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La Habana, esa
alucinación
El mal no está en las langostas de
paso.
Y toda ciudad tiene siempre un monstruo perpetuo.
VIRGILIO PIÑERA,
Electra Garrigó.
Nací en La Habana y nunca he vivido
en otro lugar. No me fue dada la emoción del provinciano que llega
a la gran ciudad. Sin embargo, desde que tuve uso de razón, como suele
decirse, La Habana era un espacio distante, un territorio que de algún
modo no me pertenecía, un sitio de donde venía y adonde iba, pero que no
era aquel en el que estaba. Yo había nacido y vivido siempre más
allá del río Almendares, en Marianao, es decir, en las afueras. Cuando
mi madre decía La Habana, parecía referirse a un lugar lejano, de
límites imprecisos. “Vamos a La Habana”, decían mis mayores, y eso
significaba muchas cosas, entre las que se puede contar: ir de compras,
visitar los grandes almacenes, pasear por las calles Monte, Galiano, San
Rafael, incluso por la calle Muralla, donde tenían sus baratas tiendas
de telas los judíos. Lo cierto es que existía una radical disparidad
entre La Habana y el reparto en donde se levantaba mi casa. La
diferencia entre ambos resultaba abismal. La Habana, en efecto, era otro
lugar. Mientras yo vivía en un barrio tranquilo, con casas que mostraban
cierto lujo, rodeadas de parques, de árboles, de calles sombrías y de
silencio, La Habana, aquella Habana de la que hablaba con misterio mi
madre, era el centro del bullicio, del tumulto y de la luz.
Puedo decir, sin temor a
equivocarme, que en las aceras atestadas de La Habana conocí por primera
vez el miedo. Por las calles de mi barrio casi nadie transitaba. Por las
aceras anchas de La Habana, en cambio, parecía transitar el mundo entero.
No se podía dar un paso sin tropezar con la
multitud. Mi madre me tomaba de la mano con ansiedad, “Te vas a perder”,
decía con un fondo de preocupación en la voz. Y yo sentía miedo. Miedo a
extraviarme, a desaparecer en el dédalo de calles desconocidas.
Experimentaba la fuerte sensación de ser insignificante; tuve la
revelación de lo poco que era: apenas un pequeño sobresalto, de escaso
valor, en medio de la muchedumbre. Esto no quiere decir, no obstante,
que me disgustara acompañar a mi madre cada jueves a sus viajes de
compras. Todo lo contrario. En aquel temor (como en casi todo temor) se
encerraba un extraño y resuelto gozo. Gozo que se trasmutaba en
tranquilidad y acaso decepción cuando estábamos de regreso, cuando
volvíamos a la calma de la casa, donde mi padre esperaba silencioso y
amable, y donde poco a poco desaparecía la sensación de no ser nadie, y
recuperaba yo mi valor. O al menos eso pensaba. Y era suficiente.
Íbamos al Mercado Único, que estaba
en la calle Monte, muy cerca de Belascoaín. El viejo edificio se veía
repleto de cuantas cosas podían ser vendidas: flores, juguetes,
hortalizas, viandas, especias, frutas tropicales (mangos, guanábanas,
cocos, papayas, naranjas, plátanos, mameyes, anones...), colonias
baratas, yerbas para el cuerpo (y para el alma), animales (vivos y
muertos), exvotos, imágenes de santos en barro muy tosco... A la
algarabía de las aves encerradas en sus jaulas, a la algarabía de los
pregoneros, se unía la música estruendosa, los acordes de alguna charanga,
las voces asombrosas de Beny Moré o de Celia Cruz, en mi Cuba se da una
mata, que sin permiso no se pué tumbá..., que a duras penas lograban
acallar el vocerío de los que regateaban el precio de las mercancías. A
un costado del Mercado, en un camión cerrado e inmenso, por sólo cinco
centavos, se podía tener acceso al Museo de las Cosas Asombrosas, donde,
según decían los carteles anunciadores, había una vaca con dos cabezas,
un gallo con cuatro patas, un
perro que hablaba, un niño anciano, una mujer que lograba encender
bombillos eléctricos con el único contacto de su cuerpo, una momia
azteca y una anciana que leía el porvenir en las palmas de la manos. Mi
madre no me dejaba entrar. “Para horrores basta con los que se ven todos
los días”, exclamaba muy seria. Entonces salíamos de la confusión del
Mercado para continuar por esa otra confusión de la calle Monte,
abarrotada de tiendas y vidrieras, de pórticos, de columnas, de
vendedores callejeros... Hasta llegar a un punto en que yo sentía una
alegría incontenible. Esta alegría sólo he logrado rencontrarla en
escasas ocasiones: en la Plaza de San Marcos de Venecia, en las Ramblas
de Barcelona, en la Quinta Avenida de New York. Y lo que sucedía en La
Habana era que la calle Monte en un momento de su viaje, justo en la
esquina con la calle Amistad, se abría a la amplitud luminosa del Parque
de la Fraternidad. Admiraba yo los árboles del parque, la cúpula del
Capitolio, el amplio portal del Palacio de Aldama. Admiraba yo el
espacio entre monumental e íntimo que se creaba en ese instante de
nuestro paseo. Y le pedía a mi madre que nos quedáramos un rato en el
Parque, alrededor de la ceiba que, según decían, hincaba sus raíces en
tierra de todos los países de América. Creo que entonces pensaba que La
Habana comenzaba y terminaba allí.
“Esta ha sido siempre una tierra de
tránsito”, dice mi tío prendiendo un habano y meciéndose con calma en el
sillón del portal. La calle está encendida con este sol de mediodía sin
piedad. Por extraño que parezca, casi no se ve a nadie en las calles y
ha crecido un alarmante silencio (el alarmante silencio de la siesta. Mi
tío da una chupada a su tabaco, observa el humo y repite: “Sí, tierra de
tránsito”. Acaso para no escucharlo, mi madre decide ir en busca de una
t aza
de café. Café oscuro y sin azúcar, servido en vaso de cristal, porque a
él no le gusta el café en tazas de porcelana. “Cuando los españoles
descubrieron que aquí no había oro, se olvidaron de esta ciudad. La
Habana quedó abandonada, convertida en simple puerto donde se reunía la
flota que venía de Tierra Firme”. Mi madre se sienta a su vez y cierra
los ojos como si con eso pudiera dejar de oír las palabras de mi tío. Él
saborea el café, admira el tabaco, frunce el ceño (un poco por el humo,
un poco por el sol), y golpea ligeramente el brazo del asiento. “En La
Habana todo es transitorio. Aquí nunca ha querido permanecer nadie”. Mi
madre se incorpora con ligereza. “¿Y nosotros?”, pregunta. Mi tío mira
ahora el tabaco con perplejidad, como si no entendiera lo que significa
ese objeto que tiene entre los dedos.
Hay que tener la penca a mano: hace un calor de todos los demonios.
Siempre hay calor, por la mañana, por la tarde, por la noche; en
invierno, primavera, verano y otoño. Las calles de La Habana son espejos
y multiplican
hasta la exasperación los rayos solares. Paredes y techos también
despiden el vapor irritante. No hay modo de escapar al calor. Al borde
del mar se tendrá la ilusión de una brisa. Bajo una mata de aguacates se
puede llegar a creer que el calor ha sido conjurado. Sentarse en el
sillón, a la sombra del techo del portal, con el abanico de penca en la
mano incansable, hace pensar que el calor se disipa, que se repliega o
desaparece. Nada más falso. El calor está ahí, imperturbable, obstinado
(abrazo húmedo, monstruo ubicuo que no deja respirar). La cama del sueño
y la cama de la pasión se humedecen con sudor en el que se han mezclado
esperanzas y anhelos, deseos insatisfechos que permanecen como manchas
en las sábanas. Entonces, ¿qué otra cosa queda por hacer? ¿Cuál es el
modo de huir de esta maldición? Siempre llega la hora de repetir, como
si se tratara de una oración, los versos de Julian del Casal:
Suspiro por las regiones
Donde vuelan los alciones
Sobre el mar...
uando yo tenía trece años, comencé
a pasear solo por las calles de La Habana. En ese momento el miedo era
lo que más podía parecerse a la felicidad; tal
vez porque estaba asociado también a la creencia de que era libre. Quizá,
en cierta forma, fuera libre. Al menos, con la libertad pequeña y
maravillosa de elegir un rumbo, de elegir las calles por donde pasear mi
curiosidad, de escoger el parque donde sentarme a secar mi sudor. De
modo invariable yo bajaba del omnibus en la famosa esquina de las calles
Galiano y San Rafael. Entonces el bullicio ya no me asustaba tanto como
cuando iba de niño del brazo de mi madre. Me gustaba aquel aire
lejanamente aristocrático de la calle Galiano, donde en alguna época
vivió la gran burguesía habanera. Había escuchado decir, por ejemplo,
que en aquella calle había vivido la familia Yarini. Este nombre,
asociado a una gran familia, estaba también asociado además a aquel
hombre-mito de los primeros años del siglo, Alejandro Yarini, el
proxeneta célebre. Hombre imponente y vestido de blanco, que recorría a
caballo las calles de La Habana; había logrado acaparar casi todo el
mercado de prostitutas habaneras, en contra de los proxenetas franceses.
Luego, esa calle se convirtió en uno de los más importantes centros
comerciales de la ciudad, con tiendas enormes y elegantes. Tenía (tiene)
anchas aceras bajo inteligentísimos soportales sostenidos por hermosas
columnas (La Habana fue llamada por Alejo Carpentier “la ciudad de las
columnas”) que salvan lo más que pueden del sol y de la lluvia. Desde la
calle Reina, la calle Galiano baja con gracia hasta el Malecón, hasta el
encuentro con el mar. Tomaba yo después la calle San Rafael, más íntima,
más apretada, más humana. Me sorprendían las aceras de granito verde y
oro, las vidrieras de las tiendas, la porfiada distinción de los
antiguos hoteles. Con ser más agitado que en mi barrio de Marianao, el
ritmo de la vida nunca llegó a tener lo vertiginoso que luego vi en
Ciudad México o en New York. Había una calma extraña en aquel tumulto.
Un desasosiego sosegado. Un lento apuro. El habanero ha aprendido a
apurarse con calma. Y si no ha aprendido, es que ha sido obligado por el
sol brutal, inexorable. Por la luz (pero ya hablaré de la luz). O por la
Historia. El habanero ha aprendido el valor de su pereza y ha sabido
utilizarla para defenderse de la violencia con que lo golpea la vida
cotidiana. En La Habana el tiempo avanza detenido, o no avanza, somos
quizá nosotros los que intentamos deslizarnos por entre un muro de
tiempo. La inmovilidad ha sido nuestra única movilidad. En ningún otro
lugar, como en esta ciudad, ha tenido vigencia la aporía de Zenón de
Elea sobre Aquiles y la tortuga. Así yo, también indolente en mi paseo
moroso por La Habana, llegaba a la esquina del Teatro García Lorca, el
más grande de la ciudad, enclavado en el edificio del Centro Gallego (de
un mal gusto monumental, de un mal gusto tan extraordinario que llega a
ser de buen gusto), y admiraba las palmas del Parque Central, me sentaba
allí, junto a unos ancianos jubilados que hablaban de Base-ball o de la
Constitución del año cuarenta. Y bajaba después por la calle Obispo (aún
no conocía la predilección de Lezama Lima por esta calle), y llegaba a
la bahía sucia, maloliente. Me gustaba (me gusta) ver los barcos que
zarpaban hacia destinos insólitos: Manila, Ciudad del Cabo, Estambul. Me
gustaba (me gusta) porque siempre me veo a mí mismo, en la borda,
diciéndome adiós.
Ha hecho un día bellísimo, lo que
no obsta para que en la tarde el cielo se oscurezca de modo concluyente,
caigan dos o tres centellas (que nos hagan santiguarnos,
prenderle velas a Changó (Santa Bárbara bendita en su altar rojo) y
rompa por fin a llover. La lluvia de La Habana: rotunda, definitiva. La
lluvia de La Habana hace que todo se suspenda, se detenga aún más. La
lluvia de La Habana haciendo todavía más inmóvil la inmovilidad de
nuestras vidas. La ciudad se borra y es más que nunca un engaño. Si la
lluvia te ha atrapado en casa, tienes la posibilidad de echarte en la
cama y dar gracias porque el calor se ha mitigado al menos por un tiempo
breve. El golpe de la lluvia sobre el techo y las aceras, sobre paredes
y ventanas, te adormecerá, te hará concebir fantasías, como que vas en
un buque, por ejemplo, en alta mar, hacia las islas del Pacífico, o
hacia el Atlántico Norte. Si en cambio la lluvia te sorprende en la
calle, tendrás que entrar a un portal, y ver desde ahí cómo se cumplen
con la ciudad los actos de magia de las desapariciones, cómo La Habana
se transforma en espejismo, como una casa deja de ser casa, un árbol
deja de ser árbol, como alguien (que ha vencido el terror y corre
decidido bajo el aguacero) es apenas una sombra (enigmática por supuesto).
Mucho más que otras veces, el tiempo deja de transcurrir. Y seguramente
sentirás que tú también te borras con el aguacero, que los contornos de
tu cuerpo se deshacen con esa fuerte humedad que llega de la calle,
mezclada con el viento. No cabe duda: la lluvia es uno de los dos modos
que hemos encontrado La Habana y los habaneros para desaparecer, para
justificar nuestra irrealidad.
Esta noche se encenderán las
grandes lámparas del teatro más suntuoso, porque será una noche
importante: Alicia Alonso bailará Giselle, acompañada
por el bailarín Cyril Atanassof. Cientos de habaneros llegarán desde muy
temprano para alcanzar las mejores butacas. Llegarán vestidos de
invierno porque estamos en invierno (es dos de diciembre), a pesar de
que el calor sólo se haya mitigado un poco. Llegarán de trajes largos
las mujeres, peinadas, maquilladas, perfumadas, enjoyadas. Llegarán de
cuello y corbata los hombres; algunos con gabardinas y bufandas. Un
joven de largo pelo rubio entrará al foyer con guantes negros y
entallado traje rojo. Un negro altísimo (también muy joven), aparecerá
con capa de fieltro. Las ancianas marquesas que todavía quedan en La
Habana, las que por alguna razón misteriosa decidieron resistir en su
antiguo palacio el embate de los nuevos tiempos, descenderán de
Chevrolets fabricados cuarenta años atrás, y ostentarán vestidos de glorias
lejanas. Por la larga alfombra roja que va desde el portalón del Paseo
del Prado, hasta la acristalada puerta de foyer, desfilarán personajes
que uno no sospechará en esta ciudad, si piensa que antes, unos momentos
antes, al doblar por la calle Neptuno, habrá encontrado un grupo de
habaneros y habaneras que bailando rumba al ritmo de un cajón. El teatro
estará iluminado como nunca. Sólo cuando la Alonso baila Giselle,
brillan tanto esas lámparas. Habrá lirios al borde del escenario. El
director de orquesta, de riguroso frac, dará la orden para que la música
se inicie. Y comenzará la Giselle, que será, por supuesto, inolvidable (como
le hubiera gustado a Théophile Gautier). Y el teatro se irá poco a poco
desprendiendo de la ciudad, del mundo, como esa bailarina pequeña, ágil,
magistral que nos hará olvidarnos de todo. Y el público, en sorprendido
silencio, religiosamente concentrado, atenderá a esa pareja que
intentará sobreponerse a la maldad y a la muerte. El teatro, Alicia y
Atanassof serán por un tiempo una realidad fuera de la realidad. No
estaremos en La Habana ni en ningún otro sitio, salvo aquel en el que la
bailarina querrá que estemos. Y luego, cuando el arte de magia termine,
y salgamos de nuevo a la ciudad oscura y sucia y destruida, nos
preguntaremos cómo es posible que haya aparecido en La Habana mujer tan
etérea, y también nos preguntaremos si fue cierto, si en efecto nos
sentamos en esas butacas y admiramos el espectro de esa mujer admirable.
Y, la verdad, no sabremos responder.
Se odia a una ciudad como se la ama. Se
odian las paredes mugrientas y despintadas, las calles pestilentes,
donde hace días que no se recoge la basura, y donde hay una apagada luz
de desidia y una sombra de desesperanza. Se odia una ciudad donde uno
siente que no tiene nada que hacer. Se odia la permanente necesidad de
huir. Se aman, si embargo, esas mismas paredes y esas mismas calles, y
hasta esa fuerza que te obliga a repudiarla. Y lo más sorprendente:
cuando estás lejos quieres regresar, para seguir odiándola y seguir
amándola con igual fervor, con igual necesidad. Quieres librarte de ella
y no quieres librarte de ella. Es fatal, como el propio cuerpo, como la
propia familia. Una ciudad es un destino.
Cierta tarde fuimos a visitar a Dulce
María Loynaz a su palacio de El Vedado. Además de una gran poetisa, ella
era la última de una de las más acaudaladas y distinguidas familias
cubanas (familia de aristócratas y de patricios.
Dulce María tenía más de noventa años y hacía muchos que vivía encerrada
con reliquias, libros, perros y recuerdos. Alguien nos hizo pasar a un
salón donde legítimos muebles de estilo Luis XV a duras penas dejaban
ver el esplendor antiguo. En las paredes, sin color, algunos cuadros,
borrados por el tiempo y el polvo, mostraban marcos labrados y
bellísimos. Había porcelanas de Sèvres y adornos de Murano. A pesar de
que estaban cubiertas por una capa oscura, las lámparas del techo,
muchos años atrás, debieron haber iluminado fastuosamente el recinto.
Todo estaba sucio y con olor a humedad. Dulce María entró con paso
lento, saludó respetuosa y se sentó frente a nosotros con aquel aire,
entre soberbio y humilde, de emperatriz en exilio. En efecto, no pude
evitar la asociación (quizá un tanto obvia), y evoqué aquellas páginas
de memorias en las que el príncipe de Lampedusa recordaba haber visto,
por un breve instante, a una anciana llamada Eugenia de Montijo. ¿Cómo
se puede expresar que Dulce María vestía un pobre traje que al mismo
tiempo resultaba elegante? ¿Cómo se puede decir que todo en ella era tan
venido a menos como distinguido? Hablamos, por supuesto, de literatura.
Hablamos de su novela Jardín. Lo cierto es que ninguno de nosotros dejó
de hacer la comparación: cierto, absolutamente cierto: aquella anciana
guardaba una poderosa semejanza con la ciudad en que vivía.
Veinte años en mi término,/ me
encontraba paralítico,/ y me dijo un hombre místico/ que me
extirpara el trigémino... La música escapa de ventanas y balcones
abiertos. La música está en la brisa, forma parte de ella. No es posible
concebir esta ciudad en silencio, entre otras cosas porque esta ciudad
padece de terror al silencio. Si un día La Habana amaneciera
sin música a todo volumen, los habaneros no sabrían qué hacer y los
edificios se vendrían abajo como si fueran de papel. En el sendero de mi
vida triste hallé una flor/ y apenas su perfume delicioso me embriagó...
La música convierte en fiesta la penuria de la vida cotidiana. La música
resulta mucho más eficaz que el nepente para los antiguos. Se camina por
las calles y se va escuchando cómo la guaracha cede paso al son, el son
a la salsa, la salsa al mambo, el mambo al danzón, el danzón al
bolero... Las voces de Compay Segundo, de Celia Cruz, de Beny Moré, de
Bola de Nieve, de la orquesta de Adalberto Álvarez, se mezclan en una
coral insólita. Una alemana amiga me hace esta observación: “Debe de ser
un pueblo triste cuando busca todo el tiempo la alegría”. No sé si tiene
razón. Yo no sé casi nada. Además, no puedo juzgar lo que yo mismo soy.
Retorna, vida mía, que te espero/ con una irresistible sed de amor... La
música es como la luz, lo inunda todo. La música es la respuesta (más
eficaz, más agresiva) que hemos encontrado para intentar evitar la
destrucción que provocan el tiempo, la lluvia y la luz. Rectificando de
modo soberbio a Descartes, los habaneros parecen decir: escucho, bailo y
gozo, luego existo.
Para llegar a Regla por el camino más corto (y sin embargo el más
hermoso) debe tomarse una lancha que sale de uno de los muelles del puerto,
y atravesar la bahía. Regla es un barrio ultramarino de La Habana,
célebre por su vocación religiosa (santería, por supuesto), por su
venturoso y despreocupado mestizaje, por una feliz comparsa de carnaval
(“Los guaracheros de Regla”), por haber servido de última morada a la
elegíaca Luisa Pérez de Zambrana, pero sobre todo (¡sobre todo!) porque
allí se levanta la iglesia de la Virgen de Regla. Se dice que la primera
ermita a esta virgen, que luego fue proclamada patrona de la Bahía, se
construyó hacia 1690, gracias al donativo conseguido por un peregrino
llamado Manuel Antonio. La Virgen de Regla es la virgen negra, la
patrona del mar, Yemayá. Todos los días ocho de septiembre (día de su
fiesta), los devotos acuden con flores, velas y otras ofrendas menos
ortodoxas. Y la iglesia se repleta de fieles. Recuerdo justamente una de
esas fiestas, no puedo precisar el año (en todo caso creo estar seguro
de que no hace mucho). Llegué temprano y lo primero que vi fue a
la gran multitud respetuosa, hacinada en la iglesia y sus alrededores.
También llamó mi atención
una inmensa bandera cubana en la puerta del templo. El murmullo de los
rezos y los cantos llenaba la tarde luminosa y la transformaba en algo
íntimo. A la virgen la habían sacado el día anterior (que es la fiesta
de la Caridad de El Cobre, patrona de Cuba), hasta un improvisado altar
en el claustro de la iglesia. Luego, cuando la tarde llegó a ser aún más
recóndita y brillante, jóvenes perfectos alzaron a la Virgen en su peana
para trasladarla a su lugar en el Altar Mayor. Se elevaron aún más los
rezos y los cantos. Todos querían tocar el humilde manto de la Virgen.
Lenta y majestuosa, la imagen de Nuestra Señora se fue abriendo paso por
entre el gentío, hasta que llegó a la puerta de la iglesia. Entonces
ocurrió lo insólito y lo que en definitiva quiero narrar: la corona de
la Virgen arrancó de su lugar la bandera cubana; esta se agitó y cayó
rápida sobre la imagen. Nuestra Señora, la Virgen de Regla, entró en el
templo cubierta por la bandera. Recuerdo el modo brusco en que cesaron
rezos y cantos. Recuerdo que cuantos allí estábamos caímos de rodillas,
y que por fin la tarde terminó por resumirse en aquella bandera y en
aquella virgen que con tanta solemnidad entraban en la iglesia.
Ahí están los cuerpos. Semidesnudos y
espléndidos. A cualquier hora y en cualquier
lugar. En los parques y en las plazas, en las iglesias y en los estadios,
en las cuarterías y en los hospitales, en los bosques y en los páramos,
en las playas. Pareciera como si a medida que la ciudad se fuera
destruyendo, los cuerpos humanos, por extraña ley de contradicción, se
fueran haciendo más hermosos. Ahora La Habana se ha convertido en una
ciudad de edificios semiderruidos, de pobreza y calles sucias; también
de mujeres y hombres de una belleza que (puedo jurarlo) dan ganas de
llorar. La felicidad del mestizaje ha encontrado su reino aquí. Ahí
están los cuerpos con encanto que salta por encima de consideraciones
de razas. Hay bellezas negras, mulatas, chinas y blancas (a veces de una
blancura que parece escandinava). Los cuerpos se muestran con dichoso
descaro. Es la necesidad del habanero de vencer el calor, la humedad, la
luz y la fatalidad de la Historia. Cuando se vive en el sopor de las
alucinaciones, el cuerpo reclama su parte. El habanero corrige también a
Pascal: el cuerpo tiene razones que la razón y el corazón desconocen.
Mostrándose, el cuerpo busca otro cuerpo. Necesita tocar, y saber así
que existe, que aún está en la ciudad, en la vida. Necesita gozar para
poner los pies sobre la tierra, para saberse parte de ella, que aún no
lo han excluido. No hay que pensar ni conversar, no hay que organizar
metódicamente los discursos, no que hay que hacer la crítica de ninguna
razón (pura o impura), no hay tríada hegeliana ni banquete, lo que hay
es algo muy simple (o acaso aún más complicado), lo que hay es que
buscarse y reconocerse en el abrazo de la mañana o de la noche,
transgredir las leyes, las falsas morales, tratar de fundirse
con el otro (sí, el paraíso es el otro), mezclar salivas y sudores,
mezclar todas las savias, y encontrar ese lugar de memoria y de
encuentro que llamamos, con justa metáfora, templar, o sea, como dice el
diccionario: “poner en tensión adecuada una cosa”. Porque cuando todo
desaparece, aparece el cuerpo. Cuando la ilusión desaparece, viene el
beso a iluminar la realidad, y la caricia restituye la certeza de las
cosas. Y el cuerpo que espera en la cama o en la yerba o en la sombra de
una escalera devuelve la fe, es la mayor prueba de que este mundo es un
reino y de que finalmente nos pertenece. Siempre recuerdo el último y
maravilloso capítulo de Germinal, en que Emile Zola, hace que Esteban y
Catalina, atrapados en el fondo de una mina, sin ninguna esperanza de
vida, se entreguen el uno al otro en arranque de amor y de lujuria. La
cama compartida es el mejor modo de soportar el Apocalipsis.
Aquí la verdadera tierra
prometida ha sido siempre el mar. La Habana mira al mar como si en él no
sólo estuviera el peligro, sino también la esperanza. El mar es, en
efecto, una esperanza peligrosa. No importa que corroa día a día
los edificios, que se enfurezca en la temporada ciclónica, que se lance
desesperadamente por encima del muro del Malecón, que penetre destructor
en zonas bajas de la ciudad. El mar resulta una promesa, o mejor: una fe.
Tanto la amenaza como la salvación vienen del mar. Hace pocos años,
miles de habaneros se lanzaron a la aventura del mar en balsas notables
por su precariedad. En Cojímar, en La Puntilla, en el mismo Malecón los
ví zarpar (no sé si “zarpar” sea la palabra justa), en apretadas tablas
sobre gomas de camiones. Por supuesto, iban casi desnudos y contentos.
Por supuesto, los oí cantar. Tenían un escaso momento de debilidad
cuando se despedían de los familiares que quedaban en la orilla,
aquellos familiares que quedaban aferrados al “hastío reseco ya de
crueles anhelos aún sueña en el último adiós de los pañuelos”, que decía
Mallarmé. Luego, salían las balsas hacia el horizonte y los que en ellas
iban no volvían a mirar atrás. (Escucha un consejo: cuando te marches,
no mires atrás; ten presente siempre el ejemplo de la mujer de Lot).
1
Una anciana está
sentada en un sillón de su jardín, a la sombra de un aguacatero. Le
suelo preguntar “¿Qué hace?” Sé lo que responderá, pero debo
reconocer que me gusta escucharle la respuesta: “Aquí, hijo mío,
esperando”. Otro anciano hace la cola para comprar el periódico y repite
la misma frase con exactitud que sorprende. Los jóvenes se sientan por
las noches en los muros de la avenida, conversan o hacen silencio,
intentan huir del calor que el día ha acumulado en las casas, y no sé si
saben que esperan. No cabe duda: esperar es un verbo que en La Habana se
conjuga demasiado. No hace falta saber qué se espera. No hace
falta que haya algo preciso que esperar. La espera es una actitud que
necesita muy poco para realizarse. Suponemos que la espera deba tener un
valor en sí misma. Paul Valéry ha dejado dicho en alguna parte (creo que
en La jeune parque) que “todo puede nacer de una espera infinita”. Y la
verdad es que ese verso memorable podría estar en el escudo de la
ciudad. La historia de La Habana es la de una espera infinita. Todo
cuanto ella hace, todo cuanto ella muestra (parques, árboles, calles,
edificios, playas, bullicio) no es más que otra forma eficaz de
enmascarar la espera.
El otro modo que hemos encontrado
La Habana y los habaneros (el modo acaso definitivo) para justificar
nuestra irrealidad, es la luz. En mi novela Tuyo es el reino (Le royaume
t’appartienne) he tratado de hablar de la luz de mi ciudad. He intentado
explicarlo diciendo que en La Habana hay tanta
luz que parece sumergida en el agua. He querido comparar esa luz con la
de Venecia, y he procurado explicar que resulta precisamente la luz la
que logra hacer de la Reina del Adriático, a diferencia de La Habana,
una ciudad tangible. Pero opinar tal vez que La Habana parezca sumergida
en el agua, resulte demasiado rebuscado, impreciso, “poético”. Lo que
ocurre es algo demasiado simple aunque difícil de elucidar. Como casi
cualquier argumento que tenga que ver con La Habana. Resulta evidente
que se hace necesario estar en ella, vivirla, para llegar a entenderla
(al menos en esa mínima porción de entendimiento que la ciudad permite).
Porque se trata de una ciudad que se resiste a verbalizaciones, que no
quiere ser explicada, que no se deja entender. Ocurre que, de tan
intensa, la luz todo lo atraviesa, destruye, deshace. Ubicua, se filtra
en las cosas y en los seres para sustituir la certidumbre por la ilusión.
La luz descompone la realidad en espejismos y partículas. Al contacto
con la luz, La Habana estalla y se fragmenta, se vuelve falacias y
mixtificaciones. No sólo los edificios y las estatuas y los parques y
las calles y los monumentos, sino también a la infeliz mujer y al hombre
infeliz que se ven en la obligación de transitar por sus aceras. Y como
por supuesto la persona humana no es sólo ese cuerpo, esa materia que se
desplaza por el laberinto de una ciudad, sino también esa otra materia
compuesta de anhelos, esperanzas, ambiciones, angustias, alegrías,
recuerdos, añoranzas, satisfacciones y frustraciones, eso que de algún
modo vacilante y escéptico llamamos “el alma”, pues resulta que,
borrando la luz de modo terminante esos cuerpos, borra también las almas,
y el resultado es (ya se puede ver) la fantasmagoría. Fantasmas,
aniquilados por la luz, no venimos de ningún lugar ni vamos a ninguno.
Nada somos porque somos únicamente esa l
Ya he dicho que en La Habana conocí el miedo y el peligro. Debo agregar
ahora que también conocí algo muy asociado a ellos: la literatura. No
hace tantos años, pero siento como si un siglo hubiera transcurrido de
aquella noche concluyente en que fui a Mantilla por primera vez.
Mantilla es un barrio no demasiado elegante de las afueras de La Habana.
Allí, en una quinta mágica (me gustaría que esta palabra (mágica( no se
entendiera como una simple frivolidad metafórica, como resultado de mi
exaltación) vivía Juanita Gómez. ¿Y quién era esa anciana con más
de ochenta años? ¿Quién era que tenía un salón los sábados por la noche,
en el que se bebían, bajo árboles copiosos y centenarios, vasos con
néctar de mango, se conversaba y se leían poemas? Era la hija de un
negro maravilloso, Juan Gualberto Gómez, patricio de nuestras guerras de
independencia, hombre culto, de moral intachable, educado en París,
amigo de José Martí. Juanita y sus hijos (Fina, Olga, Yoni), y algunos
amigos, se reunían en torno a Virgilio Piñera, uno de los grandes
escritores cubanos (y latinoamericanos) de este siglo. Casi destruida,
la casa se levantaba con bastante hermosura y dignidad entre una
sorprendente profusión de árboles y de plantas de todas las especies
inimaginables. Pues sí, como si no fuera una historia de eso que con
suficiente imprecisión llamamos “la vida real”, en aquella casa conocí
la literatura. La conocí mediante ese hombre sorprendente llamado
Virgilio Piñera. A él debo haber entendido la literatura como destino. A
él debo muchos autores que luego pasaron a formar parte de mi mitología
personal. Pero a él debo, también (y en lugar privilegiado), haber
entendido a La Habana no tanto como una ciudad sino como una obsesión,
una angustia, un estado espiritual, y, por encima de todo, una
nostalgia. La Habana pertenece
a una región geográfica que no aparece en mapas, ni en libros de
geografía. La región geográfica de La Habana es similar a la de Walden,
Macondo o Yoknapatawpha. Porque lo cierto es que La Habana ha estado
siempre entre “la realidad y el deseo”. Porque lo cierto es que La
Habana nunca ha sido la que es, sino la que hemos añorado. Por esa razón,
quizá, ha estado en el centro del desvelo de poetas y escritores: La
Habana escueta de Lino Novás Calvo; la barroca, enciclopédica, apolínea
de Alejo Carpentier; la sobreabundante, misteriosa, dionisíaca,
hechicera de José Lezama Lima; la íntima de Eliseo Diego; la nocturna,
diabólica y frívola de Guillermo Cabrera Infante; la eterna de Antón
Arrufat; la espantosa y atractiva, lujuriosa, de Reinaldo Arenas... La
Habana distante y borrada de los versos de Gastón Baquero:
Yo te
amo, ciudad, aunque sólo escucho de ti el
lejano rumor, aunque soy en tu olvido una
isla invisible, porque resuenas y tiemblas
y me olvidas, yo te amo, ciuda
ABILIO ESTÉVEZ
La Habana, octubre de 1998.
La ciudad de las ventanas abiertas
No sé, no podría decir, si en La
Habana existen más ventanas que en otras ciudades. Sí, estoy tentado a
asegurar que en ninguna otra ciudad se hallan tan abiertas las ventanas.
He ahí una de las de las características que nadie, en
La Habana, debiera pasar por alto: el poder de las ventanas, su lenguaje,
su indiscreta gentileza, su atractivo descaro…
Ventanas de par en par abiertas. Ventanas sin persianas. Ventanas sin
celosías. Ventanas sin visillos. Ventanas campechanamente abiertas a la
calle, a la canícula de la calle, a la poca brisa, a la esperanza de la
brisa, a la fe en el posible aguacero que mitigue (por unas horas) el
bochorno… Ventanas abiertas a la impertinencia de miradas (no sólo las
miradas desvergonzadas hacia las casas de los que pasan por las aceras,
sino además, las no menos desvergonzadas de los habitantes de las casas
hacia quienes van por las aceras).
Las ventanas son el mejor modo que nosotros, los habaneros, hemos
encontrado de ser ubicuos, de vivir en varios lugares al mismo tiempo:
en la casa y en la calle.
La casa aísla. La casa, se sabe, es el cobijo por antonomasia. Las
paredes que amparan. El techo que abriga. Las puertas y ventanas que
establecen la necesaria
separación, la independencia, luego de haber pasado un día de relaciones
(más o menos amables, o más o menos controversiales) con el otro. La
casa es la búsqueda de la intimidad. El retiro necesario. El lugar donde
ocultarnos después de haber salido al mundo, después de habernos
expuesto a tantos equívocos, a tantas miradas, a tantos juicios, a
tantos peligros. El sitio del ocultamiento. Del refugio. El espacio
donde se cumple con rigor el extraordinario rito de la soledad. La
sanctasanctórum. Donde se guardan recuerdos, anhelos, angustias,
alegrías, recelos, entusiasmos… Donde el baño y la comida rozan la
categoría de lo sagrado, y el sueño y el descanso se acercan a la
ceremonia…
Pero nosotros, los habaneros no queremos encerrarnos, no queremos
aislarnos. Suficiente exclusión, retraimiento, clausura, provoca el mar.
La isla anclada en el Golfo de México es ella misma un gran encierro. En
un poema memorable, en uno de los más grandes poemas escritos en Cuba
para definir a Cuba, La isla en peso, Virgilio Piñera (poeta mayor),
dejó escritos algunos versos terribles y concluyentes:
La maldita
circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un
cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
El agua rodeando como un cáncer. El
agua como reclusión y enfermedad. Los habaneros no vivimos en el mundo.
Vivimos en La Habana. Y sospecho que ni eso. Vivimos en las cuatro
calles que conforman nuestro barrio. El mundo entero está compuesto por
la pequeña barriada. La humanidad no existe. O mejor, la humanidad son
los cincuenta o sesenta vecinos, y los cincuenta o sesenta transeúntes
que pasan alguna vez por la calle rota y brillante, también rota de luz…
Los habaneros estamos, pues, ansiosos de intemperie y de miradas.
Ansiosos de diálogos. Buscamos, a toda costa, la comunicación. Nos
refugiamos bajo un techo y tras cuatro paredes porque el sol se ensaña
sobre La Habana como casi no se ensaña sobre ninguna otra ciudad. ¿O
será que La Habana no posee las defensas de otras ciudades? No lo sé.
Los habaneros necesitamos de un cobertizo simple donde escapar de la
carcoma salitrosa de las brisas marinas, donde ampararnos de los
aguaceros violentos, de los ciclones, de la excesiva luz y del fuego
directo del sol… Salvo esa defensa, ya no requerimos nada más. La casa
para nosotros viene siendo, entonces, una elemental defensa
meteorológica.
Requerimos de la intemperie. Los habaneros necesitamos de los vastos
espacios; así como necesitamos del otro, del prójimo, tanto como de
nosotros mismos (o quizá más), para defendernos de esa propia intemperie.
Por eso, las ventanas abiertas. Por eso, la comunicación permanentemente
con la calle. Por eso la casa huyendo hacia la calle, o la calle
apropiándose de la casa (como prefiera el lector).
Así puede descubrirse el lenguaje de aquellos rectángulos luminosos,
descarados, abiertos con esperanza a la canícula, las ventanas. Una cosa
es el conocimiento de la intuición y otra muy distinta el conocimiento
de la razón. Insisto: de todos los descubrimientos humanos, acaso la
ventana sea uno de aquellos a los que más provecho hemos podido sacar
los habaneros. En La Habana, la ventana adquiere un valor especial, una
dimensión casi mística. Una Habana sin ventanas o con ventanas cerradas,
sería punto menos que impensable. La ciudad de las columnas es asimismo
la ciudad de las ventanas abiertas. La ventana es uno de los modos que
tenemos de mantenernos vivos, de saber que continuamos teniendo un
espacio en los atlas que confeccionan los geógrafos.
He explicado, supongo que con cierta lógica, que una ciudad que vive once
meses del año (once meses: en el mejor de los casos) ahogada por el
bochorno, por un calor de infierno, no puede darse el lujo de cerrar las
ventanas. Sí, sé que sí, por supuesto, sé que debe tratarse de un
razonamiento justo. No obstante, comprendo que no puede ser esa la única
explicación. Hay algo que queda fuera. Algo que no basta a explicar el
enigma. No, el problema no termina ahí. El calor, ciclones y aguaceros
vienen siendo una parte de la cuestión, sólo una parte de la cuestión.
El tema de La Habana y sus ventanas resulta más complicado, más
misterioso.
Volvamos al hecho de que la ventana es un punto de observación. De la
casa a la calle, de la calle a la casa.
Y mirar. Estamos rozando un asunto mágico: el placer de mirar. La mirada
que no mira por mirar, sino que indaga en el lado gustoso de la mirada.
Alguien se ha aventurado a hablar del inveterado exhibicionismo de
nosotros, los habaneros. No me atrevo a hacer mía semejante afirmación.
Sólo estoy a medias seguro de que en ninguna otra ciudad del mundo
podrían verse tantos cuerpos desnudos a través de las ventanas. Hombres
y mujeres se pasean voluptuosos, desnudos ante ventanas de par en par
abiertas. En La Habana se va caminando con inocencia por las aceras, y
los ojos se desvían hacia los interiores, se va observando el secreto de
las casas y todo cuanto en ellas está ocurriendo. No sólo un desfile de
cuerpos desnudos, y por lo general hermosos, hermosísimos, no, sino
también riñas, conversaciones íntimas, limpiezas, adoraciones, dolores,
llantos, comidas, necesidades, fiestas, duelos… ¿Miedo a la soledad? ¿Claustrofobia?
¿Histeria? ¿Necesidad de compartir la vida? ¿Vida concebida en términos
de mis en escéne? ¿Promiscuidad? ¿Falta de concentración?
Y escuchar. Rozamos otros tema de magia: el placer de escuchar. Vamos por
la calle oyendo la música de salsa que escapa de las ventanas abiertas.
A todo volumen, mezclándose con las voces de los que se unen a los
cantantes. Oímos las plegarias y las burlas, los ensalmos y las bromas.
Las risas, las escandalosas risas. Cualquier puerilidad es motivo de
risa.
Y oler. De las ventanas abiertas escapan esencias de flores, de tantas
flores para contentar a los santos, los perfumes baratos de las
limpiezas, hechas además con hielo, el perfume de los baños con flores…
Los aromas de las cocinas.
Sólo falta entonces tocar. En mi novela Tuyo es el reino he hablado de la
falta de corporeidad que provoca la luz de La Habana. Y he intentado
razonar cómo esta luz, que nos descorporeiza, nos obliga a buscarnos los
unos a los otros. Necesitamos tocar para probarnos a nosotros mismos que
existimos. Acariciar la superficie única de una espalda lustrosa de
sudor. Palpar un pecho que se agita y transpira. Besar labios ansiosos,
que intentan palabras que no se pronuncian, y bajar luego a un cuello
hirviendo por la sangre, por el sol, por el sol que se filtrado a la
sangre. El encuentro de los cuerpos es una fe de vida. Una constatación.
Un testimonio. Los habaneros no necesitamos pruebas de la existencia de
Dios. Precisamos la evidencia de nuestra propia existencia. Y esa
confirmación nos viene por el beso, por el abrazo, por el concurrencia
de los cuerpos que la luz (y las circunstancias) pretenden
desmaterializar.
¿Prevalecerán otras teorías para explicar la voluptuosidad y las ventanas
abiertas de La Habana?
Se habla de tantas influencias. La mezcolanza que se provocó acá entre
negros (las distintas etnias de negros de la costa del Golfo de Guinea),
españoles y chinos. Existen otros elementos raciales, pero estos deben
ser acaso los fundamentales. La primitiva sexualidad de los negros; la
más retorcida de los españoles que, llegando de un país dominado por la
Contrarreforma, se encontraban con el paraíso de la desinhibición; el
refinamiento chino. ¿Y qué se podría expresar de las putas francesas que
comenzaron a llegar iniciando el siglo que terminó?
También se habla de las difíciles circunstancias históricas que hemos
vivido siempre los cubanos. Las carencias, las penurias, las
contrariedades de la existencia que nos han hecho la vida
extraordinariamente difícil a lo largo de tantos años.
Según esta última teoría, la solución ha sido, pues, concentrarse en el
cuerpo, en los gozos del cuerpo. La investigación de los sentidos para
huir de los entresijos de la razón.
Si Hegel enunció que todo lo real era racional y que todo lo racional era
real, nosotros oponemos otro discurso: Todo lo real es gozable y todo lo
gozable es real.
Lo propio de nosotros, los habaneros, es que no nos interesen las
explicaciones. Nos atenemos a los hechos. Hay demasiado de la vida que aún
no se ha disfrutado, que aún falta por saborear, como para detenerse en
los análisis. De modo que ¿para qué explicar? No, no hay nada de
explicar. Hay, con toda simpleza, que morder el mango y dejar que el
jugo corra comisuras abajo hasta el cuello, que el jugo del mango se
mezcle allí con el sudor. Hay que observar a través de las ventanas
abiertas los cuerpos semidesnudos (y los cuerpos, lo he dicho y
repetido, son lo mejor de esta ciudad generosa). Hay que escuchar las
conversación. Entrar en los bailes. Dormir al borde de un río, bajo la
noche blanca de galaxias. Hacer el amor en el muro del Malecón, frente
al mar inmenso, y e horizonte cargado de esperanza. Hay que vivir aquí y
ahora, porque mañana… De mañana nada se sabe…
En estas exóticas tierras del Caribe, más que en otras, se cumple la
famosa máxima de Jean Cocteau: “Dios existe, es el diablo”. Aquí, pecado
y bienaventuranza se confuden.
En un país donde la Historia ha eliminado (con esa solemnidad pavorosa
que siempre trae la Historia) todo tipo de placer, ¿será que todo,
cualquier cosa, hasta lo más nimio, llega finalmente a convertirse en un
delicado, en un urgente placer?
No sé, la verdad, no sé. Insisto: no puedo asegurar nada. Ya se sabe que
a menudo, muy a menudo, con demasiada frecuencia, los hechos eluden las
explicaciones y, después de todo, ¿quién soy yo para analizar el modo de
vida de los habaneros? Mi único consejo, es entregarse al placer, y
atisbar lo que se deja mirar a través de las ventanas. Las ventanas
abiertas.
Al fin y al cabo, no puedo escapar a mi propia condición. Gracias a Dios,
o gracias al demonio (si es que al final no son lo mismo), yo soy un
habanero, un habanero más…
ABILIO ESTÉVEZ
La Habana, julio, 2000.
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