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CARTAS DE JOSE MARTI
A Maxino Gomez
A Antonio Maceo
A Amelia
A Julio Sanguily
A Tomas Estrada Palma
A Francisco Maria Gonzalez
A Enrique Collazo
A Enrique Collazo
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Marti by Carlos Enrique

New York, 20 de
octubre de 1884
Señor General Máximo Gómez New York Distinguido General y amigo:
Salí en la mañana del sábado
de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla
reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras
anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o
excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas,—sino
obra de meditación madura:—¡qué pena me da tener que decir estas cosas
a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades
notables para llegar a ser verdaderamente grande!—Pero hay algo que está
por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta
de toda razón de oportunidad aparente; y es mi determinación de no
contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la
vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería
más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y
más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas
virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el
triunfo.
Un pueblo no se funda, General,
como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparativos de una
revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el
deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y
elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu
de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o
mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que
levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes
justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías
puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar
un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?
¿Los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón,
los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y
afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se
disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él?
¿La fama que ganaron Vds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y
prudencia, van a perderla en otra?—Si la guerra es posible, y los nobles
y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe,
trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: y
a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo
acto público y privado, el más profundo respeto—porque tal como es
admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el
que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de
gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida.—El dar la vida sólo
constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.
Ya lo veo a Vd. afligido,
porque entiendo que Vd. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree
de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro,
es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor
sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a
despecho de toda consideración de orden secundario, la verdad adusta, que
no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro,
y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan
adelantado que no tengan remedio. Domine Vd., General, esta pena, como
dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un importuno
arranque de Vd. y una curiosa conversación que provocó a propósito de él
el General Maceo, en la que quiso,—¡locura mayor!—darme a entender que
debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva del Vd.,
en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y
la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus
manos. ¿No: no, por Dios!:— ¿pretender sofocar el pensamiento, aun
antes de verse, como se verán Vds. mañana, al frente de un pueblo
entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria
no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de
quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.
A una guerra, emprendida en
obediencia a los mandatos de pías, en consulta con los representantes de
sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que
pueda lograrse; a una guerra así, que venía yo creyendo—porque así se
la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Vd. hermosa
respuesta,—que era la que Vd. ahora se ofrecía a dirigir;—a una guerra
así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo;—pero a lo
que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal,
emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos
particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas
que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada,
sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel
indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para
atraerse las personas o los elementos que puedan ser de utilidad en un
sentido u otro; a una carrera de armas por más que fuese brillante y
grandiosa; y haya de ser coronada por el éxito, y sea personalmente
honrado el que la capitanee;—a una campaña que no dé desde su primer
acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que
se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica;—a
una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente
movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido
de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de
baja raíz y temibles fines, cualesquiera que sean su magnitud y
condiciones de éxito—y no se me oculta que tendría hoy muchas—no
prestaré yo jamás mi apoyo—valga mi apoyo lo que valga,— y yo sé que
él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado,
vale por eso oro puro,—yo no se lo prestaré jamás.
¿Cómo, General, emprender
misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a
hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el
alma?— Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado
a echar sobre mis hombros.
Y no me tenga a mal, General,
que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Vd.
que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Vd.—y puede no
llegar a serlo.
Respetar a un pueblo que nos
ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y
entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia. En verdad,
General, que desde Honduras me habían dicho que alrededor de Vd. se movían
acaso intrigas, que envenenaban, sin que Vd. lo sintiese, su corazón
sencillo, que se aprovechaban de sus bondades, sus impresiones y sus hábitos
para apartar a Vd. de cuantos hallase en su camino que le acompañasen en
sus labores con cariño, y le ayudaran a librarse de los obstáculos que se
fueran ofreciendo—a un engrandecimiento a que tiene Vd. derechos
naturales. Pero yo confieso que no tengo ni voluntad ni paciencia para
andar husmeando intrigas ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo
eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste seré siempre bastante
poderoso.
¿Se ha acercado a Vd. alguien,
General, con un afecto más caluroso que aquel con que lo apreté en mis
brazos desde el primer día en que le vi? ¿Ha sentido Vd. en muchos esta
fatal abundancia de corazón que me dañaría tanto en mi vida, si
necesitase yo de andar ocultando mis propósitos para favorecer
ambicioncillas femeniles de hoy o esperanzas de mañana?
Pues después de todo lo que he
escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo,—a Vd., lleno de méritos,
creo que lo quiero:— a la guerra que en estos instantes me parece que,
por error de forma acaso, está Vd. representando,—no:—
Queda estimándole y sirviéndole
JOSÉ MARTÍ
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Marti by Abela

A ANTONIO MACEO Montecristi, 26 de Febrero de 1895.
Sr.. General Antonio Maceo. Al General escribo hoy, aun más que al amigo: la guerra, a que estamos
obligados, ha estallado en Cuba. Y a la vez que la noticia de ella, que
por obedecer a nuestros anuncios y arreglos nos revela su importancia, y
nos llena de solemne deber, recibo de New York la confirmación de su
declaración de Vd.-que a quien le conociese menos que yo parecería un
obstáculo, injusto e imprevisto, pero que para mí no lo es. El
patriotismo de Vd. que vence a las balas, no se dejará vencer por
nuestra pobreza, por nuestra pobreza, bastante para nuestra obligación.
El vapor del Norte sale momentos después de recibidos estos cables, y mi
resolución tiene que ser inmediata. Conociendo hombre por hombre la
fuente de nuestros recursos, y seguros de que no tendríamos más de lo
imprescindible, ni menos,una vez desviados nuestros vapores, escribí a
Vd. a mi acelerada salida de New York, diciéndole que, ajustado con la
Isla y a petición de ella el alzamiento y teniendo presente lo que en
Costa Rica ví, traté con Flor y dije a Vd., sobre los modos de ir,puse a
su disposición, la suma de $2,000 en oro, única que podría ofrecerle,
para un plan de salida igual al que lleva al General Gómez y a mí. "Decidido"
rogué a Vd. que me pusiera por cable, lo que quería decir que Vd. estaba
dispuesto a ir con ese plan; pero el cable me decía a la vez que
necesitaba seis mil pesos, suma hoy imposible de allegar. Y hoy,
estallada ya la revolución en Cuba, recibo otra vez la noticia de que Vd.
considera indispensable, para su salida, la suma de cinco mil pesos oro:
suma que no se tiene, siendo así que se tiene en la mano la de dos mil,
y está enfrente, ardiendo ya, la revolución en Cuba.
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Marti
by Carlos Enrique

New York Feb. 28. de 1883. Mi muy querida Amelia. Tú no me lo querrás creer, por estos odios míos, siempre crecientes, a
poner en el papel las cosas íntimas del alma; pero el día en que supe
tus bodas, como te creí dichosa, me senti de fiesta. Hice visitas, canté
un poco, y hablé algo más de ordinario.- Porque me estoy volviendo
silencioso.- Tu marido me parece noble persona, y me inspira confianza.-
Y tú tienes tantas y tan sólidas virtudes, y has salido de tal escuela
de abnegación, y recibiste de las naturaleza tales prendas de calor de
corazón y de bondad que, de seguro,- cualesqueiran que sean tus dolores
naturales.- serás dichosa. hacerte sufrir, sería como estrujar con manos
brutales un lirio. Serás dichosa?, porque para serlo es sólo necesario -aun
en medio de las tormentas más recias de la fortuna- sentirse amado,
encalorado, acompañado, bien cuidado, bien envuelto por alguien.- Pero
este b ien no se tiene sino ocasionando otro semejante.- Nadie se dará
jamás- sin a quien se déa él.- E irresistiblemente cuando una criatura
se siente con la dulce dueñez de otra, se vuelve a ella, como cordero a
su madre, cuando llueve o nieva,- y se refugia en ella.- Túeres abierta,
sincera, caliente de corazón caritativa, pura, generosa.- Quien no lo es.-
es odioso, cualesquiera que sean sus galas de inteligencia o de
hermosura.- Y si falta de todas esas buenas cualidades es lamentable en
el hombre,- en la mujer que creemos urna y hogar natural de ellas, es
abobinable.- Pero así como el alma se aparta con disgusto de los de
corazón frío, y mente calculadora y reservada, así se entrega con júbilo
y sin rebozo a los de espíritu sencillo y ardiente, mano acariciadora y
pensamiento abierto. Es ley natural infalible que los que estos dan,-
esto tengan;- y que los que estos nos dan, no tengan esto.- Se que tu
marido te estima, y que tu eres como la luz del sol, que mientras más se
la goza, se la gusta más.- Pero esas dotes de alma en que tú abundas
pueden tanto, que aunque te tuviera algún día en menos de lo que tú
vales, volvería a ti de nuevo, afligido de lo que hubiese visto, y más
enamorado después de la experiencia del contraste, de tu alma luminosa y
serena.- No puedo hacerte, en mis grandes pobrezas, regalo mejor que
esta profecía en tu mes de bodas. de mamáhe de hablarte ahora.- Meses
hace tengo ya pensado, y dicho, lo que intento hacer. Papá vendrá ami
lado, como imagino que él lo desea, apenas cedan los fríos, que será
para marzo, o para fines de abril. Anoche puse fin a la traducción de un libro de lógica que me ha parecido-
a pesar de tenero yo por maravillosamente inútiles tantas reglas
pueriles- preciosísimo libro, puesto que con el producto de su
traducción puedo traer a mi padre a mi lado. Papá es, sencillamente, un
hombre admirable. Fué honrado cuando ya nadie lo es. Y ha llevado la
honradez en la médula, como lleva el perfume una flor, y la dureza una
roca. Ha sido más que honrado: ha sido casto.- Sangre invisible, me ha
caído dentro del alma a torrentes. En mí hay una especie de asesinado.
Pero nada me ha hecho verter tanta sangre como las imágenes dolientes de
mis padres y mi casa.- Ahora ya engrueso, ustedes reposan. Nadie más que
yo trabaja. Papá puede ya venir a descansar. Ma aflije sólo que mamá
tenga que vivir en casa extraña. Desde el mes de abril recibirá, mes por
mes, 20 o 25 $ oro. Este, no le puedo mandar más que diez, que acaso
vayan, si no hallo otro modo más seguro, dentro de esta misma carta, en
un billete americano, que tu buen José me haráel favor de cambiar para
mamá.- Dos razones hay que me impiden pensar,- como de otro modo hubiera
sin vacilación resuelto.- que mamá y Antonia viniesen también a mi lado.
Lo más importante es- que traer acá a Antonia, que es ahora rosal en
flor, sería como encarcelarla en un castillo de nieve. Y mamá, a poco,
suspiraría con razón por volver a la tierra donde están sus hijas y sus
amigas, y cuando halaga mantiene vivo el corazón, que aquí- sólo de
fuerza heroica si es mozo, o de haber resuelto ya, por matrimonio, o por
bastante, los problemas de la existencia, -queda vivo. Ya no tengo un momento. Si he de escribir una línea Carmen, no puedo
contestar hoy a José. Esta carta es ya para él y el sábado le escribiré
la suya. Tú me pides muchas cartas, tú -feliz- escríbeme sin cesar, y oblígame a
ellas.- Y no me mires como a hermano alejado, sino como a parte de tu
mismo cuerpo.- J. Martí
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Marti
by Mendive

Cartas históricas-Julio Sanguily [Diciembre, 1894] Mi amigo Gener: De veras que no quisiera responderle su carta injusta a Aguas Verdes y a
mí, ya porque yo sé que Ud. escribe esas cosas, en el calor del momento,
cuando, contra toda verdad, se cree desatendido sin razón, -ya porque lo
sustancial de ella, sobre remesa de fondos, queda contestado
precisamente en mis cartas anteriores. Pudiera haberme apenado su carta
de Ud. pero nada diré a Ud. que lo apene. Déjeme sólo repetirle que el
concepto formado por Ud. de las fuentes de recursos de la sociedad, y de
la dificultad, hasta hoy vencida, de atender a necesidades grandes y
varias con fuentes cegadas o mermadas, -es un concepto muy diverso del
que la realidad debía inspirarle, a poco que piense Ud. en ella, -y de
lo que creía tener merecido de Ud.-del verdadero carácter de Ud. -el
hombre que tiene hasta ahora inquebrantable fe en la sanidad de su
corazón y en la limpieza de su juicio. Sólo me toca responder en breve, por espacio y prudencia, a los cuatro
puntos principales de su carta. 1.-Sus alusiones a las noticias que dimos a Uds. en la carta del 8 sobre
falta de declaración o ausencia de Gómez. La nueva lectura de las
noticias probará a Ud. que ellas son la declaración a que Ud. alude, -y
que, con poder, escrito, y total, trae en persona, y cumplimiento de los
arreglos previos, el enviado de Gómez. No soy yo quien hablo: es Gómez.
Yo, junto con el representante de Uds. autorizo, la parte de mi
responsabilidad, bajo la inspección del enviado de Gómez, y el de Uds.,
y ellos declaran los acuerdos de forma y combinación tomada en virtud de
las instrucciones definitivas de Gómez. Por eso, naturalmente, no debió
seguir Aguas Verdes, su camino: porque el enviado trajo lo que él iba a
buscar, -lo trajo, plena y solemnemente respondido. Es, pues, ese
documento, -en que se garantiza no enviar el aviso hasta el
encaminamiento ya indudable del resto de la labor, -la misma declaración
personal y terminante de Gómez que Ud. indica.
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Marti
by Brito

Sr. Tomás Estrada Palma Mi amigo muy querido: Es Manuel carta viva, y él le contará mucho de mí, porque me ha visto
vivir, y morir más-en estos días. Oigalo, y no le pierda palabra. Yo
creo que al fin, podré poner el pie en Cuba, como un verdadero preso. Y
de ella, se me echará, sin darme ocasión a componer una forma viable de
gobierno ni a ajustar, como hubiera sido mi oficio, las diferencias ya
visibles entre los que no entienden que para defender la libertad se
debe comenzar abdicando de ella, -y los que a la misma libertad entregan,
y vuelven la espalda, si no les viene en beneficio propio. Entre las
realidades funestas, y las rebeldías imprudentes, me hubiera puesto yo,
como me he puesto ahora: que no se me permitirá. ¿Qué rogarle desde
ahora, sino que con el peso de sus declaraciones y de su respeto,
contribuya desde ahí, y pronto, y de modo resonante, y del más eficaz y
solemne que le ocurra, a impedir que en Cuba se prohiba, como se quiere
ya prohibir, toda organización de la guerra que ya lleve en sí una
república, que no sea la sumisión absoluta a la regla militar, a la que
de antemano y por naturaleza se opone el país, y que detendría-o acaso
cerraría totalmente el paso de las armas libertadoras? Esta es la
ocasión y Ud. tiene voz de padre, y hallará modo, si lo cree oportuno,
de hacerla oír discretamente. En mí, no pienso: tendré que poner de lado
enteramente mi persona, para lograr tal vez, con la supresión de ella
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Marti by
Edelman

Cartas históricas-Francisco María
González New York, 23 de marzo de 1892 Sr. Francisco María González, Secretario de la Comisión Recomendadora de las Bases y Estatutos del
Partido Revolucionario Cubano Distinguido compatriota: Sobre Ud. como Secretario, y sobre mí como Presidente, recayó el honor y
la obligación de mediar entre los clubs cubanos organizados y que se
organizaran en la emigración, y la Comisión Recomendadora de las Bases y
Estatutos del Partido Revolucionario Cubano que fueron unánimemente
aprobadas en las dos solemnes sesiones de Cayo Hueso por la junta
representativa de que formaban parte, entre probados patriotas de ese
venerado asilo, los presidentes de los clubs que hasta aquella fecha
existían. Y sobre mí recayó además la misión de proponer las Bases y
Estatutos a los clubs organizados o que se organizaran en el Continente.
Transcurrido ya con largueza el tiempo que la cordura y el respeto
aconsejaban dar al libre estudio de las Bases y Estatutos que habían de
ratificar los clubs cuyos presidentes los habían aprobado ya, -tiempo
que se debió dejar transcurrir para que no pareciese esta obra
trascendental y por tantos años anhelada, un mero alarde de patriotismo
pasajero, o abuso de un noble entusiasmo, vengo a cumplir, y a invitar a
Ud. a que cumpla, el deber de reunir, en descargo de nuestra misión, a
los presidentes de los clubs de esa localidad, a fin de darles
conocimiento de las gestiones de la Comisión ante los demás Clubs, y
convidarlos solemnemente a declarar formado en definitiva el Partido
Revolucionario Cubano, y proceder a los detalles de elección y
proclamación que lo pondrán en obra.
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Marti by
Tamayo

Cartas históricas-Enrique Collazo New York, 12 de enero de 1892 Sr. Enrique Collazo Señor: Amargo es el deber de censurar públicamente a quien desalienta a su
pueblo en la hora en que parece que van a serle muy necesarios los
alientos; más amarga me es, por mirar yo a todo cubano como a hermano
mío, la obligación de contestar la infortunada carta que con fecha 6 de
enero se sirvió Ud. dirigirme, y me causó más pena que enojo, porque en
ella revela Ud. la capacidad de ofender sin razón, y muestra su
desconocimiento lamentable de la obra de generosidad y de prudencia con
que la emigración, aleccionada por los sucesos anteriores y posteriores
a la guerra, se dispone a no recaer en el divorcio y abandono que Ud. y
el autor de A pie y descalzo censuran con justicia, mas no con la viveza
y tesón con que los censuro yo desde hace 12 años, ni con el empeño que
desde entonces pongo en evitar que la guerra nueva fracase y se desvíe
por el culpable desacuerdo entre el país que ha de combatir y la
emigración que ha de ayudarlo. ¿Y qué hace Ud., señor Collazo, desde
hace doce años, para salvar a su patria de los peligros en que la dejó
una guerra personal y descompuesta; para desentrañar y publicar sus
errores, a fin de no caer de nuevo en ellos; para disponer con lo viejo
y lo nuevo una guerra honrada y de bien público, que no nos traiga más
males de los que se lleve; para juntar sin cobardía ni gazmoñería los
elementos indispensables al triunfo duradero de una guerra que no es
lícito desear, ni posible impedir? ¿O pudo descuidarse, cuando se
preveía la ineficacia de los remedios de la paz arrodillada, el deber de
preparar, con respeto al voto del país y al decoro de los cubanos, la
guerra que habría de suceder a aquellas tentativas inútiles? ¿O se
cumple este deber en la silla, singularmente segura, del empleado de
gobierno; la silla que ha de quemar a quien peleó contra él,-o narrando
en un libro sombrío, a las puertas mismas de la guerra inevitable, todo
lo que la pueda hacer temible, con silencio astuto y riguroso sobre los
recursos con que habría de contar, y las causas por que la guerra
anterior vino a caer, y la grandeza que hace adorable y útil el
sacrificio, y da majestad imperecedera a los sacrificados?
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1 de abril de 1895
Hijo:
Esta noche salgo para Cuba: salgo sin tí, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en tí. Si desaparezco en el camino, recibirás
con esta carta la leontina que usó en
vida tu padre. Adiós. Sé justo.
Tu
José Martí
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