participación cubana en la Guerra de Independencia
 de las Trece Colonias,

Damas Cubanas Donaron Más de un
Millón de Libras Tornesas a Washington

"So the American mothers' sons are not born as slaves."
 

 

Brigadier Henry Reeve:

El joven legionario de la libertad

PEDRO A. GARCIA Y RAMON BARRERAS
 

 

EL INGLESITO

Las dos fuerzas se enfrascaron en un combate cuerpo q cuerpo. Furioso y con el machete agitado, El Inglesito, sin detenerse por la gravedad de sus heridas, volvía de nuevo al
   ataque. Ordenó la retirada, que cubrió temerariamente con solo 15 de los suyos. Su caballo cayó muerto. Cuando su ayudant le ofreció otra cabalgadura, le conminó: "Retírese, que lo van a matar". Otro balazo le impactó en el hombro. Machete en la diestra, revólver en la zurda, seguía luchando. Solía contar el coronel mambí Rosendo García, testigo de los hechos, que al quedarle solo una bala, "se aplicó el revólver en la sien derecha". Era el 4 de agosto de 1876. Henry Reeve tenía 26 años, 7 de ellos al  servicio del Ejército Libertador. Había participado en más de 400 acciones.                     

 Según señalaban los documento mambises de la época, ElInglesito había nacido en Brooklyn, Nueva York, el 4 de abril de 1850. El cronista mambí Manuel de la Cruz afirmaba que "era alto, delgado, musculoso, el cabello rubio y el cutis salpicado de pecas"; en contradicción con el historiador cienfueguero Enrique Edo que lo describía "de estatura baja, lampiño, de  cutis muy blanco".

Otra descripción, aparecida en el periódico La Verdad (19 de agosto de 1896), señalaba que ©era bajito, delgado, blanco, rubio, con un bigote fino (...), los pómulos salientes, más bien  feo que bien parecidoª. En sus últimos tiempos solía vestir "de saco y chaleco blancos, botines y polainas, llevaba un buen reloj y una faja en la cintura".

El coronel mambí Fernando Figueredo lo calificaba de "heroicoen el combate, de fácil percepción, astuto, enérgico y de orden", el general norteño Thomas Jordan, de alguien "más valiente que Julio César". Un enemigo, el historiador español Antonio Pirala, le reconocía sagacidad y valor frío: "El franco arrojo y la grandeza de la audacia (...) hacían de Reeve un partidario excepcional".

 Una vez, un joven le solicitó a Ignacio Agramonte que lo asignara al lugar más peligroso de su caballería. "Marche usted al lado del (entonces) comandante Reeve", replicó el jefe mambí.

 El Mayor rara vez le llamaba así, sino Enrique el americano y así le llamaron cariñosamente los camagüeyanos, según Fernando Figueredo. Otros preferían decirle El Inglesito, y así  fue conocido en toda Cuba.

 UN MAMBI NEOYORQUINO

Cuentan sus biógrafos que Reeve combatió muy joven en las filas antiesclavistas durante la Guerra de Secesión. En 1868, al conocer del alzamiento de La Demajagua, acudió a presentarse en la Junta Cubana de Nueva York. Le preguntaronel motivo de su interés por Cuba: "Porque ustedes son patriotas". "¿Y usted, de dónde es?", alguien inquirió. "De allí donde se muere", replicó.

 Se alistó en la expedición del buque Perrit y según ciertasfuentes, llegó a la Isla el 4 de mayo de 1869. Días después, en el combate de Las Calabazas, cayó prisionero de los españoles. Como era usual en las tropas colonialistas, lo enfrentaron a un pelotón de fusilamiento.

 Narraba Fernando Figueredo: "Las 4 balas que le asestaron a este, de las que dos debieron despedazarle el cráneo y dos  atravesarle el pecho, no hicieron sino herirlo levemente en la cabeza, dejándolo sin conocimiento, entre los cadáveres desus infortunados compañeros. La noche refrescó sus heridas, el joven volvió en sí y a la ventura, un extranjero en tierra extranjera".

Sangrando aún, dos días estuvo perdido en la manigua hastaque otros mambises lo encontraron. Luego pasó al Camagüey,donde al decir de Fernando Figueredo, "sería prolijo enumerarlos brillantes servicios que en sus primeros pasos como soldado, clase y oficial prestó". Ya en 1870 ostentaba los  grados de capitán.   Al año siguiente, bajo el mando de Agramonte, protagonizó hazañas en Hato Potrero, La Entrada, El Mulato y La Redonda.  Fue uno de los 35 jinetes escogidos por el Mayor para el  histórico rescate del general Sanguily.

 CON GOMEZ EN LA MANIGUA

Ya bajo las órdenes de Máximo Gómez, quien asumió el mando en el Camagüey tras la caída en combate de
 Agramonte, combatió en Santa Cruz del Sur al frente de la tropa de asalto. Parco en elogios, el dominicano consignaría:"Se debe hacer especial mención del coronel Reeve, que se lanzó a caballo sobre la boca de un cañón".

 El coronel mambí Ramón Roa ha testimoniado: "Un artillero español le disparó (a Reeve) su carabina a quemarropa,  hiriéndolo gravemente, lo cual no impidió que, herido y todo, dirigiera una carga sobre un grupo enemigo que se echaron mar adentro, en demanda de unos botes". La herida le inutilizó
 la pierna derecha para siempre y lo envió al hospital por el resto de 1873 y parte de 1874. Convaleciente, recibió las estrellas de brigadier.

 Asumió el mando de Camagüey una vez restablecido (Gómez planeaba ya la invasión a Las Villas) y junto con este y Maceo, macheteó en Camujiru. El dominicano apuntaría: "Reeve es un carácter puramente militar, une a un valor probado, una rectitud   y seriedad poco comunes en su modo de mando. De ahí que sus soldados a la vez de un respeto profundo le quieren como un padre".

 Cruzó a Las Villas a fines de 1875 y le nombraron jefe de la vanguardia mambisa. Antes había escrito a Gómez: "A mí no me importa la posición. Yo dejaría lo que tengo por cualquier fuerza que vaya a la vanguardia". Y a Vicente García, queestaba dispuesto "a donde quiera que me arroje la ola  revolucionaria".

Llevó la Revolución hasta Matanzas, incluso hasta las cercanías de La Habana. Atacó a más de 50 ingenios. Ocupó numerosos poblados. Aparecía y desaparecía para pavor de los españoles. Pasó a ser un héroe legendario, símbolo de la libertad y la independencia.

Tras su caída en combate, un grupo de patriotas cubanos escribirían a la madre de El Inglesito: "Movido de sus generosos impulsos, pisó estas playas, joven y fogoso
  legionario de la libertad, sin más títulos que su ardoroso entusiasmo y su firmísima resolución de luchar por la independencia de Cuba, a la que desde entonces adoptó y amó como su Patria".

 

participación cubana en la Guerra de Independencia
 de las Trece Colonias,

Pocos norteamericanos conocen la participación cubana en la Guerra de Independencia de las Trece Colonias, un hecho del que poco o nada recogen los textos de historia de Estados Unidos
A lo largo de más de dos siglos la presencia de tropas organizadas, armadas y financiadas desde La Habana ha quedado oculta por una cortina de silencio. Igual suerte ha ocurrido con el suministro de pertrechos bélicos y alimentos para las fuerzas independentistas desde puertos cubanos, lo que si bien es reconocido por algunos historiadores sólo figura en el contexto de la rivalidad entre las potencias coloniales.

Más allá de la determinación española de limpiar la afrenta británica de 1762, la definición de la aristocracia habanera a favor de los independentistas norteamericanos marcaría el rumbo las futuras relaciones entre La Habana y Madrid por más de un siglo.

Una década después de la toma de la capital cubana por los ingleses, una de las mayores preocupaciones de la monarquía española fue el fortalecimiento de la capacidad defensiva de Cuba y al número de tropas llegadas desde Europa se sumaron las nuevas milicias formadas por los propios pobladores de la Isla, ahora con una instrucción más rigurosa impartida por experimentados militares, incluso con supervisión de oficiales franceses y alemanes.

Por espías radicados españoles radicados en las colonias inglesas, ya desde 1770 en Madrid se conocía de un posible enfrentamiento entre los colonos asentados en el este de Norteamérica y el gobierno de Londres, lo cual representaba para España la esperada oportunidad de reconquistar los territorios perdidos y alejaba el peligro de una segunda incursión británica a La Habana.

Al iniciarse la insurrección en 1776, el ministro José de Gálvez ordenó al capitán general español en Cuba, Marqués de la Torre, la creación de una red de agentes para establecer contactos con los insurgentes.

Juan de Miralles y Trailhon, comerciante español radicado en La Habana desde 1740 y con representación en varios puertos de la costa este norteamericana, se convertiría rápidamente en el elemento clave en la conexión con las principales figuras del Congreso Continental, con los que fijaría las principales rutas de abastecimientos para los sublevados.

Contrabandista, traficante de esclavos y contratista de embarcaciones en puertos norteamericanos, Miralles organizaría en breve una amplia red agentes comerciales, a los que sumaría a sus planes a favor de muchos de sus antiguos clientes, ahora líderes de la sublevación anticolonial.

Para reforzar los viejos contactos, Miralles envío al recién adquirido territorio inglés de la Florida a su cuñado Eligio de la Puente, quien asumió la misión de sublevar a las comunidades indígenas contra las fuerzas británicas de ocupación, con vista a facilitar la reconquista de la península perdida en la recuperación de La Habana en 1763.

Ante el río revuelto Carlos III trataba de sacar las mayores ventajas, de ahí que el apetito del monarca español ambicionara, además de la Florida, la isla de Jamaica y el inmenso territorio de la Louisiana, pero los independentistas norteamericanos no estaban dispuestos a renunciar a tanto y, aunque aún no manifestaban sus pretensiones, sus aspiraciones apuntaban en la misma dirección que el ocupante del trono de Madrid.

Interesado en el apoyo de España, el Congreso Continental envió a España a John Jay con la encomienda de negociar un acuerdo, pero el gobierno hispano, temeroso de que su intervención en el conflicto desatara un ataque inglés, resumió sus vínculos directos con los insurgentes a una contribución de cuatro millones de reales, entregados en París por el conde de Aranda, destinados a la compra de pertrechos bélicos en Francia y enviados a los sublevados por intermedio de contrabandistas radicados en las Bermudas.

Fracasada la misión de Jay en Madrid, los independentistas buscaron consolidar las vías de abastecimientos por el sur, en especial las establecidas en el puerto de Nueva Orleans, ocupado por las fuerzas españolas al mando del malagueño Luis de Unzaga, fundador en 1740 del Regimiento de Fijos de La Habana.

Hasta Nueva Orleans llegó Arthur Lee, emisario del Congreso Continental con una solicitud de armas, municiones, ropa y quinina, suministros que pronto llegaron desde La Habana, convertida ahora en la principal fuente de avituallamiento para los sublevados.

Desde 1777 la capital cubana se transformó en la verdadera retaguardia de los colonos norteamericanos, enlazada por una línea clandestina de bergantines financiada por Miralles, quien al percatarse de las ambiciones territoriales de los líderes de la insurrección respecto a la Florida y Louisiana recomendó a La Habana una operación militar de reconquista.

Dos años más tarde, los aires de revancha soplaban sobre Madrid y una cédula real autorizaba desde 21 de junio de 1779 a todos los vasallos hispanos en el hemisferio occidental el hostigamiento por mar y tierra de los súbditos y posesiones británicas. Al mismo tiempo, Carlos III designaba a Miralles como representante plenipotenciario ante el Congreso Continental y poco tiempo después el comerciante reafirmaba su compromiso con los insumisos del norte al reunir en La Habana dinero y armas por un valor de medio millón de pesos oro.

Amparados por una orden real y con vínculos cosechados por largos años, los habaneros se convirtieron en el principal soporte de la insurrección y en punto de partida de los contingentes militares destinados a la Louisiana, en los que sobresalían sus mejores jefes y oficiales, entre ellos, hombres probados en los campos de batallas de Europa como Bernardo Gálvez, el santiaguero Juan Manuel Cajigal y futuro precursor de la independencia venezolana, Francisco de Miranda.

El regimiento del Príncipe, formado en La Habana con el financiamiento de Cajigal, su padre y muchos de los más encumbrados representantes de la burguesía criolla, constituyó parte de esta primera avanzada y pieza clave en la campaña librada contra los ingleses en el sur de la Florida, lo que posibilitó el libre tránsito de suministros para los rebeldes a través del Mississipi.

Junto a los hijos de comerciantes y esclavistas estuvieron también los mulatos y negros libres de la capital cubana, organizados militarmente en regimientos de pardos y morenos para complacer las exigencias de los blancos, a pesar de la decisiones del capitán general de la Isla Alejandro de O’Reilly, verdadero artífice de la organización militar de La Habana en 1763.

Pero no toda la ayuda tuvo el respaldo oficial. En los finales de la guerra y a punto de iniciarse la campaña definitiva contra los británicos, el general francés Rochambeau solicitó a su país y a España una contribución adicional, pero París y Madrid no escucharon el reclamo del militar galo, por lo que el aporte llegó nuevamente desde La Habana, donde en colecta pública se recaudaron más de dos millones de pesos oro.

Cuenta que entre los contribuyentes estuvieron varias encumbradas damas habaneras, quienes donaron hasta sus joyas a la causa independentista.

Dos siglo más tarde el silencio persiste. Dice un viejo refrán que con las glorias se olvidan las memorias y aquella ayuda habanera permanece ignorada por la mayoría de los norteamericanos, quienes no saben que Juan Miralles falleció el 28 de abril de 1780 en la casa de George Washington. Hasta sus últimos momentos estuvo al cuidado de la esposa del primer mandatario estadounidense, en muestra de una profunda amistad.
LUIS JESÚS GONZÁLEZ
 

"So the American mothers' sons are not born as slaves."
 

The people of Cuba have a long history of respect and support for the United States. The national pride of a Free Cuba lives in every freedom-loving Cuban alive. Many Cubans bravely fought on U.S. soil in the War of Independence.

Cubans, as a people, helped raise much-needed funds for the Revolutionary Army of George Washington. The "Havana's Ladies," a group of Cuban mothers, heard General Washington's plea for desperately needed funds and raised an astonishing amount for that time. They sent to Virginia the equivalent in today's money of $28 million. This has received little exposure in American history books, but is well documented. The inscription that the "Ladies of Havana" wrote on their contribution was:

"So the American mothers' sons are not born as slaves."

The pledge of the Havana's Ladies, remained very little known, with the exception of an American historian Stephen Bonsal, who wrote:

"That sum collected [by the Havana's Ladies] must be considered as the ground whereon was erected the American independence."

Gen. Jean Baptiste de Rochambeau wrote in his "Daily Memoirs," available in the Library of Congress:

"The joy was enormous when it was received, the money from Havana: The contribution of 800,000 silver pounds which helped stop the financial bankruptcy (of the Revolutionary Army) and raised up the moral spirit of the Army that had began to dissolve."

 



Damas Cubanas Donaron Más de un
Millón de Libras Tornesas a Washington


Por ALEIDA DURAN

 

Poco antes de la batalla de Yorktown, que resultaría la decisiva para la libertad de las Trece Colonias dominadas entonces por los ingleses, y que se convertirían en lo que es hoy Estados Unidos, las arcas de la Revolución independizadora estaban exhaustas. No había dinero para pagar a los soldados que comandaba del general George Washington ni, más grave aún, a los soldados franceses que les ayudaban bajo las órdenes del general Rochambeau. La situación era crítica: las tropas podrían desmoralizarse porque, inclusive, hacía tiempo que no se les abonaban sus salarios.

El almirante francés Francois Joseph Paul De Grasse viajó a Haití, colonia francesa, pero allí no pudo obtener el dinero necesario. Solamente Cuba, colonia de España entonces, disponía de capital. A De Grasse se le esperaba en el escenario de la guerra para bloquear a los ingleses la Bahía de Chesapeake, mientras que las tropas del general Washington lucharían en tierra. De Grasse comisionó al marqués de St. Simon para tratar de obtener la coloaboración del Capitán General de Cuba, mariscal Juan Manuel de Cagigal.

St. Simon encontró en La Habana un muro inexpugnable: el crédito de los norteamericanos no era bueno y tampoco el de los franceses. Se sabía que el reinado de Luis XVI de Francia, pasaba por una crítica situación financiera. Además, era dudable que el gobernador colonial de La Habana estuviera facultado para disponer de suma tan elevada del erario público a favor de una escuadra extranjera, aun cuando España estuviera en guerra con los británicos y hubiera estado ayudando a los rebeldes norteamericanos prácticamente desde el principio de la contienda.

Pero el ayudante de campo de Cagigal, nacido en Cuba, era el coronel Francisco de Miranda, nacido en Venezuela y ardiente defensor de la independencia de las Trece Colonias. Su atractiva personalidad y el valor demostrado en el sitio y toma de Panzacola, llevada a cabo por los españoles en su ayuda a los norteamericanos contra los británicos, le habían granjeado muchas simpatías en la naciente sociedad cubana de La Habana y Matanzas.

Miranda contaba con muchos amigos cubanos pudientes, entre ellos, la familia Menocal, emigrada de la Florida, cuando los españoles la canjearon por La Habana, caída poco antes en poder de los británicos.

La reacción de sus amigos cubanos al planteamiento de Miranda de recolectar fondos para pagar a los soldados franceses y norteamericanos fue altamente favorable, sobre todo, entre las damas: los cubanos simpatizaban ampliamente con la libertad de Norteamérica.

Damas de La Habana y Matanzas pusieron manos a la obra: recolectaron dinero, subastaron objetos de valor y, sobre todo, donaron sus valiosas joyas. Es posible (aunque este dato no ha podido comprobarse fehacientemente) que la hacienda de los Menocal, situada en Ceiba Mocha, Matanzas, haya servido como lugar de recolección, o al menos como uno de ellos. El cómputo final fue de un millón doscientas mil libras tornesas, moneda de plata acuñada en Tours, al centro de Francia, y de usual circulación en aquella época.

La escuadra francesa envió a Cuba el veloz velero L'Aigrette, el cual recogió el valioso y pesado cargamento entre La Habana y Matanzas. Al norte de esta última se incorporó un convoy encabezado por el navío Ville de París, equipado con 110 cañones, y pusieron proa rumbo a Virginia.

Debido al peso de aquella plata, fue necesario reforzar los pisos de la casa de Yorktown en donde se depositaron las monedas para pagar a los soldados: 800,000 libras para los franceses y 400,000 para los de Washington. Ya los soldados estaban satisfechos para enfrentar la batalla de Yorktown contra las tropas británicas dirigidas por el general Cornwallis, llevada a efecto entre el 6 y el 19 de octubre de 1781.

El crucial donativo de las damas cubanas ha sido pasado por alto por la mayoría de los historiadores norteamericanos. Como si ese reconocimiento pudiera empañar en algo la heroica gesta del general George Washington.



Loretta Janet Velasquez, a Cuban-born woman, enlisted in the Confederate Army in 1860, masquerading as a man, without her soldier husband's knowledge. She fought at Bull Run, Ball's Bluff, and Fort Donelson, but was detected while in New Orleans and discharged. Undeterred, she re-enlisted and fought at Shiloh until unmasked once more. She then took duty as a spy, working in both male and female guise. Her husband died during the war and she married three more times, widowed in each instance. She later traveled throughout the West settling in Austin, Nevada.


On the Union side was Cuban-born Federico Fernandez Cavada, who fought in the Battles of Antietam, Fredericksburg and Gettysburg and was sent to Libby Prison in Richmond, Virginia. Later, he wrote a book about his experiences, participated in Cuba's 10-Year War and attained the rank of general

 


General-in-Chief of the
Cuban Liberation Army
(1869-1870)

He was made chief of the
General staff of the Cuban insurgent army, and in, 1869, landed at Mayari with 300 men, and arms,ammunition, and supplies for 6,000. On marching into the interior to join the insurents he was attacked by the Spanish forces and lost 80 men. In December he succeeded to the chief command of the,  revolutionists, and in January, 1870, gained a victory over a superior force at Guaimaro. But as the supply of arms and ammunition has exhausted, and as there was small chance of reorganizing an effective force, he resigned in  February, 1870, and returned to the United States. He resided for
many years in New York city and was editor of the " h i n g Record." Immediately after the civil war he published a critical review of the Confederateoperations and administration in " Harper's Magazine," and was the editor of the " MemphisAppeal " in 1866. He contributed to periodical literature and published, in connection with John B. Prpor, The Campaigns of Lieut.-General .Forrest " (New Pork. 1868).

 

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