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El homosexualismo en la literatura cubana Algunas aproximaciones a un tema tabú
La Jiribilla. La Habana. 2002
A pesar de la destrucción de Sodoma por el fuego, el homosexualismo,
condenado y preterido a través de los siglos por la humanidad, no deja
de ser un tema como cualquier otro dentro de la vida literaria y
artística del ser humano. Marilyn Bobes|
La Habana
Desde que la mujer de Lot fuera transformada en estatua de sal por
desafiar la prohibición divina de volver la vista hacia Sodoma, el
homosexualismo ha sido condenado, tanto en la vida como en el arte, a la
más severa de las desaprobaciones. Sin embargo, esa variante de la sexualidad que no debe divulgar su
nombre y que, a pesar de su evidencia en la naturaleza todavía se suele
designar contra natura, es una circunstancia más de nuestra realidad a
la que numerosos escritores de todos los tiempos y culturas han dedicado
parcial o totalmente su obra. En nuestro siglo, nombres como los de Marcel Proust, Walt Whitman, Jean
Genet o Constantino Kavafis están indisolublemente ligados a un tema que,
desde La Ilíada de Homero y atravesando los ardientes y desenfadados
poemas de Safo, aparece representado, de manera frecuente y hasta
sistemática, en el patrimonio de la literatura occidental, aún cuando el
enorme peso de la Contrarreforma haya conseguido apartarlo de las letras
hispánicas durante bastante tiempo, relegándolo al resbaladizo terreno
de las alusiones o de la elaboración subliminal. Ya en los albores del Renacimiento, Dante Alighiere daba cabida a los
homosexuales dentro de un gran poema. Cierto que colocándolos en algún
círculo del tenebroso Infierno; pero su sola inclusión en La Comedia nos
ofrece un testimonio de la frecuencia de esta práctica en la vida
cotidiana del Medioevo, época en la que un exaltado Savonarola, en uno
de sus más famosos sermones, alentaba a los sacerdotes florentinos a
acabar con el "nefando vicio", expulsando tanto a sus concubinas como a
sus "muchachos imberbes". Según algunos estudiosos, corresponde al dramaturgo inglés Christopher
Marlowe la elaboración de la primera obra erótica entre hombre y hombre.
Se trata de El desventurado reinado y la muerte lamentable de Eduardo II
de Inglaterra, en la que se atribuye a dicho soberano el
desencadenamiento de una guerra por el trivial motivo de su amor hacia
el favorito Gaveston, lo mismo que en La Ilíada Agamenón había hecho
contra Troya con motivo del rapto de Helena por Paris. A finales del siglo XIX, otros escritores como Oscar Wilde o André Gide
retomaron de forma enmascarada o abierta el espinoso asunto, pero no es
hasta la aparición, en la primera mitad del XX, del dramaturgo, poeta y
reo francés Jean Genet que el homosexual se presenta a la literatura
europea con toda la valentía, la crudeza y el vigor desafiante que
concedieron a este escritor la admiración y la solidaridad de
personalidades como Jean Paul Sartre, Pablo Picasso y Jean Costeau, a
quienes se debe no solo la excarcelación sino también la relativa
aceptación de Genet por parte del público de su tiempo. De manera casi paralela y con una historia asombrosamente similar a la
de Genet, aparece en Cuba, en 1937, la novela Hombres sin mujer de
Carlos Montenegro. Montenegro, condenado a cadena perpetua por asesinato, se dio a conocer
en la literatura cubana con un cuento titulado El renuevo, que obtuvo
premio de la revista Carteles en 1929. La obtención del premio motivó que un grupo de intelectuales cubanos -como
después hicieran los franceses- organizara una comisión para solicitar
su indulto. La petición fue escuchada y el escritor, puesto en libertad. Algunos años después, el exconvicto publicará su más importante obra:
Hombres sin mujer, para convertirse en uno de los pioneros del tema
homosexual en las letras cubanas. La novela, sorprendentemente por su
crudeza y realismo, es -según su propio autor advirtiera en el prólogo-
un testimonio de lo vivido durante sus años de prisión. En Hombres sin mujer el tema de la homosexualidad está, sin embargo,
supeditado al de la violencia. La dura realidad de la cárcel es el
contexto en que la discriminación y el sojuzgamiento del "débil"
adquieren tintes inhumanos. El homosexual carcelario ocupará el lugar
reservado a la mujer en el mundo "de afuera" por la mentalidad machista
y se convertirá no solamente en un objeto de deseo, sino en el sujeto
sobre el que se ejercen las más inverosímiles humillaciones. Hay, por tanto, en el relato de Montenegro, una cierta visión
compadecida para ese elemento de la sociedad que es el homosexual, a
quién se concede en el texto una posibilidad de reivindicación humana
cuando, de acusado, pasa a ser acusador, sólo en virtud de su destino
trágico. Sin embargo, una década antes de que Montenegro abordara el personaje de
la Morita en Hombres sin mujer, había aparecido en Madrid, en una
edición de reducida tirada, una obra hoy casi desconocida de otro
importante novelista cubano, Alfonso Hernández Catá que, con el título
de El ángel de Sodoma, constituye, sin duda alguna, el primer texto de
temática francamente homosexual de la literatura cubana.1 La novela de Hernández Catá intenta apresar la agonía íntima de un
hombre cuya integración social dentro de los paradigmas de "respetabilidad"
se ve amenazada por una irrefrenable inclinación homoerótica. José María, cuyas secretas inclinaciones no son conocidas por los
familiares y las persones que lo rodean, es dibujado como el estereotipo
del afeminado, y sus principales esfuerzos se encaminarán a "reformar"
tanto desde el punto de vista físico como psicológico, lo que hay en él
de mujer. "Si la naturaleza o Dios o Satán -se dice a sí mismo- iban a
hacerme mujer y, cuando ya estaban puestos los cimientos se
arrepintieron y echaron de mala gana arcilla de hombre, ¿qué he de hacer
yo?" De esta manera, Hernández Catá reivindica en su texto, como es casi
habitual en la tradición española sobre el tema, al homosexual como
supuesto accidente de la naturaleza, y establece una distancia y una
diferencia moral entre éste y aquél "vicioso, un vil caído por la
lujuria en la renegación del sexo". La misma posición asumiría algunos años después el poeta Federico García
Lorca, con la publicación de su extraordinaria Oda a Walt Whitman, en la
que describía a "los maricas turbios de lágrimas, carne para fusta, bota
o mordisco de los domadores". El poema de Lorca se cuidaba también de distinguir entre dos tipos de
homosexuales, y acepta sólo a aquellos que viven su erotismo con culpa,
sufrimiento y silencio, pero constituye, junto a la obra de Hernández
Catá y la de Montenegro, otro gran documento precursor de la defensa del
homosexual en la literatura de lengua española. La poesía cubana, no cuenta por su parte, en esa época, con un autor
capaz de potenciar el tema hasta sus últimas consecuencias. No obstante,
en la obra de Emilio Ballagas es posible distinguir un tímido y apenas
disimulado acercamiento que se refleja en textos como Elegía sin nombre
(con sus reveladoras citas de Whitman y Cernuda) o el arrepentimiento y
culpabilidad inexplicables -si no apelamos a una lectura homosexual- de
su poema Declara qué cosa sea amor. Otros textos de Ballagas como De otro modo, donde se solicita una
inversión de los términos de la vida -"si las cosas de frente se
volvieran de espaldas"-, sugieren así mismo un hondo dolor proveniente
de la imposibilidad de culminación de cierto tipo de amor que choca con
un orden social o humano "fijo desde los siglos". Estas interpretaciones,
por otra parte, escapan a la simple especulación crítica tras el
reciente hallazgo y publicación por el poeta y periodista Bladimir
Zamora de algunos inéditos de Ballagas donde el tema del homosexualismo
es tratado de una manera explícita. En la novela, habrá que esperar unos treinta años después de Hernández
Catá y de Montenegro para que la homosexualidad vuelva a preocupar a
otro escritor cubano. Y esta vez el tema será abordado con tal
magisterio, profundidad y significación, que resulta difícil para la
crítica deslindar hasta dónde el asunto se convierte en una metáfora más
entre las muchísimas que se ofrecen a la lectura de Paradiso, esa obra
maestra de José Lezama Lima. Efectivamente, el famoso capítulo VIII de la novela de Lezama, a pesar
de su crudeza descriptiva, constituye, más que un regodeo estético en la
erótica de una relación homosexual, una metáfora de conocimiento. Pero
es indiscutible que, a lo largo de Paradiso, la homosexualidad, como
tema de reflexión, ocupe un lugar nada desestimable, extendiéndose
incluso a lo que iba a ser la segunda parte de esta obra monumental: los
apuntes inconclusos que se reunieron bajo el título de Opiano Licario. No es en el capítulo VIII de Paradiso, sino en el IX, donde el tema de
la homosexualidad es ampliamente diseccionado por la capacidad
omnisciente de Lezama. A raíz del descubrimiento del episodio sodomítico
de Baena Albornoz, se produce una extensa conversación entre Fronesis,
Foción y Cemí en la que se analiza dicha variante de la sexualidad tanto
desde el punto de vista teológico como psicológico y cultural. Para Lezama, es evidente que -al igual que para Fronesis-, que "el sexo
es como la poesía, materia concluyente, no problemática". Por eso, la
cuestión es abordada con un gran desapasionamiento filosófico. "La
grandeza del hombre -expresa uno de los personajes- consiste en que
puede asimilar lo que le es desconocido". "Asimilar, en la profundidad
-dice Lezama-, es dar respuesta". En dicho capítulo se analiza también la presencia del tema desde el
punto de vista cultural, tanto en el mito como en la música o en la
literatura, pasando por los casos del Conde de Villamediana, el
enmascaramiento de un Casanova o el llamado sincretismo de un Gide. No creería equivocarme si afirmo que es Paradiso, junto a la inconclusa
Opiano Licario, la novela cubana que más profunda y desprejuiciadamente
ha asumido la problemática del homosexualismo, liberándolo tanto de sus
aspectos morbosos como de la sociología que pretende convertirlo en una
definición política antes que individual. Tal es el lamentable caso de un escritor como Reinaldo Arenas, quién
convierte su testimonio Antes que anochezca en un alegato político donde
la relación erótica se banaliza y se reduce a una suerte de persecución
del placer cruelmente castigada por las instituciones y que parece, en
sus historias, socialmente aceptada y permitida por los miembros de la
comunidad. Este último aspecto se pone de relieve en su relato Viaje a La Habana,
donde la tragedia del protagonista se reduce a la sanción de que es
objeto por un tribunal tras haber sostenido relaciones sexuales con un
menor. Los demás personajes del cuento, incluida la esposa, parecen
entender y admitir el hecho del modo más natural. El narrador llega
hasta el extremo de referir una relación homoerótica entre padre e hijo,
provocada por este último sin el menor escrúpulo y sin que el hecho
adquiera para ambos la menor importancia afectiva o emocional. Paradójicamente en libros anteriores de Arenas, donde la inclinación
sexual de los protagonistas no está tácitamente declarada, este autor
consigue un alto nivel de sensibilidad y se dan en ellos algunas
importantes claves de la sociología homosexual infantil, aunque el
concepto no aparezca concientemente formulado. Recordemos al respecto
sus conmovedores libros Celestino antes del alba y El palacio de las
blanquísimas mofetas, donde la niñez y adolescencia del "distinto" se
nos revelan en toda su tragedia vital. En una cuerda muy cercana a la de Arenas, pero de signo contrario, se
encuentra un reciente relato de Senel Paz que lleva por título El bosque,
el lobo y el hombre nuevo. En ese texto se enfoca también, aunque de un
modo bien diferente, el tema de la intolerancia de las instituciones a
la incorporación del homosexual a la sociedad. Lo que sucede es que, a
diferencia de Arenas, Paz encuentra el origen de dicha intolerancia "oficial"
en el reflejo de una conciencia colectiva. Su personaje, el militante de la Juventud Comunista, David, rechaza por
convicción el homosexualismo. Tiene prejuicios frente a él. Por otra
parte, la conducta, en cierto sentido provocadora, de Diego, el
homosexual, tiene también sus raíces en una reacción ante la
discriminación de que es objeto. Si Diego no logra la aceptación social se debe, sobre todo, a los
prejuicios que prevalecen en la conciencia individual de sus
contemporáneos. Estas conciencias determinan, por supuesto, el otro y
más peligroso rechazo, el "institucional", puesto que las instituciones
están integradas por individuos que con sus criterios subjetivos
influyen y participan en las determinaciones generales. Las pretensiones ideológicas del cuento de Senel Paz no son, como en el
caso de las memorias y algunos relatos de Arenas, las de "politizar" un
conflicto que nos ha sido legado por una tradición cultural de rechazo
al homosexualismo, sino la de sensibilizar a todas las esferas de la
sociedad, incluida la política, contra el absurdo de la discriminación a
una preferencia sexual. La aparición, en los últimos años, del tema homosexual dentro de la
literatura cubana, indica que la cortina de silencio extendida
tradicionalmente sobre el asunto empieza a ser descorrida. Entre las muestras más logradas de nuestra literatura joven pudieran
citarse los cuentos Mi prima Amanda, de Miguel Mejides; El cazador, de
Leonardo Padura, y Por qué llora Leslie Caron, de Roberto Urías. Dichas
narraciones (la primera explora el mundo del homosexualismo femenino,
más tabú, si es posible, que el masculino) constituyen serias
reflexiones sobre un tema difícil, escabroso y hasta cierto punto
conflictivo en nuestras letras y en nuestras sociedades. En cuanto a la poesía, un género que dadas sus características
contemporáneas se presta menos a una lectura de este tipo que la prosa,
debemos mencionar el dramático y brillante texto de Norge Espinoza,
Vestido de novia, cuya valentía expositiva y valores formales lo sitúan
entre lo mejor escrito en nuestro país al respecto. En junio de 1990, la revista cubana Unión publicó algunas páginas
autobiógraficas de otro gran maestro de la literatura cubana: Virgilio
Piñera. En ellas el escritor relata el descubrimiento de su condición
homosexual con un discurso lleno de poesía, naturalidad e inteligencia.
Quizás la aparición de una autobiografía íntegra de Piñera proporcione
un nuevo enriquecimiento a una temática que el autor de los Cuentos
fríos nunca trató abiertamente en su obra. Antes de finalizar, no podemos dejar de referirnos a la obra poco
conocida dentro de nuestro país, pero esplendorosa y capital, de Severo
Sarduy. En ella, el trasvestismo, más que el homosexualismo, constituye
el motivo central. Sus personajes, algunos de ellos homosexuales que se
asumen como mujeres, están llenos de una cubanía marginal en la que
asoman giros, expresiones y sintaxis de la jerga homoerótica cubana. A todos los mencionados debe añadirse además un texto aparecido en la
revista española Quimera, en diciembre de 1982, que con la firma de
Calvert Casey fue traducido, del inglés al español, por Rafael Martínez
Nadal. El texto, titulado Piazza Margana2, parece ser el único capítulo salvado
por Casey de una novela destruida, y constituye un bellísimo testamento
lírico y erótico de declarada filiación homosexual. Fue redactado
originalmente en inglés -lengua materna del autor quien, como se
recordará, nació en los Estados Unidos- y algunos críticos han querido
ver en este hecho un síntoma de pudor ante una declaración "demasiado
comprometedora" para ser divulgada en la lengua que el escritor eligió. A pesar de la destrucción de Sodoma por el fuego, el homosexualismo,
condenado y preterido a través de los siglos por la humanidad, no deja
de ser un tema como cualquier otro dentro de la vida literaria y
artística del ser humano. Teorías científicas recientes lo clasifican
como una variante de la sexualidad humana y las viejas fórmulas que lo
relegaban al terreno de las aberraciones van cediendo paso a otras de
mayor tolerancia. En nuestro país, como en muchos otros, especialmente latinoamericanos,
donde la resistencia a asumirlo ha traído dolorosas consecuencias
discriminatorias que han provocado el sufrimiento de esa minoría de
seres humanos, la literatura sobre el tema bien puede ser un buen
ejercicio para aprender a convivir con ese modo de entender la
sexualidad que no por anormal (fuera de la norma) resulta ajeno a la
naturaleza humana.
Notas: 1 El descubrimiento de la novela El ángel de Sodoma de Hernández Catá
como pionera del tema homosexual en la literatura cubana, se debe al
poeta e investigador Víctor Fowler, quien tiene en preparación un largo
ensayo sobre el tema. 2 El texto de Calvert Casey fue facilitado a la autora de este trabajo
también por Víctor Fowler.
*Texto publicado en Revolución y Cultura, 5/1993
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Sujetos
queers en la literatura cubana: hacia una (posible) genealogía
homoerótica
ALGUNOS
TRABAJOS IMPORTANTES DE ESTE GENERO
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APOTEOSIS AHORA
La temática, la estética y los personajes gay, conviven en el arte y la
cultura de la Isla como alternativa posible, paralela, lógica y
reconocible.
Joel del Río | Miami
Debido a complejos fenómenos relacionados tal vez con la insularidad, y
como consecuencia sin dudas de prejuicios y malentendidos imperantes en
las décadas del sesenta al ochenta, el tema homosexual vino a
entronizarse en el centro del discurso artístico y literario en los años
noventa y a principios del tercer milenio. Tal retraso --respecto a
similares procesos que venían ejecutándose en el mundo llamado
occidental-- ha implicado el consabido síndrome del desborde
necesariamente afirmativo, por un lado, mientras algunos escépticos se
mantienen ciegos ante las evidencias del progreso, y siguen afirmando
que la cultura cubana -no sólo en la acepción relativa a la creación
artística y literaria-continúa por los cauces de la negación, el estigma
y la intolerancia. Afirman estos últimos que estamos en presencia de una
suerte de epifanía transitoria del tema gay, explicable solo desde el
silencio anterior (relativo) y desde la ausencia de rostro (también
relativa) del personaje homosexual en tiempos precedentes. "No nos equivoquemos otra vez", sugiere, casi ruega, Pablo Milanés en su
canción Pecado original, a quienes quisieran escucharlo. Poco tiempo
antes, Carlos Díaz irrumpía en la escena cubana versionando primero una
trilogía de teatro norteamericano (Un tranvía llamado deseo, Té y
simpatía, Zoológico de cristal), para después desplayar la temática
homosexual, hasta entonces más o menos latente, con las sucesivas
versiones de El Público, la casi irrepresentada obra de Federico García
Lorca. Pero incluso antes, en 1991, ya Senel Paz había "internacionalizado"
el tema del homosexual en Cuba mediante su laureado, publicado y
archiconocido cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, después
versionado para el cine por Tomás Gutiérrez Alea y el propio Senel en la
que devendría la más popular, internacionalmente, de todas las películas
cubanas, Fresa y chocolate. En una primera etapa, si así puede hablarse
de sucesos graduales y complejos difíciles de enmarcar, el acercamiento
venía signado por la voluntad de los creadores por cuestionar los
prejuicios anuladores, la intolerancia dominante, los errores cometidos,
en consonancia tal vez con el proceso que atravesaba Cuba en la segunda
mitad de los años ochenta. Durante esta tardía aparición de la temática
no parecía todavía posible --como se verificó poco tiempo después, ya en
la segunda mitad de los años noventa-- la potenciación y validación,
mediante el arte, de una sexualidad otra, diversa y al mismo tiempo
igual, de un culto al erotismo y al cuerpo que tendría entre nosotros la
importante componente de revalorizar ancestrales conceptos éticos, entre
otros, el nexo todavía presente que se establece entre homosexualidad y
patología, perversidad, sordidez. Aunque algunos se empeñen en negarlo, Fresa y chocolate, cuya acción se
sitúa en un momento impreciso de finales de los años ochenta y
principios de los noventa, abrió una zanja en el valladar, vulneró
barreras, cambió la faz del mejor cine cubano, y del arte nuestro por
extensión, amén de que podría discutirse durante horas y semanas si su
aporte trascendió o no hasta el punto de tocar el imaginario colectivo,
de alterar jerarquías éticas y develar imperativos humanísticos más allá
de la afirmación o la negación a ultranza. Aunque sus realizadores
insistían en aclarar que no se trataba de una película sobre la
homosexualidad sino sobre la necesidad del entendimiento y la
reconciliación, Fresa y chocolate marcó un antes y un después no solo en
el arte cubano al evidenciar artísticamente la necesidad de atender a
los valores del otro, del diferente, del homosexual, del que manifiesta
valores y opiniones distintas a los santificados por la mayoría. Si bien
es cierto que la contraposición/reconciliación entre los extremos de la
ortodoxia izquierdista y del mundo homosexual ya se había expresado en
El beso de la mujer araña (obra de Manuel Puig y versión fílmica de
Héctor Babenco), tampoco debe negarse que Senel y Titón le confirieron
un sentido mucho más alto a la dicotomía al profundizar en los valores
del personaje homosexual, aquí presentado como principio activo de la
relación amistosa, y en la gradual metamorfosis del extremista, visto
casi todo el tiempo como apocado, irresoluto e ignorante. Tampoco hay que exagerar la importancia iniciática de una sola película,
imposible sin la existencia de una cierta tradición. En Cuba pueden
adivinarse por detrás de ciertas creaciones y autores, a coetáneos y
continuadores de Wilde y de Rimbaud, de Safo y de Frida Kahlo, de
Almodóvar y Fassbinder. Una popular canción de Rita Montaner, aparte del
muy conocido Compay Gallo, aludían abiertamente a incidentes
homosexuales, pero todavía teñidos por la pátina del prejuicio
discriminador, como era de esperar en tan temprana época. Pero por solo
mencionar algunos ejemplos cimeros, ceñidos al ámbito literario, muy
poco se hablaba en el mundo de había avanzado el siglo XX cuando
Virgilio Piñera escribía en la revista Ciclón una revisión de la poesía
de Emilio Ballagas desde la perspectiva freudiana/homosexual. Desde
entonces, fue difícil releer poemas de enorme significación, como
Inicial del sueño, Delicia del tacto, De otro modo o Elegía sin nombre
sin comprender desde otro prisma la angustia y la sensualidad de ese
poeta definitivo que fuera, sigue siendo, Ballagas. Mucho han sido
simplificadas y, digámoslo de una vez, burdamente interpretadas Muerte
de Narciso y ciertos pasajes de Paradiso, a partir del latente o
explícito homoerotismo, innegable para unos, totalmente irrelevante para
otros, dado el incontenible raudal de metáforas y conceptos que
paralelamente manejaba Lezama. De todos modos no es hasta los años noventa que el arte cubano,
principalmente la plástica (Raúl Martínez, Eduardo Hernández, Aisar
Jalil, Umberto Peña), la fotografía y el teatro, emprenden el desmontaje
del machismo y la dislocación de sus estereotipos mediante el sustento
de la androginización, del culto al cuerpo, a la sexualidad hedonística
y al desnudo nada escandaloso ya, que transparenta, con frecuencia,
fuertes componentes homoeróticas, incorporadas al discurso de los
creadores, pero sin vinculación alguna con el pecado ni con las simas
morales. Mucho ha tenido que ver, por supuesto, la entronización en
nuestro medio del postmodernismo con su tendencia legitimadora de las
otredades y las minorías. Las mujeres-pájaro o las yemayá de Zaida del
Río; el contundente retrato de los "ambientes" gays habaneros presente
en la novela Máscaras, de Leonardo Padura; canciones tan populares como
la mencionada de Pablo, Amar varones, de Pedro Luis Ferrer o Lola, de
Moneda Dura, colocan la simpatía más o menos expresa de sus autores, el
clímax emocional y la tensión afectiva en torno a la figura del hombre o
mujer homosexual que se entrega a la plenitud de su opción, muy lejos de
posibles concomitancias con la pornografía o con el exhibicionismo fácil. Respecto al cine cubano, se afirma con frecuencia que Fresa y chocolate
le confirió una presencia sustantiva al homosexual en nuestro cine. Y es
cierto, pero tal afirmación tiembla ligeramente cuando se analiza a
fondo la contribución al tema de películas precedentes como Cecilia, La
bella del Alhambra y Adorables mentiras, entre otras. La libérrima versión de Villaverde, según Humberto Solás, en 1981,
contenía en el diseño del personaje de Leonardo, fuertes tintes de matiz
homosexual: la ambigua relación con el amigo, el equívoco de la madre
dominante e incestuosa, la irresuelta relación sexual con la mujer...
Enrique Pineda Barnet, se inspiró en la novela de Miguel Barnet para
homenajear al teatro vernáculo cubano, y en ese contexto, ubicó al
personaje de Adolfito, el eterno "secretario" de la vedette, que la
enseña a ser más femenina y sensual, y contribuye a forjar, a imagen y
semejanza de cómo se ve a sí mismo, la imagen de una Rachel
suprafemenina y espectacular. Entre las Adorables mentiras que aborda el
filme homónimo, todo el tiempo se evidencian sospechas de relaciones
homosexuales utilitarias entre algunos personajes masculinos. Como
también ocurre con las insinuaciones gay, bajadas de tono, que
reaparecen en Un paraíso bajo las estrellas, del mismo Gerardo Chijona.
Si bien pueden localizarse algunos tímidos precedentes de Fresa y
chocolate, el filme de Titón y Tabío carece por completo de
continuadoras en el largometraje de ficción al menos, pues el documental
y el cortometraje manifiestan otra dinámica. Las lesbianas y
homosexuales que aparecen fugaces en Kleines Tropicana, Amor vertical,
Lista de espera o Las noches de Constantinopla no parecen tener otra
función que ponerse en sintonía con la liberalidad sexual de los tiempos
que corren, siguen siendo personajes vodevilescos y caricaturizados,
cuando no secundarios e intrascendentes. De todas formas, las aguas van tomando su nivel, y la temática, la
estética y los personajes gay, conviven en el arte y la cultura de la
Isla como alternativa posible, paralela, lógica y reconocible, si bien
pertenecen ya al pretérito los catárticos desbordamientos de la
autoconfirmación vivida en fecha reciente.
© La Jiribilla. La Habana. 2002
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