CARTAS
A
MARIA MANTILLA

 

María Mantilla es la protagonista de estas sentidas y tiernas cartas de José Martí. María era hija de Carmen Miyares de Mantilla y de su esposo Manuel Mantilla Sorzano. El matrimonio tenía una casa de huéspedes donde José Martí fue a vivir al llegar a Nueva York. A través de los años, la figura de María Mantilla ha sido motivo de controversia entre los estudiosos, ya que muchos alegan que ella era hija no de Manuel Mantilla, sino de José Martí. La fotografía de María apareció entre los objetos personales que fueron encontrados con su cadáver al morir en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895.
 

Waycross, Ga. [28 de mayo de 1894]
María mía:
¿Conque Fermín es queridísimo, y yo no soy más que querido? Así dicen tus cartas. Yo me vengo de tí, queriéndote con todo mi corazón. Aunque tú y yo somos así, que callamos cuando más queremos. La verdad es que no estoy bravo contigo.
¡Me acordé tanto de ti en mi enfermedad! Una noche tenía como encendida la cabeza, y hubiera deseado que me pusieses la mano en la frente. Tú estabas lejos.-
¿Te acuerdas de mí? Ya lo sabré a mi vuelta, por el ejercicio en francés de cada día, que hayas escrito con su fecha al pie,-por la música nueva,-por lo que me digan del respeto con que te has hecho tratar,-y por el calor de tu primer abrazo.
A Carmita, que me quiera, que se ría dos horas al día, y no más, y que pinte.
Tu
Martí
 
María mía:
Ya no te vuelvo a escribir hasta que te vea, o poco antes, y quiero decirte adiós, para que no me olvides en las alegrías de Central Valley. ¿Ves el cerezo grande, el que da sombra a la casa de las gallinas? Pues ese soy yo, con tantos ojos como tiene hojas él, y con tantos brazos, para abrazarte, como él tiene ramas. Y todo lo que hagas, y lo que pienses, lo veré yo, como lo ve el cerezo. Tú sabes que yo soy brujo, y que adivino los pensamientos desde lejos, y soy como los vestidos de esas bailarinas clavadas a un cartón que anuncian el agua, que cuando hay tiempo bueno tienen el vestido azul, y si el tiempo es malo, el vestido es del color de un golpe, de morado oscuro, y si hay tormenta, negro. Si piensas algo que no me puedas decir, de lejos lo sentiré, por dondequiera que yo ande, y me pondré oscuro, como el vestido que anuncia el mal tiempo.
Por el viaje no hemos visto mucho nuevo. He visto gente mala y buena, y con la buena he podido más que la mala. He estado enfermo, y me atendieron muy bien la cubana Paulina, que es negra de color, y muy señora en su alma, mi médico Barbarrosa, hombre de Cuba y de París, y herrmano bueno del que tú conoces,- y Pancho que no se separa de mi cabecera, y hace muy buenos discursos: pero todavía anda jorobado, y se pone el sombrero sobre la oreja. Y en tantas leguas de arena y de pinares, la verdad es que sólo tres cosas nos han llamado la atención:-un negro viejo de Africa, en la estación de Thomasville, del Estado de Georgia, donde no se puede beber vino ni cerveza: el negro lo era mucho, de bigote y barba de horca, como creo que está el Moisés pintado en el Diccionario de Larousse (Moyse), la levita y el pantalón negros como él, el sombrero de palma, con las alas muy anchas, dobladas a los lados por el borde, la mano en el bastón, con una cuerda pasada a la muñeca, y la mirada como fuego, encendida, y larga:-y lo otro fue el almuerzo muerto de un mal hotel, con huevos que olían a pollo, y un beefsteak engurruñado y hediondo, y hominy, -y tres niñas en su traje azul, con gorros de campo, que venían de la casa de la escuela, allá en lo hondo del monte, por entre los pinos. Aquí los niños besan, y la gente sonríe.-No te me pongas áspera.
Quería, antes de entrar en viaje, recibir carta tuya, y temo que no llegue. A ver si piensas en mí, que te cuido y te quiero tanto, cuando todos estén alegres, y yo no esté donde tú estás,-cuando está el cielo tranquilo, y muy lleno de estrellas.
Tu
Martí
Dale un beso a Patria.-
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

México, julio de 1894]
Mi María:
¿A que no sabes qué te llevo? “Cuatro danzas” lindas, de un señor de acá de México, a las cuatro hijas de mi amigo Mercado,-y una “Melopea”, a que Carmita la recite al piano,-y dos piezas muy finas sobre Ruy Blas y Carmen.-El Domingo me preparó la casa de Mercado una gran fiesta de música, para mí solo. Las tres hijas cantan, y una con voz muy pura y llena,-y tocan, tu rapsodia y tu minueto: por la noche fue lo hermoso, con la orquesta, de once, de mandolinas, bandurrias y guitarras. Pero lo admirable aquí es el pudor de las mujeres, no como allá, que permiten a los hombres un trato demasiado cercano y feo. Esta es otra vida, María querida. Y hablan con sus amigos, con toda la libertad necesaria; pero a distancia, como debe estar el gusano de la flor. Es muy hermoso aquí el decoro de las mujeres. Cada una, por decoro, parece una princesa. ¡Y el cariño de la casa!
Acá ahora tengo muchas hijas. Son mujeres ya las tres hijas de Manuel Mercado, y para mí son como si fueran niñas. La casa parece una jaula de pájaros deshecha cuando llego. Me han puesto la mesa llena de rosas y nardos: me han hecho cada una con sus manos un plato finísimo, de comida o de dulce: cada una me ha preparado una sorpresa. A mí, a veces, se me llena de lágrimas el corazón.-Y me pongo a pensar, y me pregunto si tú me querrás así, y Carmita, y Ernesto.-Yo todo lo que veo, quisiera llevárselos: y no puedo nada: un muñequito sí les llevo, y un amigo que las ve por todas las partes. ¿Qué plato fino me preparas tú, hecho con tus manos?
Aquí todas las niñas saben hacer platos finos.-Y yo, temblar de miedo de que tú no me quieras como aquí me quieren.
Tu
Martí
 
Maricusa mía:
¿Cuántos días hace ya que no te acuerdas de mí? Yo te necesito más, mientras menos te veo. Anoche, a las cuatro de la madrugada, estaba en el batey, como aquí llaman al patio de las casas de campo, al claro desyerbado que rodea la casa de vivienda: en el cielo, de un azul que parecía vivo, estaban encendidas las estrellas: la luna recortada, y como de un fuego suave, iluminaba de arriba un mazo de palmas: las hojas de las palmeras se mecían suavemente, en el claro silencio: yo pensaba en ti.-Y cuando el día antes había pasado por el camino, lleno todo, a un lado y otro, de árboles frutales, de cocos y mangos, de caimitos y mameyes, de aguacates y naranjos, pensaba en Vds., y en tenerlas conmigo para sentarlas en la yerba, y llenarles la falda de frutas.-Estás lejos, entusiasmada con los héroes de colorín del teatro, y olvidada de nosotros, los héroes verdaderos de la vida, los que padecemos por los demás, y queremos que los hombres sean mejores de lo que son. Malo es vestir de saco viejo, y de sombrero de castor: cualquier tenor bribón, con un do en la garganta, le ocupa los pensamientos a una señorita, con tal que lleve calzas lilas y jubón azul, y sombrero de plumas.-Ya ves que estoy celoso, y que me tienes que contentar. Es que por el aire, que lleva y trae almas, no me han llegado las cartas que esperaba recibir de ti.-Le hablé de ti en el camino a una guajirita que sabe leer letra de pluma: a una huérfana de nueve años:-ahora le llevo de regalo un libro: se lo llevo en tu nombre.-Haz tú como yo: haz algo bueno cada día en nombre mío.-Visita a Aurora, y a mi gran baby.-Y no le dejes solo el pensamiento a tu mamá. Rodéala y cuídala.-Un beso triste de tu
José Martí
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Maria Mantilla con su hijo el actor Cesar Romero

Santiago de los Caballeros, 19 Feb. [de 1895]
Busca pa. tu diario, Santiago: y batey
[Cabo Haitiano, marzo de 1895]
Mi María:
¿Y cómo me doblo yo, y me encojo bien, y voy dentro de esta carta, a darte un abrazo? ¿Y cómo te digo esta manera de pensarte, de todos los momentos, muy fina y penosa, que me despierta y que me acuesta, y cada vez te ve con más ternura y luz? No habrá quien más te quiera; y sólo debes querer más que a mí a quien te quiera más que yo.
¿A que de París, de ese París que veremos un día juntos, cuando los hombres me hayan maltratado, y yo te lleve a ver mundo antes de que entres en los peligros de él,-a que de París vas a recibir un gran recuerdo mío, por mano de un amigo generoso de Cabo Haitiano, del padre de Rosa Dellundé? Yo voy sembrándote, por donde quiera que voy, para que te sea amiga la vida. Tú, cada vez que veas la noche oscura, o el sol nublado, piensa en mí.
En mi nombre visita a Benjamincito, y a Aurora, y a Mercedes, a quien escribiré antes de salir de aquí, y ve con ella a llevarle flores a mi pobrecita Patria. Que tu madre sienta todos los días el calor de tus brazos. Que no hagas nunca nada que me dé tristeza, o yo no quisiera que tú hicieses. Que te respeten todos, por decorosa y estudiosa. Que entiendas cuánto, cuánto te quiere
Tu
Martí
 
A mi María:
Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer,-en saber, para poder querer,-querer con la voluntad, y querer con el cariño? ¿Se sienta, amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores,-a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia, con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa en el trabajo, libre y virtuoso, para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten los malos, y para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas,-esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse,-llaman en el mundo “amor”. Es grande, amor: pero no es eso.Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto.-¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?
Aquí estoy, en Cabo Haitiano; cuando no debía estar aquí. Creí no tener modo de escribirte en mucho tiempo, y te estoy escribiendo. Hoy vuelvo a viajar, y te estoy otra vez diciendo adiós. Cuando alguien me es bueno, y bueno a Cuba, le enseño tu retrato. Mi anhelo es que vivan muy juntas, tu madre y ustedes, y que pases por la vida pura y buena. Espérame, mientras sepas que yo viva. Conocerás el mundo, antes de darte a él. Elévate, pensando y trabajando. ¿Quieres ver como en ti,-en ti y en Carmita? Todo me es razón de hablar de ti, el piano que oigo, el libro que veo, el periódico que llega. Aquí te mando, en una hoja verde, el anuncio del periódico francés a que te suscribió Dellundé. El Harper’s Young People no lo leíste, pero no era culpa tuya, sino del periódico, que traía cosas muy inventadas, que no se sienten, ni se ven, y más palabras de las precisas. Este Petit francais es claro y útil. Léelo, y luego enseñarás. Enseñar, es crecer.-Y por el correo te mando dos libros, y con ellos una tarea, que harás, si me quieres; y no harás, si no me quieres.-Así, cuando esté en pena, sentiré como una mano en el hombro, o como mi cariño en la frente, o como las sonrisas con que me entendías y consolabas;-y será que estabas trabajando en la tarea, pensando en mí.
 

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