y. City, del musicólogo Vernon Boggs y,
aparte, me metí la música de ella 24 horas al día, mientras limpiaba,
mientras hacía las cosas en la casa'', cuenta Sully Díaz. ``Tenía
que copiar todas sus inflexiones. Aprendí a hablar su acento; esa
forma rápida que tiene ella de hablar''.
Díaz dice ''que tiene'', no ``que tenía''.
''Tuve el placer de oír su vida contada en su propia voz, en las
grabaciones que ella hizo para la iglesia evangélica'' en la que
estuvo durante los últimos años de su vida, refiere Díaz. ``Eso fue
la llave para agarrar su acento santiaguero, entre santiaguero y
boricua. Lo agarré igualito, con las cantaditas ahí donde ella las
pone''.
Los propios fans de La Lupe la ayudaron mucho.
'Yo pensaba: `Tengo que hacer esto bien, porque ella tiene muchos
fanáticos', pero luego fueron ellos los que me completaron el cuadro'',
cuenta Díaz. 'Me decían: `Tienes que hacer esto y esto otro; ella
hacía así, mira', mostrándome movimientos que no encontré en ningún
video''.
Díaz, que no era una cantante profesional antes de interpretar a La
Lupe, dice estar sorprendida por el vozarrón que se descubrió a sí
misma desde que está haciendo el espectáculo.
''Tuve que trabajar mucho, buscarme un maestro de canto en Nueva
York y estudiar la técnica de Mike Campbell'', explica la actriz, ``pero
lo más difícil ha sido hablar como ella, raspando un poquito la
garganta. Esa forma me afecta un poco, porque salir de ahí para
entonar una canción me es difícil. De ella su gesticulación y
cualquier cosa es difícil. Pero me metí con todo''.
Kabiosiles >> La Lupe
Era la dueña de la pasión y el escándalo. ¿No era dolor, no era la
soledad del cielo contra sus ojos asustados? Era el fuego, el choque
de una ola contra la piedra húmeda. Era arrecife, era la roca que se
hunde. Era la rabia disfrazada de inconveniente y zalamería.
Engañaba. Fingía. Se hacía tormenta porque se asfixiaba, y en la
oscura vena de su nombre hizo viajar hasta nosotros su inconformidad
acusadora.
Hay seres así. Hay criaturas que no saben expresar el miedo atroz y
la desesperanza de otra manera que haciendo caer el cielo, y con él,
los lentos ángeles indiferentes.
Benditos quienes la vieron salir de la selva, espumeante,
escandalosa, como una loba que tiene hambre de amor, en aquellas
noches de descender los peldaños del club La Red, en 19 y L, bajo
los álamos de El Vedado. Esos no olvidarán lo que es estremecerse.
Pensó, aterrorizada, que el diablo había tomado su cuerpo por asalto.
Por eso rugía. La muchacha que nació el 23 de diciembre de 1939 en
el humilde barrio de San Pedrito, en Santiago de Cuba; que se hizo
maestra, y escapada de toda vida serena llegó a la deslumbrante
ciudad de La Habana, para luego fugarse también, estaba huyendo de
nadie. Escapaba del susto y del amor, huía de su nombre como una
gacela en el incendio. Huía del demonio que creía aposentado en su
cuerpo, manejándole sus razones. Se llamaba Guadalupe Victoria Yoli
Raymond, buscando otras máscaras para escapar también del fervor que
provocaba.
Hay personas en el mundo que confunden su demasiado amor con las
cosas del susto. Por eso fue La Lupe, y La Lupe se convirtió en la
Yiyiyi, en una prestidigitación del alma que ella seguía creyendo
feroz.
Se golpeaba la cabeza contra las paredes, lanzaba sus zapatos,
pegaba, mordía el aire. Nos estaba llamando. El mundo la emboscaba
asfixiándola. Cercada por esos fuegos de azufre grabó en 1960 “Con
el diablo en el cuerpo”, donde gritó su “Fiebre” como una carta de
anuncio y maldición.
Luego, en Nueva York, tras haber dejado aquel recuerdo suyo en la
ciudad ajena de La Habana, como se abandona un vestido en una
estación de trenes, cantó en “La Barraca”, un sitio donde otras
almas en pena ocultaban sus delirios. Mongo Santamaría le ordenó un
poco los caminos para que su pasión recomenzara, más lenta, más
solemne, más ella misma sin el temor del diablo que ya parecía no
rondar su corazón. Pero no fue del todo posible.
El corazón de Guadalupe Victoria Yoli Raymond comenzó entonces a
estar habitado por La Lupe, por ella misma, y nunca fue mejor el
canto y la burla, la sensualidad y el desbordamiento. Llevaba en sí
la llamarada y la impudicia, su alma no reconocía las fronteras.
Se escapó de nosotros, o la ignoramos dejándola escapar, y nos
llamaba desde las calles siempre enigmáticas de Nueva York, porque
los cubanos estábamos confundidos con una guerra que nunca existió.
La creímos parte de esa guerra, y ahora nos pesa ese olor absurdo de
pólvora que no tenía nada que ver con su canto perdido.
Cuando la traicionaron sus orishas, y creyó encontrar la paz y la
sangre en reposo, ya estaba cerca de la puerta de la nada. Se puso
en manos de otro Ser, medio inválida, habiéndolo perdido casi todo,
en uno de los extremos volubles de su intensidad. Pero seguía
llamándonos desde su estanque ya sereno.
Benditos los que la vieron en el esplendor de su luz, con Tito
Puente al mando de su alma y su garganta, levantando para siempre el
puñal delirante de eso que llaman “nuestra pasión latina”. Felices
los que la recuerdan agigantarse cuando encontró en las palabras
estremecidas del antiguo cartero boricua Catalino Curet, los
sentimientos que siempre nos quiso decir. Tite Curet Alonso le
construyó el cauce que pedía su borrasca, y nos lanzó entonces el
mensaje total, llorando de miedo y rabia, porque todo era “Puro
teatro”.
Nos está llamando todavía desde la muerte, para que la hagamos
sentir que pertenece, aunque ya es múltiple y de todos.
Era el silbido en medio de la noche, el rumor terrible de un
terremoto que avisa, pero todo no era más que desamparo, o una
manera equivocada de la felicidad.
Encontró tal vez la paz a los 53 años, mal vestida, cojeando, con
demasiados kilos en el cuerpo, cantando serenas letanías al hallazgo
de otro Dios. Interrumpió esos cantos en 1992.
En el Bronx de la Gran Manzana hay una calle que la recuerda, La
Lupe Way, en la 140 Este, en las inmediaciones de La Iglesia de Dios,
entre la Avenida St. Anns y Cypress.
Nadie descanse nunca pensando que se fue. Tal vez por esa calle
podamos ir a recobrarla.
Ramón Fernández-Larrea, en Barcelona, septiembre del 2002.
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