¿LA
SANTERÍA: AFRICANA, CUBANA, AFROCUBANA?: ELEMENTOS PARA EL DEBATE
Tomás Fernández Robaina|
La
Habana
|
A
modo de introducción: En el presente capítulo se analiza la valoración
de las culturas y religiones africanas efectuadas por Juan René
Betancourt, Gustavo Urrutia, y Fernando Ortiz, entre otros, con la
finalidad de hallar semejanzas, diferencias y la vigencia de algunas de
esas consideraciones. Para ello he rastreado fuentes documentográficas:
periódicas, libros, folletos y realizado encuestas e investigaciones de
terreno entre santeros, babalaos y aleyos para intentar precisar la
africanidad o cubanidad de la santería, o al menos determinar los
elementos característicos que la pueden calificar como un fenómeno
eminentemente cubano. Con ese propósito arribamos a conclusiones que
permitirán enjuiciar mis puntos de vista sobre este apasionante y
debatible tema.
En
1955 Juan René Betancourt publicó su "Doctrina Negra"1),
el cual no es mencionado en la mayoría de los libros que estudian los
movimientos sociales como tampoco aparece en los que tratan sobre la
cultura y la historia del negro en Cuba.
En
1959 circuló su "El negro: ciudadano del futuro"
en donde consolida su pensamiento y señala la estrategia que debía
seguirse para lograr el tan necesario desarrollo del sector de la población
cubana más urgido de reivindicaciones sociales, políticas y culturales.
En este título incluyó algunos artículos escritos en las primeras
semanas de ese año; en ellos expresaba su apoyo a la Revolución
triunfante; a la vez llamaba la atención sobre la necesidad de que el
nuevo gobierno hiciera saber la posición que asumiría para combatir la
discriminación y los prejuicios raciales.
La
omisión de tales obras, tanto como de análisis de su pensamiento en los
textos que han abordado el estudio de las relaciones raciales en Cuba, ha
obedecido a su doctrina, clasificada de racista por Elías Entralgo
en el prólogo de la edición de 1959; También ha contribuido a este
general desconocimiento de sus ideas, el haberse radicado en el extranjero
y no haber continuado, aparentemente, con la misma intensidad que en la
Isla, su lucha en pro de los derechos del negro.
Un
caso similar, en cuanto al desconocimiento que existe acerca de su obra y
pensamiento, lo tenemos con Gustavo Urrutia(1881-1958),
a pesar que El Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén (1902-1989?)
declaró en cierta ocasión que él le debía mucho a Urrutia en cuanto a
su formación y a la divulgación de su obra.
Urrutia ejerció el periodismo por más de treinta años y fue el creador
de la columna y de la página dominical "Ideales de una Raza" que
apareció desde abril de 1928 hasta 1931;
a partir de entonces continuó sus colaboraciones desde la columna "Armonías",
una de las secciones dominicales de los "Ideales de una raza".
A
diferencia de Betancourt, Urrutia no publicó un libro con sus ideas en los
que expresaba sus conceptos para encauzar la lucha social del negro cubano.
Solo se cuenta con los folletos: "Cuatro charlas radiofónicas"
(1935), "Puntos de Vista del Nuevo Negro"(1937)
y el" Problema Negro en Cuba"(1936?)
, los cuales son una rareza bibliográfica. Después de su muerte, Gastón
Baquero
comenzó a preparar la publicación de los escritos más importantes de
Urrutia, pero el triunfo revolucionario, y la salida también del país de
Baquero ocasionaron que Urrutia fuera olvidado, y apenas conocido entre los
que se han interesado en la investigación de la historia del negro
en Cuba. Pero a él sí se le cita en algunos textos, como los de: Rosalie
Schwar,
Isabel y Jorge Castellano,
entre otros, pero no se abordan sus ideas esenciales, sobre todo en cuanto
al fenómeno de la cultura afrocubana, expresados de manera muy clara en
sus "Cuatro Charlas Radiofónicas", en donde señala que:
Y
puesto que a la rama negra del pueblo de Cuba es a quien se le suele
imputar insidiosamente un ancestro salvaje y bárbaro; y como es al
afrocubano a quien se pretende abochornar, coaccionar, con supuestas
herencias de inferioridad, con taras raciales denigrantes, por lo mismo, es
al afrocubano a quien más perentoriamente le incumbe conocer a ciencia
cierta, dar a conocer y explicar los valores religiosos, morales y
artísticos de sus abuelos negros, que nada tienen que envidiar en
moralidad ni en refinamiento espiritual a los de sus abuelos blancos, y que
, por lo
contrario, viene nutriendo muy generosamente la cultura blanca sin
que el blanco se haya dignado a enterarse, reconocerlo y agradecerlo hasta
fecha bien reciente y en los países más avanzados del mundo.
Por
supuesto, la posición de Urrutia hay que analizarla en el momento en el
cual él la formula; entre la mayoría de los negros ilustrados prevalecía
el criterio de que había que integrarse completamente en la sociedad
cubana, y una de las condiciones para esa integración radicaba en
aprehender, e interiorizar los códigos culturales y sociales impuestos por
los colonizadores durante los siglos anteriores y heredados por la República
nacida en 1902. El olvidarse de la herencia africana, enterrar el tambor,
eran frases pronunciadas que reflejaban la actitud de determinados negros y
mulatos que en su afán por avanzar dentro de las estructuras sociales de
aquellos tiempos, habían decidido asumir tal posición para barrer los
esquemas discriminatorios. Urrutia tiene a su favor el reconocer la
herencia africana, su importancia y por eso dice:
Trabajamos
para que la mayoría de los negros recobre su propia estimación. El
afrocubano que vive sinceramente avergonzado de una herencia racial
africana que, en realidad merece tanta consideración como la española, es
más esclavo, más ignorante y más infeliz que sus progenitores africanos.
...no puede considerarse perfectamente instruido el ciudadano de un país
negroide que solo conoce la rama blanca de su pueblo .
Pero
él consideraba que con el tiempo, y a medida que el negro avanzara
culturalmente, las manifestaciones de la cultura tradicional africana y
afrocubana se irían reduciendo poco a poco, conservadas como fenómenos
puramente folklóricos de suma importancia. Por eso rebate la acusación de
que hacía propaganda nociva del siguiente modo:
No fomentamos ni
extirpamos el ñañiguismo y la santería africanos. Nos
limitamos a presentarlos y explicarlos como fenómenos sociales
y religiosos existentes entre nosotros, que no son
denigrantes, sino morales, y que no se pueden desarraigar de
nuestras costumbres y nuestros hábitos por decretos.
No
hay ambiente para reanimar esas instituciones y esas ideas, pero queremos
decir a los que todavía las practican, que no tienen por qué abochornarse
de ellas. Y a los coloreados que no las conocen, les decimos que tampoco
tienen de qué abochornarse, puesto que son instituciones tan cultas y
morales como las de sus abuelos blancos. Solo que son distintas.
Lo
más importante para mí de la posición de Urrutia en este sentido es que
plantea la relevancia de esa huella, de tanto valor, como la europea, y de
la cual, todos los negros y cubanos en general debían sentirse orgullosos.
Pero él no vio la dinámica, no vislumbró que lejos de disminuir, se
sumaban cada vez más personas a las prácticas de esas creencias. Pero
este hecho tampoco fue visto por Rómulo Lachatañeré ,
ni por el propio Fernando Ortiz
y otros que continuaron esta línea investigativa con la aparente convicción
que a medida que todos los cubanos se superaran dentro de los esquemas de
la enseñanza y educación eurocéntrica las nuevas generaciones se irían
apartando de tales creencias, y que serían cultivadas solo por
aquellos, blancos y negros, que seguirían apegados a esas tradiciones, los
que irían disminuyendo paulatinamente.
En
este punto radica una de las diferencias entre las actitudes de Urrutia y
Betancourt. Quince años después de las cuatro charlas de Urrutia en
defensa de la cultura afrocubana, Betancourt escribió sobre la cultura y
la religión de origen africano, en su: “Doctrina Negra":
"Los
hombres de color conocen su religión tradicional muy
superficialmente y sin razón se avergüenzan de ella, cuando la
complejidad de su dogma, el sentimiento de su música y el lenguaje de sus
símbolos y su mimetismo denotan que es el producto de un pueblo altamente
cultivado y excepcionalmente dotado. En estos aspectos los griegos no
superaron los lucumíes"
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IV |
Justamente,
el mérito indiscutible de Fernando Ortiz radica en haber llamado la atención
sobre los valores de la cultura de origen africana, de su importancia en la
historia y en la formación de algunas de las características de Cuba como
nación. Como bien lo señala en su conferencia "Por la integración
cubana de blancos y negros"
al expresar que:
Apenas
regresé de mis años universitarios en el extranjero, me puse a escudriñar
la vida cubana y enseguida me salió al paso el negro. Era natural que así
fuera. Sin el negro Cuba no sería Cuba. No podía, pues, ser ignorado. Era
preciso estudiar ese factor integrante de Cuba; pues nadie lo había
estudiado y hasta parecía como si nadie lo quisiera estudiar. Para unos,
ello no merecía la pena; para otros era evocar culpas inconfesadas y
castigar la conciencia; cuando menos, el estudio del negro era tarea harto
trabajosa, propicia a las burlas y no daba dinero. Había literatura
abundante acerca de la esclavitud y de su abolición y mucha polémica en
torno a ese trágico tema, pero embebida de odios, mitos, políticas, cálculos
y romanticismos; había también algunos escritos de encomio acerca de
Aponte1, de Manzano2, de Plácido 3, de
Maceo4 y de otros hombres de color que habían logrado gran
relieve nacional en las letras o en las luchas por la libertad; pero
del negro como ser humano, de su espíritu, de su historia, de sus
antepasados, de sus lenguajes, de sus artes, de sus valores positivos y de
sus posibilidades sociales… nada. Hasta hablar en público del negro era
cosa peligrosa, que solo podía hacerse a hurtadillas y con rebozo, como
tratar de la sífilis o de un nefando pecado de familia. Hasta parecía que
el mismo negro, especialmente el mulato, quería olvidarse de sí mismo y
renegar de su raza, para no recordar sus martirios y frustraciones,
como a veces el leproso oculta a todos la desgracia de sus lacerías.
En
esa misma conferencia, pronunciada en diciembre de 1942, Ortiz comentó las
diferentes fases por las cuales había pasado esa integración, destacando
entonces que dicha integración se hallaba en la fase en la cual ya el
negro no se sentía avergonzado de su pasado histórico y cultural. Ortiz
hacía una afirmación de modo muy absoluto, partiendo de la actitud
intelectual de un muy reducido número de negros ilustrados, que compartían
la postura de Gustavo Urrutia; no se tomaba en cuenta la política oficial
existente en cuanto a la consideración de la herencia africana en nuestra
cultura. En aquellos tiempos no se estudiaba la historia de África del
mismo modo que la historia de Cuba, o de España. De la cultura africana o
afrocubana nada aparecía en nuestros programas de enseñanza primaria y
secundaria, aunque se estudiaba la civilización griega y romana.
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V
Trece
años después de las palabras de Fernando Ortiz Betancourt expresaba que:
Modernamente
se está hablando mucho de "integración" y sería bueno
plantearnos qué cosa se entiende por tal. Parece que la sola palabra todo
lo explica: integración de integrar, formar parte o pasar a formar parte
de algo. La idea no es mala en sí misma y daría magníficos resultados si
se buscaran los puntos comunes, la identificación de intereses entre los
dos núcleos que forman nuestra nacionalidad. Pero si en vez de esto se
trata de disolver un núcleo en otro, haciéndole perder a aquel todos los
aristas que le dieron su historia y su tradición; huyendo con espanto de
todo lo negrista" hasta el punto de no atreverse a conmemorar
solos sus muertos ni a honrar con dignidad a sus dioses, entonces no
estamos en presencia de una integración, sino de un suicidio colectivo: de
una raza que renuncia a ser para dejarle el campo a su antagonista.y esto
es traición o cobardía. La ciencia está en armonizar cuanto haya de
armonizable entre ambos grupos sin desfigurar a ninguno de ellos y menos
hacerlo desaparecer.
1. Evidentemente la actitud de Betancourt es totalmente en contra de la
política de deculturación impuesta en Cuba durante tres siglos por el
colonialismo español, política que sobrevivió, consciente o no con el
advenimiento de la República en 1902.
Sus
palabras son un alerta a la pretendida integración si la misma no tiene la
finalidad de buscar:
"...los
puntos comunes, la identificación de intereses entre los dos núcleos que
forman nuestra nacionalidad.
Estimo
muy conveniente recordar sus palabras, sobre todo en estos momentos en que
tiene lugar un interesante debate, no solo en Cuba, sino también en el
extranjero acerca de la africanización, más concretamente, de la
yorubización de las religiones traídas al continente americano por los
esclavos denominados anagós o lucumíes, nombres con los cuales fueron
conocidos los procedentes de los territorios yorubás que en la actualidad
integran parte de los Estados de Nigeria y de Benin, antiguo Dahomey.
Considero
que Betancourt es el primer intelectual cubano y negro de la Cuba
prerrevolucionaria que asume una posición consciente y de plena
identificación con las culturas traídas por los bisabuelos y abuelos
africanos. Él expresó ideas que parecen escritas en el presente, pues
dijo en su ya citada "Doctrina negra”.
"En
el trasplante la religión ha perdido, convirtiéndose en lo que
llaman santería, donde una serie de divinidades católicas tratan en vano
de representar los primitivos orichas de la africanía, pero de todos modos,
aunque adulterada y desfigurada, algo se conserva de las sagradas
tradiciones negras, y algo es algo, que mucho peor sería nada.
En
este punto parece que Betancourt no vio o no conocía que ese sincretismo,
en cierta medida, operaba solamente a un nivel muy superficial, epidérmico.
Además, la distancia, el tiempo contribuyeron a cambios en las tradiciones,
en los rituales, no obstante, se tratara de realizarse dentro de una
ortodoxia y de un respeto a la tradición de las formas como eran
ejecutadas en los primeros tiempos.
Es
necesario subrayar algunas consideraciones para una mejor comprensión del
llamado fenómeno del sincretismo afrorreligioso. La denominación de los
santos africanos, de los orishas, no se operó como parte de una política
de deculturación planificada, aunque algunos puedan considerarla,
independientemente de este hecho, como uno de sus resultados. Más bien, en
mi opinión, formó parte de una respuesta espontánea, popular, por parte
de los primeros africanos que se enfrentaron a ese fenómeno, para
preservar sus creencias; fue, en buena medida, el surgimiento de la doble
moral, de la que era impuesta por la fuerza del conquistador, del
colonizador, y de la que aparentemente asumía el conquistado, el
colonizado, como un modo de salvar, preservar y continuar adorando a sus
orishas detrás de las imágenes de los santos y vírgenes católicos.
Los
que defienden las posiciones ortodoxas, de una pureza total, no se percatan
que con el tiempo, y al no estar las prácticas religiosas de los africanos
en contacto directo con las fuentes nutricias originales, no obstante, los
buenos deseos, y el mantenerse en la liturgia de iniciación de la Regla de
Ocha la lengua yoruba, esta tuvo que sufrir cambios fonéticos, entre otros
posibles, como en los materiales, donde no siempre podían usarse las
mismas yerbas que se empleaban en África. El tiempo y la expansión de la
santería, primeramente entre los sectores de los esclavos y los negros
libres apegados a estas tradiciones, sobre todo, entre los negros criollos,
pudo haber ocasionado el identificar como uno solo al santo católico y al
orisha. Este fenómeno se palpa en la actualidad, aún entre babalochas e
iyalochas, que intelectualmente saben que no existe conexión entre uno y
otro, pero que en determinados rituales y miradas, consultas de adivinación,
se refieren a los orishas como la virgen de la Caridad, de Regla, Santa Bárbara,
San Lázaro, entre otros.
|
VI
En
1992, durante el primer Taller Internacional Sobre los Problemas de la
Cultura Yoruba en Cuba el cual fue patrocinado por la Asociación de la Cultural Yoruba de Cuba y
la Academia de Ciencias de Cuba, se plantearon ideas que desde hacía mucho
se venían discutiendo entre algunos santeros, entre los babalaos y entre
santeros y babalaos, acerca de la conveniencia de lograr cierto consenso
con la finalidad de intentar una practica religiosa más uniforme, al menos
en aquello rituales en los cuales su implantación no lesionaba las formas
ritualísticas peculiares de cada casa de santo. Con ese objetivo se informó
que habría una reunión especial de los santeros y babalaos con el propósito
de debatirse esas cuestiones, pero dicha reunión no se dio, al menos no se
informó a todos los santeros y babalaos de su celebración. Sin embargo,
algunas de esas ideas se dieron como resoluciones que el Taller sugería
debían aplicarse por los babalaos, iyalochas y babalochas. Entre ellas
estaban: a) no denominar a los orishas con los nombres de los santos católicos.
b) tratar de usar los nombres de babalochas e iyalochas en lugar de
santeros o santeras c) no referirse a la religión con el término de
santería, sino de. Regla de Ocha. d) mantener la tradición de que todo
iniciado debe dar un tambor de reglamento al orisha del padrino para poder
tocar después en su propia casa.
Los
comentarios fueron muchos, a nivel de pasillo, acerca de las incidencias
del congreso, de la asistencia de los religiosos cubanos y extranjeros, de
los resultados y de los trabajos presentados. Realmente el Taller tuvo un
saldo, para mí altamente, positivo, pues por primera vez profesionales
blancos y negros, mayoritariamente babalaos y santeros, se reunían para
hablar sobre la santería y se presentaban como tales en el evento,
independientemente de sus títulos universitarios, de los cuales hicieron
gala aquellos que los mencionaron.
¿Fueron
esas resoluciones o sugerencias las más importantes o las que debieron
hacerse? Las respuestas pueden abordarse desde diferentes perspectivas,
dando como resultado diversos debates, acerca de lo que se dijo, de lo que
no se dijo, de lo que debió decirse, pero lo que afloró en ese primer
taller fue la existencia de una tendencia, posible movimiento entre
nosotros, de un fenómeno, que desde hace ya años se viene operando en los
Estados Unidos y en otros países de América y del Caribe en cuanto a la
africanización no solo de la santería, sino de aquellas religiones traídas
por los africanos y que en virtud de las nuevas condiciones sociales, económicas,
geográficas, lingüísticas y culturales impuestas a los esclavos
sufrieron reformas, adaptaciones, para poder perdurar y sobrevivir bajo los
nuevos contextos a que el sistema esclavista sumió a los africanos y a sus
descendientes, independiente de la condición de esclavo o negro libre.
Me
parece lógico, que en virtud de la expansión de las religiones africanas,
y del contacto de los babalochas, iyalochas y babalaos con algunos de sus
homólogos en África, exista cierto interés entre ellos por rescatar
cierta pureza, cierta ortodoxia, en la manera de efectuarse determinados
rituales; por supuesto, dicha pureza posee un valor relativo, pues ni en África
ni en las Américas las religiones africanas se mantuvieron estáticas;
también fueron influenciadas por la condiciones materiales y espirituales
de las sociedades a las cuales sus practicantes, fueron forzados a vivir.
Por
esas razones no estoy muy convencido de la afirmación de mi amiga y colega,
la profesora Lázara Menéndez en su artículo "¿Un cake para Obatala!?(,
cuando en una de sus partes afirma:
"El
discurso de la yorubización de la santería se inscribe en lo que un
segmento reducido de esta población opina que debiera hacerse, porque lo
que ellos creen que en realidad se hace es favorecer la distorsión y con
ella el descrédito del ejercicio santero.
Obviamente
el anterior criterio se produce como una respuesta ante las invenciones y
modificaciones que han sido creadas por personas pocas escrupulosas,
quienes por lucrar, han llevado las practicas y rituales de la santería a
unos niveles de comercialización sorprendentes. Algunos creyentes o
religiosos han considerado la búsqueda de una ortodoxia, como una forma de
salir al paso de dicha tendencia, de detenerla. Por supuesto, esa actitud
provoca una muy variada y múltiple reacción asumida por babalochas,
iyalochas y babalaos. Ante tantas irregularidades, ¿qué es lo más
correcto? ¿Volver a una supuesta práctica ortodoxa africana, o retomar
las formas autóctonas surgidas en Cuba como consecuencias de los cambios lógicos
que toda religión o cultura sufre al ser trasplantadas de sus fuentes
originales? Por otra parte es casi imposible que algunos de sus
practicantes no se sientan atraídos por el rescate de ciertos rituales, de
orishas, de valores que se perdieron en Cuba y se mantuvieron en otras
regiones; fenómeno este que se palpa también en otros países caribeños
y de América y que motiva la llegada a Cuba de religiosos deseosos de
estudiar y de rescatar los rituales y los orishas que no llegaron a ellos,
e incluso en el caso contrario, con el fin de comparar y analizar las
formas divergentes y convergentes de manifestarse tales rituales.
Más
adelante señala:
"El
énfasis en el eje africano, por encima de los rasgos que cualifican el fenómeno
como cubano, tiende a agudizar el distanciamiento, desde la perspectiva
sociocultural con el universo santero, a entorpecer la asunción
intelectual de dicho fenómeno más allá de las relaciones modales y
volitivas que individualmente se establezcan con él, y a
dificultar su reconocimiento como expresión
cultural autónoma, bien diferenciada de sus antecedentes y de otras prácticas
contemporáneas a ella.
Me
parece muy interesante la asunción de la santería como un fenómeno
religioso eminentemente cubano ¿no podría decirse lo mismo del candomblé,
entre muchas otras manifestaciones religiosas de origen africano? Es
innegable que todas estas influencias, todo este tomar y dar elementos
materiales y espirituales de diferentes culturas han producido nuevos fenómenos,
no podría decirse esto del vodú y de la umbanda
en particular, no se ha expresado de manera muy clara por Jesús Fuentes los aportes cubanos en la creación de
deidades en la Regla de Palo, no se manifiestan estas incorporaciones también
en el candomblé,
entre otras expresiones religiosas de origen africano. Del mismo modo que
tenemos que aceptar como hechos objetivos esas realidades, tenemos que
apreciar en igual medida la posibilidad del surgimiento de tendencias
ortodoxas; calificables de fundamentalistas por las ideas que propugnan,
similar a la forma de manifestarse estas tendencias en otras religiones.
Características de ese fenómeno entre otras creencias. No es menos cierto
que este hecho puede ser manipulado con intenciones extrarreligiosas, pero
no podemos considerarla como la verdadera causa que origina esa posición;
es más bien un objetivo superpuesto, una manipulación, sin duda alguna de
un fenómeno que se proyecta y tiene lugar no solo en Cuba.
Por eso considero que se debe ser muy cauteloso a la hora de analizar y
estudiar dichas manifestaciones para no caer en errores que sí podrían
acarrear tristes experiencias.
VII
Ya
se ha visto las posiciones de Urrutia ante la existencia y valoración de
la herencia africana en la cultura y la historia de Cuba; Juan René
Betancourt, aparentemente con una posición más intuitiva y empírica, que
la asumida como el resultado de un análisis de fuentes documentográficas
o testimoniales señaló en la década del cincuenta una actitud, sin duda
alguna ortodoxa, que bien puede ser considerado como un antecedente, de la
actual tendencia promovida por la Sociedad Cultural Yoruba. Pero no es solo
esta sociedad la que promueve esta línea de acción ritual; otros grupos,
que no siempre aceptan la autoridad de dicha sociedad, asumen posiciones
similares o diferentes; las divergencias se basan en regresar a una ortoxia,
o pureza al viejo estilo cubano o a introducir variantes no conocidas o no
practicadas ampliamente en Cuba; una de las características esenciales, si
no es realmente la fundamental, radica en el papel y relevancia de los
babalaos; en los intentos de recuperar viejas practicas y rituales que por
muy diversas razones los babalaos dejaron de hacer y fueron asumidas por
los santeros. No cuesta mucho adivinar que detrás de estas contradicciones,
se perfila una lucha por el poder, por el intento de controlar las
actividades religiosas por parte de los babalaos o de los santeros,
incentivadas estas contradicciones por las causas de origen económicos que
se han acentuado y que están indisolublemente unidas al poder o control
que se quiere ejercer de las actividades de la santería o Regla de Ocha.
No
es difícil pensar en la probabilidad que este fenómeno o alguno similar
también aflore en la Regla de Palo y en otras religiones afrocubanas, pero
no se hace tan visible por no ser las tensiones tan fuertes como ocurre en
la Regla de Ocha
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