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IGNACIO
AGRAMONTE Y LOYNAZ (1841-1873) ³EL MAYOR²
José Luis Prieto Benavent
Las culturas agresivas guardan
en su memoria como mitos más valiosos, como temas preferentes de
su narración histórica, todo lo relacionado con la épica de la
conquista del poder, los estallidos revolucionarios, los gritos
insurrecionales y los martirologios en los períodos rupturistas.
En la tradición política hispanoamericana, las guerras de
independencia, han sido interpretadas envueltas en una aura
romántica e idealista que las ha transformado en epopeyas épicas
nacionales. Según esa epopeya nacional, hombres de armas
iluminados por los ideales de libertad y justicia, líderes
arrolladores que contienen y movilizan todos los elementos del
prototipo del héroe romántico, alzaron a sus pueblos contra la
opresión del siempre tiránico gobierno español. La figura de
Ignacio Agramonte, reúne todos los elementos del mito
imprescindibles para construir la epopeya nacional. Es difícil
no sentir de inmediato una gran admiración y simpatía por este
protagonista indudable de la historia de Cuba.
Nació en Puerto Príncipe (Camagüey) en diciembre de 1841, hijo
de Ignacio Agramonte Sánchez, rico abogado de familia muy
antigua en Cuba y Filomena Loynaz y Caballero, de familia no
menos ilustre. Los Agramonte eran una distinguida dinastía de
letrados, su tío abuelo, también llamado Ignacio, fue alcalde y
colaborador de Gaspar Betancourt Cisneros, el Lugareño, durante
la construcción del ferrocarril de Camagüey a Nuevitas. Estas
mismas familias (los Betancourt, Agüero, Loynaz.) fueron, a la
altura de 1808, encendidos patriotas españoles y realistas. Se
opusieron a los proyectos abolicionistas de las Cortes de Cádiz
y aceptaron encantados el absolutismo de Fernando VII que les
garantizaba libertad de comercio, mantenimiento de la trata,
desestanco del tabaco y un progreso económico que la metrópoli
estaba muy lejos de conocer. Eran una elite criolla muy
ilustrada, con gran capacidad de creación de riqueza y muy
conscientes de sus intereses. Así, en 1836, expulsaron al
General Manuel Lorenzo cuando intentó promulgar en Santiago la
Constitución del 12, restablecida en España tras el motín de La
Granja. Fueron los que exigieron un régimen de excepcionalidad
para la Isla que les alejaba de la construcción liberal que se
iniciaba en la Península. El régimen de facultades omnímodas del
General Tacón no fue el fruto de un gobierno absolutista en
España sino todo lo contrario, el fruto del gobierno más radical
y progresista del liberalismo español. Al igual que los soldados
que mataron a Ignacio Agramonte en 1873 no fueron los soldados
del Rey, sino los soldados de la Primera República española, La
Federal. Hasta la década de los treinta Cuba aceptó
mayoritariamente el régimen absoluto porque les garantizaba la
prosperidad y les mantenía alejados de lo que consideraban, con
mucho, el mayor peligro para su sociedad: la africanización. Si
para evitar un nuevo Haití era necesario mantener un gobierno
militar excepcional, valía la pena el trato.
No es difícil comprender que para los liberales progresistas que
expulsaron a los diputados cubanos de las cortes de 1837, el
mantenimiento de la hacienda colonial era una cuestión vital que
no estaban dispuestos a negociar. Con ella se sufragó en parte
la guerra carlista. A cambio de los importantes ingresos cubanos,
los liberales españoles consintieron la pervivencia de la trata
y el régimen de libre comercio (excepcional en el ámbito de la
monarquía española). Puede decirse que una parte de la clase
política española sirvió directamente a los intereses de las
élites cubanas propietarias de esclavos. La desamortización
eclesiástica propuesta por Mendizábal también favoreció a los
criollos cubanos, aunque no sin conflictos. Fueron capaces de
sustraer muchas propiedades eclesiásticas y entre ellas
secularizaron la Universidad de la Habana. Pero la propia
Cuba comenzó a dividirse entre la región Occidental esclavista y
el Oriente con intereses económicos bien distintos, un fenómeno
semejante a lo que sucedió en Estados Unidos entre el Norte y el
Sur. Fue el Oriente la cuna del liberalismo cubano, allí José
Antonio Saco, nacido en Bayamo diputado por cuatro veces de
Oriente, y exilado casi permanente en Estados Unidos y en Europa,
fue en uno de los primeros en plantear el anexionismo a Estados
Unidos como una de las soluciones posibles de la fragante
contradicción entre la riqueza económica y el retraso político.
En su obra Paralelo entre la Isla de Cuba y algunas colonias
inglesas (1837) planteo lo que ya Arango y los ilustrados habían
propuesto desde el principio, el autogobierno, la
descentralización administrativa. Si las élites criollas
habían sido inicialmente absolutistas, a mediados del Siglo XIX
se hicieron anexionistas: el caso de Texas, y California era
para ellos una esperanza. La expedición de Narciso López, bajo
la bandera de la estrella solitaria de Texas, fue el momento
álgido del anexionismo. La leyenda nos recuerda al jovencísimo
Ignacio Agramonte recogiendo en su pañuelo la sangre de Joaquín
de Agüero, fusilado por los españoles en 1851, como un joven
Aníbal jurando odio eterno a los romanos.
Las fronteras entre anexionistas, reformistas, independentistas,
autonomistas, eran muy difusas, no se trataba de partidos
políticos organizados sino de tendencias que se discutían en el
interior de las logias masónicas en función de las distintas
coyunturas políticas e internacionales. Pero si en algún lugar
ideológico tenemos que colocar a los Agramonte es entre los
anexionistas. Las ideas de Cirilo Villaverde, de Gaspar
Betancourt fueron sin duda las que formaron la mentalidad del
joven Ignacio Agramonte. Esas ideas y sobre todo el ejemplo de
los fenómenos sociopolíticos que estaba ocurriendo en los
Estados Unidos. Tras un largo periodo colonial, Estados
Unidos había pasado por un ciclo revolucionario y a la altura de
1850 había logrado la primera sociedad auténticamente
democrática, era el primer país que realmente había entrado en
la modernidad y en una vía de progreso. Un país que comparado
con los del Continente, tenía un Estado pequeño, un ejército
pequeño (a diferencia de las repúblicas sudamericanas que
estaban todas dominadas por dictaduras militares e inmersas en
guerras civiles interminables). No había diezmos, porque no
había Iglesia estatal, no había subsidio de pobres porque
prácticamente no existían. Los salarios eran altos, los
impuestos eran mínimos y los trabajadores podían gastar lo que
ganaban en mejorar las condiciones de vida de su familia. No
había policía política, no había censura, no había leyes que
consagrasen las diferencias de clases. Jackson había acuñado la
frase a propósito de Texas en 1843, según la cual anexionarla a
Norteamérica era ³extender el área de libertad².
La
propia Unión Norteamericana era un estado artificial, fruto de
pactos, convenios y alianzas entre estados. Estaba hecho de
trozos de papel redactados por abogados. En su Declaración de
Independencia no habían usado el termino ³nación² (fueron
precisamente los federalistas los primeros en utilizar ese
concepto). La auténtica identidad nacional de los
norteamericanos era la Constitución, la idea de respeto a las
leyes, las ideas de libertad e igualdad ante la ley. Sólo con
esos mimbres se podía formar a posteriori una nación
multicultural y plurireligiosa. Y por fin, tras la Guerra Civil,
habían resuelto en 1865 el problema de la esclavitud. Esto es lo
que admiraba Agramonte y buena parte de los revolucionarios
cubanos del 68. En la Proclama expedida por la Capitanía General
de Ejercito liberador de la Isla de Cuba y el Gobierno
Provisional de la misma, se lee: ³La naciente Unión Americana,
bajo su brillantísima forma de gobierno, égida de todas las
libertades modernas, modelo de cultura y civilización². Pero
regresemos a la biografía de Ignacio Agramonte: En 1855 ingresó
en el Colegio del Salvador fundado por José de la Luz y
Caballero, famoso por sus avanzados métodos de enseñanza. De
allí pasó a la Universidad de La Habana donde llevó una intensa
vida intelectual, participando en tertulias y afiliándose a
logias masónicas. Se licenció en Derecho Civil y Canónigo en
febrero de 1866. Fue un estudiante brillante, con sobresaliente
en todas sus asignaturas. Su biógrafo Carlos Márquez Sterling lo
describe como ³sereno y reflexivo menos cuando cree su dignidad
o su honor ofendido. Modesto y sencillo, enemigo de la vanidad,
la mentira y el engaño, inflexible contra el desorden y el vicio,
valiente hasta la temeridad. Honrado en todos los instantes de
la vida. Era un hombre tallado en roca². Como los jóvenes de
su clase social aprendió el manejo de las armas y era muy
diestro en esgrima. Participó en varios duelos y fue herido en
varias ocasiones. La imagen que nos ha legado la tradición no
oculta un carácter violento. Conservamos un documento
excepcional para reconstruir la mentalidad de Agramonte en aquel
momento: su Discurso de licenciatura ante el Rector y el Clausto
de la Facultad de Derecho pronunciado el 8 de junio de 1866 1:
El discurso versa sobre la Administración como expresión del
poder Ejecutivo del Estado. Está en la línea del liberalismo
ortodoxo moderado de mediados de siglo, que intentaba una
conciliación entre libertad y orden. La principal obligación del
Estado es garantizar los derechos individuales que para
Agramonte eran básicamente la libertad de pensar, de hablar y de
obrar. ³El individuo mismo es el guardián y soberano de sus
intereses, de su salud física y moral; la sociedad no debe
mezclarse en la conducta humana, mientras no dañe a los demás
miembros de ella. Funestas son las consecuencias de la
intervención de la sociedad en la vida individual; y más funesta
aún cuando esa intervención es dirigida a uniformarla,
destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos
del bienestar presente y futuro de ella². Se trata de un
liberalismo individualista, manchesteriano, preocupado por
establecer limitaciones al Estado.
Tras demostrar que el gobierno debe respetar los derechos
individuales, Agramonte trata de demostrar que sólo una
administración centralizada de una manera bien entendida o
conveniente, deja expedito el desarrollo individual. La
centralización absoluta es la tiranía, la descentralización
absoluta es la anarquía. Agramonte entiende por centralización
la acumulación de atribuciones del poder ejecutivo, y cita como
ejemplo el Imperio Romano. A este modelo contrapone (como ya
hiciera José Antonio Saco) la monarquía parlamentaria inglesa
que ofrece descentralización administrativa. La
descentralización aumenta la capacidad de producir riqueza. ³La
centralización no limitada convenientemente disminuye, si no
destruye la libertad de industria, y de aquí la disminución de
competencia entre los productores, de esta causa tan poderosa
del perfeccionamiento de los productos y de su menor precio, que
los pone más al alcance de los consumidores². Es evidente que
Agramonte pensaba en el modelo económico liberal tal como se
desarrollaba en Inglaterra y sobre todo, en los Estados Unidos
de Norteamérica, donde una decidida apuesta por la modernización
tecnológica y la libre competencia, estaba produciendo un
abaratamiento real de los costes de producción y un
enriquecimiento de la población. El panorama que ofrecía la
administración española era todo lo contrario, una
centralización que paralizaba la iniciativa individual: ³La
centralización hace desaparecer ese individualismo, cuya
conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad. se
comienza por declarare impotente al individuo y se concluye por
justificar la intervención en su acción destruyendo su libertad,
sujetando a reglamentos sus deseos, sus pensamientos, sus más
íntimas afecciones, sus necesiadades, sus acciones todas².
Agramonte se basa en el modelo de ³estado mínimo² que podía
observar en los Estados Unidos. Pocos funcionarios pero bien
pagados, con independencia entre ellos que les de dignidad en
vez de estar humillados por los caprichos de un superior, con
una responsabilidad legal y no arbitraria. Lejos de ser
convertidos en máquinas de ejecución o de transmisión,
desplegarían su actividad e inteligencia en provecho de la
sociedad. ³Un código único, arma regular y recursos
financieros reunidos en la mano de un poder central para ser
empleados conforme a la ley, serian una garantía bastante contra
el federalismo, y para poder dejar a los habitantes de una
localidad repartir sus impuestos, administrar sus propiedades
construir sus vías de comunicación , gobernar en una palabra sus
asuntos locales, que solamente ellos conocen y más directamente
les interesan². Es decir, centralismo en cuanto a los
derechos políticos (código único) y descentralización y
autonomía en cuanto a los asuntos económicos. Pero todos estos
elementos racionales parecen estrellarse contra un Estado como
el Español que no era capaz de abordar la más mínima
descentralización. El discurso de Agramonte acaba con una
amenaza: ³Un Gobierno que con una concentración absoluta
destruya el franco desarrollo de la acción individual y detenga
la sociedad en su desarrollo progresivo, tarde o temprano se
encontrará con los hombres concientes de sus derechos ,y
escuchará el estruendo del cañón anunciandole que cesó su letal
dominación². Era una llamada a la insurrección. Tan atrevidas
palabras causaron estupor al tribunal. Todos sabían de que
gobierno estaba hablando. Se dijo que de conocerse su contenido
del Discurso, no se hubiera consentido su lectura, pero en
aquellos momentos el prestigio de Ignacio Agramonte era ya tal
que no pudieron suspenderle. Aquel era el sentimiento dominante
de casi todos los universitarios cubanos y además era evidente
para todos, que el régimen isabelino estaba agonizando en España.
Muchos criollos estaban ya apoyando y financiando lo que iba a
ser la Gloriosa revolución de 1868 en España y también en Cuba.
El flamante abogado, trabajó en el bufete de Don Antonio
González de Mendoza y actuó como juez de paz. Se trasladó a
Camagüey donde fundó una Academia de Jurisprudencia y desarrolló
una breve carrera como escritor en las Crónicas del Liceo de
Puerto Príncipe.
El 2 de agosto de 1868 se casaba con Amalia Simoni y Argilagos.
Este es otro de los elementos de la leyenda agramontina: sus
amores extraordinarios. Amalia e Ignacio se conocían desde niños.
Durante los años de separación, por los estudios de Ignacio en
La Habana, Amalia había viajado por Europa con sus padres, se
reencontraron de nuevo durante el Carnaval de San Juan en
Camagüey en el que ella había sido elegida Reina de la Nobleza.
Las cartas de amor que se conservan y que editó su nieto Eugenio
Betancout Agramonte son de un decidido lirismo romántico.
Ignacio y Amalia se casaron en agosto de 1868 y en noviembre él
se incorporó a la guerra. Un recién casado en plena contienda
debió ser un elemento particularmente desventurado y dramático.
Entre los sobresaltos y fatigas de la campaña se veían
ocasionalmente. Antes de un año tenían un hijo. José Martí
evocaba aquellas escenas de amor: ³Acaso no hay romance más
bello que el de aquel guerrero que volvía de sus glorias a
descansar, en la casa de palmas, junto a su novia y su hijo².
Cuando la guerra se recrudeció, Amalia se exilió en Nueva York
donde nació su segundo hijo, una niña que Ignacio no llegó a
conocer. Amalia, que era una excelente soprano, vivió dando
clases de piano y cantando en las iglesias. Mientras tanto
iba a nacer el mito del Bayardo, el capitán más valiente de
Cuba. Ignacio junto con su pariente Eduardo, estuvieron en la
fundación del Comité Revolucionario de Camagüey, presidido por
Salvador Cisneros Betancourt y con el mando militar de Manuel
Quesada, general que había combatido con Benito Juárez en
México. En ese Comité, Augusto Arango propuso un plan de
negociación con el nuevo gobierno surgido de la Revolución de
Septiembre. La España democrática surgida de la Gloriosa ofrecía
un nuevo pacto a los cubanos: amnistia, libertad de prensa y
convocatoria de elecciones para que la Isla enviara
representantes a las próximas Cortes Constituyentes. La
tradición conserva las duras e inflexibles palabras de Agramonte:
³Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las
demandas que humillan. Cuba no tiene más camino que conquistar
su redención arrancándosela a España con la fuerza de las
armas². Poco después Arango, el negociador, fue asesinado. La
intransigencia, el empecinamiento, la impaciencia, virtudes
todas muy españolas, se enseñoreaban del bando cubano. El 10
de abril de 1869 se inició en Guáimaro la Convención o Asamblea
Constituyente de la República de Cuba, con representantes de
Oriente (Céspedes), Camagüey (Cisneros y Agramonte) y
representantes de las Villas y La Habana. Se proclamó la
Constitución (redactada en pocas horas entre Agramonte y Antonio
Zambrana) y se adoptó como bandera del nuevo país la que había
enarbolado en su tentativa de 1850 Narciso López. La bandera de
los anexionistas.
La Constitución se inclinaba decididamente por instaurar una
fórmula republicana que establecía la separación de poderes con
fuerte predominio del legislativo, lo cual hizo evidente la
influencia de Agramonte y de Zambrana, los jóvenes de Puerto
Príncipe con apenas 28 años, frente a las opiniones
centralizadoras de Céspedes con 50 años de edad, que exigía un
mando único para dirigir la guerra. Hubo leyes sobre el
matrimonio civil, instrucción pública, administración
descentralizada, libertad de comercio y sobre el Ejercito
Libertador, disposiciones continuamente reformadas. Pero
Agramonte, el abogado, apenas si permaneció unas pocas semanas
como legislador, su ímpetu revolucionario le conducía a la
primera línea como soldado. La presencia de la Asamblea
convirtió la zona centro en escenario de las operaciones
militares, el célebre creciente de Valmaseda que culminó con la
toma de Bayamo por parte de los españoles. El 10 de diciembre de
1869, Jordán y Agramonte lograban detener en Minas de San Juan
al General Puello que con más de 1.500 hombres no pudo romper
las defensas manbises. Las contradicciones entre las ideas de
Céspedes y de Agramonte están bien documentadas 2. El 13 de
enero de 1871, cuando la situación de la insurrección era más
grave, Agramonte fue nombrado general en jefe del ejercito de
Cuba Libre en Camagüey (Mayor). Se esforzó en dotar a las tropas
de verdadera disciplina militar y eficacia. Agramonte cortó el
flujo de deserciones disponiendo y haciendo ejecutar la pena de
muerte para todo el que intentara pasarse a los españoles. Si
leemos las fuentes españolas encontramos que una de sus primeras
acciones fue el asalto a la torre óptica de Colón con
trescientos hombres. La torre estaba defendida por un alférez
con veinticinco soldados que tras durísimo combate murieron
todos. Si leemos las fuentes cubanas encontraremos datos
completamente opuestos, como la batalla por el puente de Tomás
Pio, donde 150 camagüeyanos mal armados derrotaron a mil
soldados españoles bien equipados. Pero la acción más célebre
y galante, que dio verdadera fama a Agramonte entre cubanos y
que fue muy admirada por los propios españoles, fue el Rescate,
en octubre del mismo año, de su segundo, el coronel Sanguily,
prisionero y custodiado por 120 soldados españoles. Agramonte
con sólo 35 jinetes ordenó una carga de caballería al machete y
logró liberarlo. La tradición nos ha dejado la arenga de
Agramonte: ³Corneta, toque usted a degüello². El 18 de abril
de 1873, el nuevo capitán general nombrado por la Republica
Española Cándido Pieltain a la cabeza de un ejercito de 54.000
hombres (si bien más de un tercio enfermaron nada más llegar a
la Isla) y con otros 57.000 hombres entre voluntarios y
milicianos cubanos, se dispuso a lanzar otra ofensiva final para
terminar con la insurrección. La ofensiva en Camagüey fue
detenida por Agramonte en una acción donde murió el coronel de
la Guardia Civil Leonardo Abril y la columna española se retiró
abandonando armas y caballos. Fue la mayor victoria de Agramonte
y la última. El 17 de mayo, la columna al mando del
coronel Rodríguez León encontró a Agramonte en Jimaguayú y le
dió muerte. Tenía 32 años. Según el estudio de sus restos que
hicieron los españoles cuando rescataron su cadáver vestido con
una camisa blanca, se encontró la bandera norteamericana bordada
sobre el pecho. Agramonte nunca ocultó su anexionismo 3. En
la biografía que le dedicó su nieto Eugenio Betancout (que
naturalmente no le conoció) se transcribe el comentario de uno
de sus compañeros de armas: ³al morir tenía la apariencia
militar pefecta². Las finas y elegantes facciones de joven
abogado se habían convertido en el rostro de la ferocidad. Su
bigote delgado se había transformado en un formidable y
aguerrido mostacho enmarcado por terribles patillas. Su mirada
melancólica debía tener ya la frialdad de los que conviven, sin
pestañear, con la muerte y la crueldad de la guerra. La
creación del mito del bayardo era inevitable, una figura
semejante sólo podía quedarse para siempre en el corazón y la
imaginación de los cubanos. Encarna el arquetipo perfecto del
revolucionario tal como lo describió Saint-Just : ³Un hombre
revolucionario es inflexible. Pero es sensato, es frugal, es
sencillo sin hacer ostentación del lujo de la falsa modestia; es
enemigo irreconciliable de toda mentira, de toda indulgencia, de
toda afectación² 4. La retórica revolucionaria, que presenta la
revolución como una epopeya y a sus actores como héroes con
altura de miras y capacidad de sacrificio, ha hecho memorables a
estos hombres inflexibles y violentos.
Las descripciones de Agramonte, entre ellas las de Martí (que
tampoco lo conoció, aunque trató mucho a Amalia en el exilio de
Nueva York) coinciden todas con el arquetipo: ³Por su modestia
parecía orgulloso, oía más que hablaba, tenia la elocuencia de
la limpieza de corazón. Se sonrojaba cuando ponderaban su mérito,
llevaba en sus ojos su augusto sacrificio² 5. Mito y memoria
son dos elementos inseparables que el historiador no tiene por
qué destruir, pero si tiene que tratar de explicar. Podemos
encontrar en el exilio cubano numerosos artículos 6 denunciando
la falaz y manipuladora utilización que sigue haciendo el
régimen castrista de los mitos nacionales cubanos. Insisten
todos en que si hoy Agramonte levantara la cabeza se quedaría
horrorizado de la realidad actual de Cuba. Con la palabra viva
de Agramonte, con su Discurso de 1866, contra la centralización
y a favor de las libertades individuales, el régimen castrista
debería enrojecer de vergüenza antes de mencionar su nombre.
Pero hay que preguntarse por qué la dictadura castrista conecta
tan bien con estos mitos revolucionarios del siglo XIX... Y es
que, la revolución basa siempre su legitimidad en la fuerza, en
la violencia y estos mitos exaltan la violencia y la agresividad
en grado máximo. Dan cuenta de una cultura que aún no ha
encontrado una vía de respeto a la ley y de reconocimiento de la
palabra como única arma política legítima. A principios del
siglo XXI Cuba sigue dominada por una dicatadura militar. ¿No ha
llegado ya acaso el momento de dejar de admirar a todos estos
héroes de la violencia? La estatua de Agramonte en Puerto
Príncipe no es la de un tribuno que busca convencer con la ley y
la palabra, no es la del redactor de la primera Constitución de
Cuba Libre, no es la estatua del hombre que firmó en Guaimaró el
decreto de abolición de la esclavitud, es la estatua ecuestre
del guerrero manbí con el machete dispuesto para la carga.
Bibliografía Ignacio Agramonte y la Revolución Cubana.
Eugenio Betancourt Agramonte.1928 Agramonte. El Bayardo de la
Revolución Cubana. Carlos Márquez Sterling (1899) Introducción
de Ignacio Rasco. Miami, Fla. Editorial Cubana, 1995. Ignacio
Agramonte y Loynaz, (23/12/1841, 11/5/ 1873). Fermín Peraza y
Sarausa La Habana . Departamento de Cultura, 1943 Colección:
Publicaciones de la Biblioteca Municipal de la Habana. Atlas
biográfico Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Elaborado
por la Empresa Occidental de Geodesia y Cartografía. La Habana:
Instituto Cubano de Geodesia y Cartografía, 1989 11 de mayo
1873-1973: Centenario. Museo de la Ciudad de La Habana, Palacio
de los Capitanes Generales La Habana: Orbe, 1976.2
1 Cuadernos de Cultura, serie 5
nº 5. Dirección de Cultura, Ministerio de Educación, La Habana
1942. 2 Antonio Zambrana, habanero, en su obra La cuestión
cubana, censura la dictadura militar de Céspedes y ensalza por
contra la figura de Agramonte. Enrique Collazo, santiagueño, en
su obra Desde Yara hasta el Zanjon, subestima los aspectos
políticos y se muestra partidario de la dictadura miliart de
Céspedes. 3 Moreno Fraguinals. El anexionismo. En Cien años
de Historia de Cuba. Editorial Vebum. Madrid 2000 4
Saint-Just. Rapport sur la police générale. En Saint Just
Oeuvres Choisies. Paris 1968. 5 José Martí . ³La Patria². 10
de abril 1892. Nueva York 6 Frank de Verona. ³Ignacio
Agramonte y Loynaz² en www.camagueyanos.com. Benito Alonso y
Artigas. ³Agramonte y la libertad en Cuba². En El Nuevo Herald.
8/6/2001. Manuel Vázquez Portal. ³Otra vez Jimaguayú² en
www.cubanet.com.
Ignacio
Agramonte y Loynaz (1841-1873) ³El bayardo de Cuba² -
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