EL INGLESITO
Las
dos fuerzas se enfrascaron en un combate cuerpo q cuerpo. Furioso y con el machete agitado, El Inglesito,
sin detenerse por la gravedad de sus heridas, volvía de nuevo al
ataque. Ordenó la retirada, que cubrió temerariamente con solo 15 de los suyos. Su caballo cayó muerto. Cuando su ayudant le ofreció otra cabalgadura, le conminó: "Retírese, que lo van a matar". Otro balazo le impactó en el hombro. Machete en la diestra, revólver en la zurda, seguía luchando. Solía contar el coronel mambí Rosendo García, testigo de los hechos, que al quedarle solo una bala, "se aplicó el revólver en la sien derecha".
Era el 4 de agosto de 1876. Henry Reeve tenía 26 años, 7 de ellos al servicio del Ejército Libertador. Había participado en más
de 400 acciones.
Según señalaban los documento mambises de la época, ElInglesito había nacido en Brooklyn, Nueva York, el 4 de abril de 1850. El cronista mambí Manuel de la Cruz afirmaba que "era alto, delgado, musculoso, el cabello rubio y el cutis salpicado de pecas"; en contradicción con el historiador cienfueguero Enrique Edo que lo describía "de estatura baja, lampiño, de cutis muy blanco".
Otra descripción, aparecida en el periódico La Verdad (19 de agosto de 1896), señalaba que ©era bajito, delgado, blanco, rubio, con un bigote fino (...), los pómulos salientes, más bien feo que bien parecidoª. En sus últimos tiempos solía vestir "de saco y chaleco blancos, botines y polainas, llevaba un buen reloj y una faja en la cintura".
El coronel mambí Fernando Figueredo lo calificaba de "heroicoen el combate, de fácil percepción, astuto, enérgico y de orden", el general norteño Thomas Jordan, de alguien "más valiente que Julio César". Un enemigo, el historiador español Antonio Pirala, le reconocía sagacidad y valor frío: "El franco arrojo y la grandeza de la audacia (...) hacían de Reeve un partidario excepcional".
Una vez, un joven le solicitó a Ignacio Agramonte que lo asignara al lugar más peligroso de su caballería. "Marche usted al lado del (entonces) comandante Reeve", replicó el jefe mambí.
El Mayor rara vez le llamaba así, sino Enrique el americano y así le llamaron cariñosamente los camagüeyanos, según Fernando Figueredo. Otros preferían decirle El Inglesito, y así fue conocido en toda Cuba.
UN MAMBI NEOYORQUINO
Cuentan sus biógrafos que Reeve combatió muy joven en las filas antiesclavistas durante la Guerra de Secesión. En 1868, al conocer del alzamiento de La Demajagua, acudió a presentarse en la Junta Cubana de Nueva York. Le preguntaronel motivo de su interés por Cuba: "Porque ustedes son patriotas". "¿Y usted, de dónde es?", alguien inquirió. "De allí donde se muere", replicó.
Se alistó en la expedición del buque Perrit y según ciertasfuentes, llegó a la Isla el 4 de mayo de 1869. Días después, en el combate de Las Calabazas, cayó prisionero de los españoles. Como era usual en las tropas colonialistas, lo enfrentaron a un pelotón de fusilamiento.
Narraba Fernando Figueredo: "Las 4 balas que le asestaron a este, de las que dos debieron despedazarle el cráneo
y dos atravesarle el pecho, no hicieron sino herirlo levemente en la cabeza, dejándolo sin conocimiento, entre los cadáveres desus infortunados compañeros. La noche refrescó sus heridas, el joven volvió en sí y a la ventura, un extranjero en tierra extranjera".
Sangrando aún, dos días estuvo perdido en la manigua hastaque otros mambises lo encontraron. Luego pasó al Camagüey,donde al decir de Fernando Figueredo, "sería prolijo enumerarlos brillantes servicios que en sus primeros pasos como soldado, clase y oficial prestó". Ya en 1870 ostentaba los grados de capitán. Al año siguiente, bajo el mando de Agramonte, protagonizó hazañas en Hato Potrero, La Entrada, El Mulato y La Redonda. Fue uno de los 35 jinetes escogidos por el Mayor para el histórico rescate del general Sanguily.
CON GOMEZ EN LA MANIGUA
Ya bajo las órdenes de Máximo Gómez, quien asumió el mando en el Camagüey tras la caída en combate de
Agramonte, combatió en Santa Cruz del Sur al frente de la tropa de asalto. Parco en elogios, el dominicano consignaría:"Se debe hacer especial mención del coronel Reeve, que se lanzó a caballo sobre la boca de un cañón".
El coronel mambí Ramón Roa ha testimoniado: "Un artillero español le disparó (a Reeve) su carabina a quemarropa, hiriéndolo gravemente, lo cual no impidió que, herido y todo, dirigiera una carga sobre un grupo enemigo que se echaron mar adentro, en demanda de unos botes". La herida le inutilizó
la pierna derecha para siempre y lo envió al hospital por el resto de 1873 y parte de 1874. Convaleciente, recibió las estrellas de brigadier.
Asumió el mando de Camagüey una vez restablecido (Gómez planeaba ya la invasión a Las Villas) y junto con este y Maceo, macheteó en Camujiru. El dominicano apuntaría: "Reeve es un carácter puramente militar, une a un valor probado, una rectitud y seriedad poco comunes en su modo de mando. De ahí que sus soldados a la vez de un respeto profundo le quieren como un padre".
Cruzó a Las Villas a fines de 1875 y le nombraron jefe de la vanguardia mambisa. Antes había escrito a Gómez: "A mí no me importa la posición. Yo dejaría lo que tengo por cualquier fuerza que vaya a la vanguardia". Y a Vicente García, queestaba dispuesto "a donde quiera que me arroje la ola revolucionaria".
Llevó la Revolución hasta Matanzas, incluso hasta las cercanías de La Habana. Atacó a más de 50 ingenios. Ocupó numerosos poblados. Aparecía y desaparecía para pavor de los españoles. Pasó a ser un héroe legendario, símbolo de la libertad y la independencia.
Tras su caída en combate, un grupo de patriotas cubanos escribirían a la madre de El Inglesito: "Movido de sus generosos impulsos, pisó estas playas, joven y fogoso
legionario de la libertad, sin más títulos que su ardoroso entusiasmo y su firmísima resolución de luchar por la independencia de Cuba, a la que desde entonces adoptó y amó como su Patria".
participación cubana en la Guerra de Independencia
de las Trece Colonias,
Pocos norteamericanos conocen la
participación cubana en la Guerra de Independencia de las
Trece Colonias, un hecho del que poco o nada recogen los
textos de historia de Estados Unidos
A lo largo de más de dos siglos la presencia de tropas
organizadas, armadas y financiadas desde La Habana ha
quedado oculta por una cortina de silencio. Igual suerte ha
ocurrido con el suministro de pertrechos bélicos y alimentos
para las fuerzas independentistas desde puertos cubanos, lo
que si bien es reconocido por algunos historiadores sólo
figura en el contexto de la rivalidad entre las potencias
coloniales.
Más allá de la determinación española de limpiar la afrenta
británica de 1762, la definición de la aristocracia habanera
a favor de los independentistas norteamericanos marcaría el
rumbo las futuras relaciones entre La Habana y Madrid por
más de un siglo.
Una década después de la toma de la capital cubana por los
ingleses, una de las mayores preocupaciones de la monarquía
española fue el fortalecimiento de la capacidad defensiva de
Cuba y al número de tropas llegadas desde Europa se sumaron
las nuevas milicias formadas por los propios pobladores de
la Isla, ahora con una instrucción más rigurosa impartida
por experimentados militares, incluso con supervisión de
oficiales franceses y alemanes.
Por espías radicados españoles radicados en las colonias
inglesas, ya desde 1770 en Madrid se conocía de un posible
enfrentamiento entre los colonos asentados en el este de
Norteamérica y el gobierno de Londres, lo cual representaba
para España la esperada oportunidad de reconquistar los
territorios perdidos y alejaba el peligro de una segunda
incursión británica a La Habana.
Al iniciarse la insurrección en 1776, el ministro José de
Gálvez ordenó al capitán general español en Cuba, Marqués de
la Torre, la creación de una red de agentes para establecer
contactos con los insurgentes.
Juan de Miralles y Trailhon, comerciante español radicado en
La Habana desde 1740 y con representación en varios puertos
de la costa este norteamericana, se convertiría rápidamente
en el elemento clave en la conexión con las principales
figuras del Congreso Continental, con los que fijaría las
principales rutas de abastecimientos para los sublevados.
Contrabandista, traficante de esclavos y contratista de
embarcaciones en puertos norteamericanos, Miralles
organizaría en breve una amplia red agentes comerciales, a
los que sumaría a sus planes a favor de muchos de sus
antiguos clientes, ahora líderes de la sublevación
anticolonial.
Para reforzar los viejos contactos, Miralles envío al recién
adquirido territorio inglés de la Florida a su cuñado Eligio
de la Puente, quien asumió la misión de sublevar a las
comunidades indígenas contra las fuerzas británicas de
ocupación, con vista a facilitar la reconquista de la
península perdida en la recuperación de La Habana en 1763.
Ante el río revuelto Carlos III trataba de sacar las mayores
ventajas, de ahí que el apetito del monarca español
ambicionara, además de la Florida, la isla de Jamaica y el
inmenso territorio de la Louisiana, pero los
independentistas norteamericanos no estaban dispuestos a
renunciar a tanto y, aunque aún no manifestaban sus
pretensiones, sus aspiraciones apuntaban en la misma
dirección que el ocupante del trono de Madrid.
Interesado en el apoyo de España, el Congreso Continental
envió a España a John Jay con la encomienda de negociar un
acuerdo, pero el gobierno hispano, temeroso de que su
intervención en el conflicto desatara un ataque inglés,
resumió sus vínculos directos con los insurgentes a una
contribución de cuatro millones de reales, entregados en
París por el conde de Aranda, destinados a la compra de
pertrechos bélicos en Francia y enviados a los sublevados
por intermedio de contrabandistas radicados en las Bermudas.
Fracasada la misión de Jay en Madrid, los independentistas
buscaron consolidar las vías de abastecimientos por el sur,
en especial las establecidas en el puerto de Nueva Orleans,
ocupado por las fuerzas españolas al mando del malagueño
Luis de Unzaga, fundador en 1740 del Regimiento de Fijos de
La Habana.
Hasta Nueva Orleans llegó Arthur Lee, emisario del Congreso
Continental con una solicitud de armas, municiones, ropa y
quinina, suministros que pronto llegaron desde La Habana,
convertida ahora en la principal fuente de avituallamiento
para los sublevados.
Desde 1777 la capital cubana se transformó en la verdadera
retaguardia de los colonos norteamericanos, enlazada por una
línea clandestina de bergantines financiada por Miralles,
quien al percatarse de las ambiciones territoriales de los
líderes de la insurrección respecto a la Florida y Louisiana
recomendó a La Habana una operación militar de reconquista.
Dos años más tarde, los aires de revancha soplaban sobre
Madrid y una cédula real autorizaba desde 21 de junio de
1779 a todos los vasallos hispanos en el hemisferio
occidental el hostigamiento por mar y tierra de los súbditos
y posesiones británicas. Al mismo tiempo, Carlos III
designaba a Miralles como representante plenipotenciario
ante el Congreso Continental y poco tiempo después el
comerciante reafirmaba su compromiso con los insumisos del
norte al reunir en La Habana dinero y armas por un valor de
medio millón de pesos oro.
Amparados por una orden real y con vínculos cosechados por
largos años, los habaneros se convirtieron en el principal
soporte de la insurrección y en punto de partida de los
contingentes militares destinados a la Louisiana, en los que
sobresalían sus mejores jefes y oficiales, entre ellos,
hombres probados en los campos de batallas de Europa como
Bernardo Gálvez, el santiaguero Juan Manuel Cajigal y futuro
precursor de la independencia venezolana, Francisco de
Miranda.
El regimiento del Príncipe, formado en La Habana con el
financiamiento de Cajigal, su padre y muchos de los más
encumbrados representantes de la burguesía criolla,
constituyó parte de esta primera avanzada y pieza clave en
la campaña librada contra los ingleses en el sur de la
Florida, lo que posibilitó el libre tránsito de suministros
para los rebeldes a través del Mississipi.
Junto a los hijos de comerciantes y esclavistas estuvieron
también los mulatos y negros libres de la capital cubana,
organizados militarmente en regimientos de pardos y morenos
para complacer las exigencias de los blancos, a pesar de la
decisiones del capitán general de la Isla Alejandro de
O’Reilly, verdadero artífice de la organización militar de
La Habana en 1763.
Pero no toda la ayuda tuvo el respaldo oficial. En los
finales de la guerra y a punto de iniciarse la campaña
definitiva contra los británicos, el general francés
Rochambeau solicitó a su país y a España una contribución
adicional, pero París y Madrid no escucharon el reclamo del
militar galo, por lo que el aporte llegó nuevamente desde La
Habana, donde en colecta pública se recaudaron más de dos
millones de pesos oro.
Cuenta que entre los contribuyentes estuvieron varias
encumbradas damas habaneras, quienes donaron hasta sus joyas
a la causa independentista.
Dos siglo más tarde el silencio persiste. Dice un viejo
refrán que con las glorias se olvidan las memorias y aquella
ayuda habanera permanece ignorada por la mayoría de los
norteamericanos, quienes no saben que Juan Miralles falleció
el 28 de abril de 1780 en la casa de George Washington.
Hasta sus últimos momentos estuvo al cuidado de la esposa
del primer mandatario estadounidense, en muestra de una
profunda amistad.
LUIS JESÚS GONZÁLEZ
"So the American mothers' sons are not born as slaves."
The people of Cuba have a long history of
respect and support for the United States. The national
pride of a Free Cuba lives in every freedom-loving Cuban
alive. Many Cubans bravely fought on U.S. soil in the War of
Independence.
Cubans, as a people, helped raise much-needed funds for the
Revolutionary Army of George Washington. The "Havana's
Ladies," a group of Cuban mothers, heard General
Washington's plea for desperately needed funds and raised an
astonishing amount for that time. They sent to Virginia the
equivalent in today's money of $28 million. This has
received little exposure in American history books, but is
well documented. The inscription that the "Ladies of Havana"
wrote on their contribution was:
"So the American mothers' sons are not born as slaves."
The pledge of the Havana's Ladies, remained very little
known, with the exception of an American historian Stephen
Bonsal, who wrote:
"That sum collected [by the Havana's Ladies] must be
considered as the ground whereon was erected the American
independence."
Gen. Jean Baptiste de Rochambeau wrote in his "Daily
Memoirs," available in the Library of Congress:
"The joy was enormous when it was received, the money from
Havana: The contribution of 800,000 silver pounds which
helped stop the financial bankruptcy (of the Revolutionary
Army) and raised up the moral spirit of the Army that had
began to dissolve."
Damas Cubanas Donaron
Más de un
Millón de Libras Tornesas a Washington
Por ALEIDA DURAN
Poco antes de la batalla de Yorktown,
que resultaría la decisiva para la libertad de las Trece
Colonias dominadas entonces por los ingleses, y que se
convertirían en lo que es hoy Estados Unidos, las arcas de
la Revolución independizadora estaban exhaustas. No había
dinero para pagar a los soldados que comandaba del general
George Washington ni, más grave aún, a los soldados
franceses que les ayudaban bajo las órdenes del general
Rochambeau. La situación era crítica: las tropas podrían
desmoralizarse porque, inclusive, hacía tiempo que no se les
abonaban sus salarios.
El almirante francés Francois Joseph Paul De Grasse viajó a
Haití, colonia francesa, pero allí no pudo obtener el dinero
necesario. Solamente Cuba, colonia de España entonces,
disponía de capital. A De Grasse se le esperaba en el
escenario de la guerra para bloquear a los ingleses la Bahía
de Chesapeake, mientras que las tropas del general
Washington lucharían en tierra. De Grasse comisionó al
marqués de St. Simon para tratar de obtener la coloaboración
del Capitán General de Cuba, mariscal Juan Manuel de Cagigal.
St. Simon encontró en La Habana un muro inexpugnable: el
crédito de los norteamericanos no era bueno y tampoco el de
los franceses. Se sabía que el reinado de Luis XVI de
Francia, pasaba por una crítica situación financiera. Además,
era dudable que el gobernador colonial de La Habana
estuviera facultado para disponer de suma tan elevada del
erario público a favor de una escuadra extranjera, aun
cuando España estuviera en guerra con los británicos y
hubiera estado ayudando a los rebeldes norteamericanos
prácticamente desde el principio de la contienda.
Pero el ayudante de campo de Cagigal, nacido en Cuba, era el
coronel Francisco de Miranda, nacido en Venezuela y ardiente
defensor de la independencia de las Trece Colonias. Su
atractiva personalidad y el valor demostrado en el sitio y
toma de Panzacola, llevada a cabo por los españoles en su
ayuda a los norteamericanos contra los británicos, le habían
granjeado muchas simpatías en la naciente sociedad cubana de
La Habana y Matanzas.
Miranda contaba con muchos amigos cubanos pudientes, entre
ellos, la familia Menocal, emigrada de la Florida, cuando
los españoles la canjearon por La Habana, caída poco antes
en poder de los británicos.
La reacción de sus amigos cubanos al planteamiento de
Miranda de recolectar fondos para pagar a los soldados
franceses y norteamericanos fue altamente favorable, sobre
todo, entre las damas: los cubanos simpatizaban ampliamente
con la libertad de Norteamérica.
Damas de La Habana y Matanzas pusieron manos a la obra:
recolectaron dinero, subastaron objetos de valor y, sobre
todo, donaron sus valiosas joyas. Es posible (aunque este
dato no ha podido comprobarse fehacientemente) que la
hacienda de los Menocal, situada en Ceiba Mocha, Matanzas,
haya servido como lugar de recolección, o al menos como uno
de ellos. El cómputo final fue de un millón doscientas mil
libras tornesas, moneda de plata acuñada en Tours, al centro
de Francia, y de usual circulación en aquella época.
La escuadra francesa envió a Cuba el veloz velero L'Aigrette,
el cual recogió el valioso y pesado cargamento entre La
Habana y Matanzas. Al norte de esta última se incorporó un
convoy encabezado por el navío Ville de París, equipado con
110 cañones, y pusieron proa rumbo a Virginia.
Debido al peso de aquella plata, fue necesario reforzar los
pisos de la casa de Yorktown en donde se depositaron las
monedas para pagar a los soldados: 800,000 libras para los
franceses y 400,000 para los de Washington. Ya los soldados
estaban satisfechos para enfrentar la batalla de Yorktown
contra las tropas británicas dirigidas por el general
Cornwallis, llevada a efecto entre el 6 y el 19 de octubre
de 1781.
El crucial donativo de las damas cubanas ha sido pasado por
alto por la mayoría de los historiadores norteamericanos.
Como si ese reconocimiento pudiera empañar en algo la
heroica gesta del general George Washington.

Loretta Janet Velasquez, a
Cuban-born woman, enlisted in the Confederate Army in 1860,
masquerading as a man, without her soldier husband's
knowledge. She fought at Bull Run, Ball's Bluff, and Fort Donelson, but was detected while in New Orleans and
discharged. Undeterred, she re-enlisted and fought at Shiloh
until unmasked once more. She then took duty as a spy,
working in both male and female guise. Her husband died
during the war and she married three more times, widowed in
each instance. She later traveled throughout the West
settling in Austin, Nevada.
On the Union side was Cuban-born Federico Fernandez Cavada,
who fought in the Battles of Antietam, Fredericksburg and
Gettysburg and was sent to Libby Prison in Richmond,
Virginia. Later, he wrote a book about his experiences,
participated in Cuba's 10-Year War and attained the rank of
general
General-in-Chief of the
Cuban Liberation Army
(1869-1870)
He was made chief of the
General staff of the Cuban insurgent army, and in, 1869, landed at Mayari with 300 men, and arms,ammunition, and supplies for 6,000. On marching into the interior to join the insurents he was attacked by the Spanish forces and
lost 80 men. In December he succeeded to the chief command of the, revolutionists, and in January, 1870, gained a victory over a superior force at Guaimaro. But as the supply of arms and
ammunition has exhausted, and as there was small chance of reorganizing an effective force, he
resigned in February, 1870, and returned to the United States. He resided for
many years in New York city and was editor of the " h i n g Record." Immediately
after the civil war he published a critical review of the Confederateoperations and administration in " Harper's
Magazine," and was the editor of the " MemphisAppeal " in 1866. He contributed to periodical literature and published, in connection with John B. Prpor, The Campaigns of Lieut.-General .Forrest " (New Pork. 1868).