CUENTOS
LIDIA CABRERA
A mi juicio —y es sabido que no
soy amigo de malgastar elogios—, Los Cuentos Negros de Lydia
Cabrera merecen plenamente el título de obra maestra...
Alejo Carpentier
Ya se plantaban las cañas dulces; ya estaban los trapiches, las vegas
y cafetales; pero de esto hace mucho, mucho tiempo -- ¿quién se acuerda,
si ya no van quedando negros viejos para contarlo ni quien lo quiera oír?
-- se cerraron misteriosamente, se borraron todos los caminos de Cuba. Y
es que nadie, impunemente, por una causa incomprensible, podía transitar
por ellos.
Aquellos que cruzaban las lindes de sus fincas, los que se alejaban de
sus pueblos, dejaban atrás sus caseríos o su bohío solitario, no
retornaban nunca.
Toda comunicación entre los habitantes del país, aún entre aledaños, se
hizo impracticable. Cada cual vivía cautivo en su lugar. Viajar era
morir. El terror a Ikú, apostada al comienzo de las rutas desvanecidas,
la Ikú aguardando en todas direcciones, hizo de cada pueblo, de cada
hacienda, de cada sitio, de cada casa, rica o pobre, un mundo aparte y
cerrado; cárceles, cuyas murallas invisibles, murallas de aire,
transparentes como la luz del día, sin embargo, eran infranqueables...
De un extremo a otro de la isla, la vida quedó estancada. Y todos los
hombres se apesadumbraron; sin grillos, sin azotes, sin mayoral, los
blancos, mirando al horizonte, se sintieron esclavos; los que eran
costeños y vivían tierra adentro, lloraban si el viento hacía cantar los
árboles como cantan las olas; y los que estaban junto al mar y eran de
tierra adentro, tampoco podían contener ahora sus sollozos cuando oían
cantar al mar con la voz de sus bosques; por el mar moría el hombre de
los montes y de las sierras; el hombre del mar moría por la tierra
inaccesible.
Al huir y borrarse los caminos, desaparecieron también los anhelos, los
sueños, las esperanzas; los corazones se enmustiaron y se enfermaba de
tristeza, de aburrimiento, de nostalgia. Pero muchos hombres valerosos,
espíritus demasiado inquietos para soportar la pesadumbre de aquel
extraño cautiverio, éstos que en todo tiempo preferían el infortunio a
una felicidad monótona, se marchaban de sus predios fingiendo que
tomaban por patarata -- historia de Cocos y Moringa, buenas para
amedrentar sólo a los niños --, la evidencia de un peligro desconocido,
pero al que a poco de andar por la tierra sin caminos, sucumbía el
viajero.
Ya era hora -- decían-- de rebelarse contra aquel destino; hora de
vencer el miedo, de vencer la muerte, derribando las angustiosas
barreras transparentes.
De éstos no retornó ni uno...
Vivía allá por la Vuelta Abajo, en el asiento de un cafetal abandonado,
con otros negros que ocupaban las fábricas ruinosas, o sus bohíos de
vara-en-tierra, una pareja africana; mas ¿quién se acordaría de sus
nombres?
El dueño de la hacienda, un hombre activo y lleno de ambición, había
partido un día, desesperado, en un caballo cuatralbo. Su hijo único, un
Mayoral y algunos fieles esclavos, armados hasta los dientes, el
caballero cubierto el pecho de escapularios y de amuletos los negros,
marcharon luego en su busca. Nunca más volvieron. La «niña», el ama,
esperándolos había muerto de pena. Los negros la enterraron al pie de
uno de los mangos frondosos que antes formaban con los naranjos -- en
una tierra excelente ahora invadida por las malezas, las bejuqueras y
las yayas --, las calles y guardarrayas majestuosas del cafetal.
Veinte años, quizá más, debían haber pasado desde entonces. Veinte hijos,
que en este tiempo, engendraron aquellos dos africanos. Veinte, entre
varones y hembras.
Les nacía un varón, crecía sano y fuerte y en cuanto era talludo venía a
decir a su padre:
-- «Babamí, mó fo iaddé», me voy... ¡pájaro no quiere vivir en jaula!»,
y quieras que no, se marchaba, escabulléndose como una jutía por el
maniguazo.
La pobre negra gemía inconsolable: -- « ¡Omó, omó, úmbo, chón chón, chón!»
(¡Ay, mi hijo se va andando! )
Así perdieron estos negros todos sus hijos varones.
Ya viejos los dos, la mujer, sin haberse apercibido de su estado, parió
jimaguas. Ibeyes.
La alegría de una conga centenaria, que hacía las veces de Reina en
aquel palenque fortuito, donde había negros de varias naciones, no tuvo
límites al contemplar a los jimaguas que dormían cobijados por unas
yaguas secas, en las cuatro tablas de palma tendidas sobre dos maderos
cruzados que les servía de yacija:
«¡Yé yé yé, lukénde, yéyé
yéyé, lukénde, yéyé. »
cantó la vieja; y se armó el más alegre zarambeque que en veinte años
resonara en aquel lugar.
Cada Ibeye traía al cuello un collar de perlas de azabache con una cruz
de asta. En nada podía diferenciarse un Ibeye del otro. Eran idénticos,
como dos granos de café.
El que nació primero se llamó Taewo y el que nació después se llamó
Kaínde.
A los dos les brillaba una luz vivísima en el pecho. Esta luz que venía
con ellos al mundo -- decían los viejos del perdido cafetal -- era marca
divina del Señor Obatalá.
La madre cuidó de estos hijos milagrosos con pasión reverente. Todos
mimaban y agasajaban a los Ibeyes; las mujeres velaban por ellos como su
propia madre. Venían del Cielo: a los jimaguas los envía Oloddumare, son
una gracia de Olórun. Príncipes, hermanos o hijos de Lúbbeo, Changó
Orisha, -- el que es Fuerte entre los Fuertes, heredero universal de
Olofi, el Creador de vida -- ; son ellos los únicos niños que acaricia
Yansa, la lívida Señora de los cementerios.
Los alimentaban con frutas y palomas blancas, los bañaban con yerbas de
olor, ungían sus cuerpos con manteca de corojo. Para honrarlos al nacer
se hicieron grandes ceremonias; para contentarlos, se les bailaba y
cantaba los cantos que son suyos. Mas así que crecieron, alegres y
revoltosos -- estrechamente unidos e iguales -- y alcanzaron el alto de
un caimitillo, los Jimaguas le dijeron al viejo Taita las mismas
palabras que antaño, uno a uno, habían pronunciado sus hermanos.
-- «Babamí mó fó iaddé... »
Al escucharlos comenzó a gemir la madre y con ella todas las mujeres que
tanto los amaban.
-- « ¡Mis Ibeyes! ¡ay! ¡ahora se van también mis Ibeyes: a morir se van
mis Ibeyes!»... y he aquí que la conga más que centenaria, un podrigorio
que ya no veía, ni entendía ni podía tenerse derecha, se irguió
repentina sobre su miseria. Una corriente de vida por unos instantes
impulsó su corazón, desentumió milagrosamente sus brazos, dio firmeza y
soltura a sus piernas inútiles. Remozada y fuerte sobre sus pies, no en
tenguerengue, sino arrogante como en los días en que era el mejor «caballo»
de Siete Rayos, con frescura increíble se alzó la voz de la vieja
rediviva dominando el coro plañidero de las mujeres. Se trocaron los
llantos en cantos de alegría.
« ¡Yé yé yé, lukénde, yé yé!»
En torno a dos platos de madera exactamente iguales, las negras
alborozadas batieron palmas: llorando y riendo a la vez de contento,
bailaron la ronda saltada de los Ibeyes -- el baile que regocija a los
Jimaguas, el baile de las Mamá Chuchas --, mientras éstos se alejaban
por las maniguas veladas.
Si los caminos, atajos, dereceras, anchas veredas o delgados trillas, se
habían cerrado, y luego marejadas de yerba, montes firmes y vírgenes se
los habían tragado a todos, era, decían los zahoríes o los brujos que
hablaban con los dioses y los muertos, por culpa de un ogro o un Diablo.
Este Diablo, Okurri Borokú, cruel y caprichoso, uno y mil a la vez,
apenas el viandante recorría un trecho largo, le salía al encuentro,
pretendía someterlo a una prueba en la cual invariablemente fracasaba, y
se lo comía.
Siete días anduvieron los Jimaguas por la broza espesa.
Las breñas se desenmarañaban para dejarlos pasar y luego volvían a
intrincarse estrechamente: en estos siete días con sus siete noches
dormidas en paz al amparo de cedros, ácanas, jocumas o yabas, bajo
enredaderas sin maldad, no ocurrió absolutamente nada.
A presencia de los Ibeyes desaparecían Chichicate, Manuelita y Guao, los
tres palos malvados del bosque. Luego marcharon a cielo abierto por
tierra llana, pedregosa, olorosa a esparto y granadillo. Lejos asomaron
unas lomas; subieron costeándolas; y desde una cumbre contemplaron el
mar.
Otros siete días anduvieron por la sierra, y al descender de mañana,
hallaron en la garganta de un pequeño valle, al Diablo inmóvil en una
talanquera, entre dos enormes montones de huesos humanos.
Parecía dormir de pie profundamente, con el mismo sueño del valle, como
en un sopor de eternidad y de pesado silencio. Muy cerca ya del terrible
guardiero, un Jimagua -- Taewo -- deslizadizo y rápido como una
lagartija, se ocultó en la espesa yerba botija (esta yerba, lo mismo que
Anamú, la maloliente, tiene virtud de deshacer lo Malo).
El diablo entreabrió los ojos en aquel momento. Era un viejo gigantesco,
horroroso, de cara cuadrada partida verticalmente a dos colores, blanco
de muerte y rojo violento de sangre fresca. La boca sin reborde, abierta
de oreja a oreja; los dientes pelados, agudos, eran del largo de un
cuchillo de monte. Kaínde, al notar que el demonio cerraba de nuevo los
ojos sin ánimo de salirse de su soñera, se le allegó resueltamente y
asiéndolo por uno de los negros plumeros o de las cuerdas que llovían de
sus hombros, lo zarandeó de duro.
-- «¡Arriba, Taita, despierte!» -- gritó el chiquillo insolente, con
todas sus fuerzas.
-- «Mújú-mújú» -- refunfuñó el ogro viejo, estirándose, volviendo en sí
poco a poco; y el valle apacible mugió como un toro.
-- «¡Mokenkén!» -- exclamó luego sorprendido al ver al negrito --. «¿Qué
has venido a hacer aquí? ¿Sabes mi ley? Mokenkén ¡mira mi diente! Debe
hacer muchos años que duermo. ¡Ya nadie cruza por aquí! ¡Me parece que
debe hacer muchos años que no saboreo carne humana! Y despierto con
hambre, mokenkén ¡mira mi diente!»
-- «Déjame pasar! -- contestó dulcemente el Ibeye --. « ¡Abreme el
camino! »
-- «¡Oddára! Pero antes tendrás que tocar mi guitarra y hacerme bailar
hasta que me canse. Si tu son es bueno y me complace y demuestras
tocando ser más resistente que el diablo, pasarás. Si no, ¡yéun!, te
comeré. ¡Mira mi diente, mokenkén! Esta es mi ley» -- y el diablo
comenzó a arañar furiosamente en su costado hasta abrirse en la carne un
gran huraco; hundió las manos hasta el puño en la herida y se extrajo de
bajo las costillas, una guitarrita que entregó al muchacho.
Este templó las cuerdas y comenzó a tocar:
«Dínguirin - Dínguirin - Dínguirin - Dínguirin -
Dínguirin - Dínguirin - Dínguirin - Dínguirin - drín.
Dea Mamandéa dea mamandellín
Dea Mamandéa dea mamandellín
Dinguirín dinguirín
Dea Mamadéea dea mamandellín.»
-- «¡Ah!» -- dijo el diablo enrojeciendo de pies a cabeza y alargando
las orejas --, «Esto me gusta mokenkén. Bailaremos.» Y bailó dos, tres,
cuatro horas sin parar.
Sentía el Jimagua entumecerse sus dedos adoloridos y a punto de
impedírsele el brazo.
-- «Taita, tengo sed» -- dijo al fin -- «allí junto a aquel tamujo, veo
un ojo de agua; déjame beber.» -- «Bebe.» -- contestó el Diablo.
Kaínde corrió a esconderse en lugar de su hermano. Este empuñó
inmediatamente la guitarra y continuó rasgueando.
«Dínguirin - dínguirin - dínguirin...»
Chisporroteaba el Okurri Borokú. Se paseaba mostrándose espantoso. Se
estremecía, se remeneaba... Un segundo permanecía inmóvil y de pronto,
avanzaba brincando y rugiendo de contento, luego recejaba sorprendido y
furioso como si esquivase a otro diablo inesperado que a su vez se
adelantase a embestirle.
Daba vueltas vertiginosas fijo en un mismo punto. Bailaba como una
llama. incesantemente, sin sospechar que quieto, en soñarrera de tantos
años, sus fuerzas habían menguado.
Horas más tarde volvió a decir el negrito:
-- « Táita, quiero beber.»
-- «Bebe, mokenkén. Pero, mokenkén, ¡mira mi diente! »
Volvió Taewo, que ya estaba fresco y bien repuesto. Y el diablo no daba
señales de cansancio: continuaba revirándose, sacudiendo sus escamas
sonoras, moviendo sus plumeros y escandalizando al valle (que tenía
olvidadas aquellas danzas) con el estruendo de sus cencerros y
cascabeles y los estampidos de sus explosiones.
-- «Taita, ¡un poco de agua!»
-- «Bebe, hijo mío. No podrás beber lo que yo bailo... Detrás del jagüey
nace un río. ¡Bébete el río, mokenkén! Pero mira mi diente; mientras
toques, bailará el Diablo.»
El diablo estaba contento de veras; el fuego seguía brotando de sus ojos
desprendidos de las órbitas, de su boca inmensa, de su nariz movediza.
Magníficas plumas de llamas salían de su trasero; y mientras el Ibeye se
retiraba un instante fingiendo que bebía, continuaba bailando y ardiendo,
cantándose a sí mismo.
«Dínguirin - dínguirin
dínguirin - dínguirin.»
Entonces vino Kaínde, que había hecho siesta y devorado seis palomas de
doce que le ofrendó un gavilán.
Ya iba el sol de caída; ya ennegrecía, abstraído, el valle.
¡Ay! ¡Dínguirin - Dínguirin! Y otras cuatro horas pasó el Ibeye arañando
las cuerdas de la guitarra. Salió la luna. Descendieron los pájaros de
la oscuridad a bailar con el Diablo. Volaban en bandadas tenebrosas en
torno a su cabeza moñuda. Los montones de huesos crujieron, se animaron,
y el valle se llenó de las osamentas que erraban en todas direcciones,
plateadas más tarde por la luna, persiguiéndose, chocando unas con otras.
Y Okurri Borokú se bamboleaba, estevado, desplumado, anhelante,
entontecido.
-- «¡Eh, Taita, voy a echar un trago!» -- y el Jimagua que tomó después
la guitarra lo vio recomenzar sus vueltas tambaleándose y caer al fin,
pesadamente.
-- « ¡Esta es tu ley! » -- dijo el Ibeye --. «Mientras yo toco ha de
bailar el diablo! Taita, enséñame los dientes.»
El dentón, forzando una sonrisa, una mueca de cansancio, horrenda y
triste, se incorporó fatigosamente. Ya no podía con su cuerpo; ya no
había lumbre en sus ojos; jadeaba, colgaba su larga lengua bífida. El
muchacho lo obligó a moverse al compás de la guitarra. En el cerco de
lechuzas y murciélagos que revoloteaban lúgubres en torno suyo, el
diablo perdía el equilibrio, daba tumbos de borracho...
Era la media noche en el valle azul cubierto de huesos humanos.
-- «El agua debe de estar muy fresca con la luna llena» --. Okurri
Borokú no deseaba otra cosa: dócil, vencido, esperaba el momento en que
el muchacho cesara de tocar siquiera unos instantes. Estaba desjarretado;
sentía su cuerpo muerto de la cintura a los pies, medio muerto de la
cintura al cuello.
Sin darse cuenta, cayó de espaldas, cara a la luna.
«Dínguirin dín...gui...rin...» Oyó, muy lejos, reírse a la guitarra.
-- « ¡Llegó tu hora! » -- dijeron a un tiempo los Ibeyes.
Iban a arrancarle las entrañas para quemarlas en una hoguera; mas allí
hablaron de cruces de asta de sus collares:
-- «Busca tres hierros que hallarás en el monte, una mata de malva y una
cazuela de barro. Arráncale el corazón, despízcalo, májalo con las hojas
y entiérralo después metido en la cazuela.»
Así lo hicieron.
Vencido el Diablo -- desendiablada, libertada la isla -- reaparecieron
los caminos sin que fuese menester que el hombre, de nuevo, tuviese que
trazarlos y rehacerlos con el sudor de su frente. Dicen también que los
Ibeyes resucitaron aquella noche a cuantos se habían perdido; que por la
Palma Real subieron al Cielo y le pidieron a Obatalá -- que jamás les
niega nada --, devolviera sus antiguos cuerpos y las almas a aquellos
miles de esqueletos que yacían insepultos en el valle y en las sendas
que Okurri Borokú había cerrado.
EL LIMO DEL ALMENDARES
El Alcalde dio un bando proclamando que en todo el mundo no había mulata
más linda que Soyán Dekín.
Billillo, un calesero, quería a Soyán Dekín, pero nunca se lo había
dicho por temor a un desaire: que si ella era linda, pretenciosa,
resabiosa, él no era negro de pacotilla.
Hubo fiesta en el Cabildo, en honor de Soyán Dekín. Fue el Alcalde. Y
Soyán Dekín, reina, pavoneándose. Arrollando con la bonitura. Y baila
que baila con el Alcalde.
A Billillo esto se le hizo veneno en el corazón. Sin querer mirarla tan
fantasiosa -- porque desprecio no repara --, se le iban los ojos detrás
de su brillo y su contoneo; y siempre la encontraba con el blanco,
paliqueando o de pareja.
Contimás, cariñosa.
¡Caramba con la mulata! que debió haber nacido para untarse esencias y
mecerse en estrado. Era de ringo-rango. ¡Y con aquel mantón de seda que
coquetea, y la bata de nansú, buena estaba la mulata, buena estaba Soyán
Dekín en su apogeo, para querida de un Don! ¡Y a echárselas con los
negros de lirio blanco!
Billillo afilió su odio.
Para no desgraciarse dejó la fiesta, y los demonios se lo iban llevando
por las calles oscuras. Y el cornetín, allá en el Cabildo, tenía a la
noche en vela. Y Billillo -- ya Dios lo haya perdonado -- fue donde el
brujo de la Ceiba, que vivía metido en la muerte y solo se ocupaba en
obras malas.
Soyán Dekín dormía las mañanas con señorío. Ni los ruidos de la calle
tempranera, ni la rebujiña del vecindario en el patio común, le
espantaban el sueño.
Hasta muy sonadas las once, no pensaba en levantarse; y por su cara
bonita, nunca hacía nada. Era su madre -- planchadora inmejorable --
quien trajinaba en la casa y quien ganaba el sustento: ella al espejo o
en la ventana. ¡Zangandonga!
Soyán Dekín volvió del cabildo de madrugada. Y no se acostó. A la hora
de las frutas y las viandas, cuando la calle se llenó de pregones y el
chino vendedor de pescado llamó en el postigo, Soyán Dekín le dijo a su
madre:
-- «Dame la ropa sucia; voy a lavar al río.»
-- « ¡Tú tan linda, y después del baile lavando la ropa! »
Pero Soyán Dekín, como si alguien invisible se lo ordenara susurrándole
al oído, gravemente repitió:
-- «Sí, Mamita, venga la ropa; hoy tengo que lavar en el río.»
La vieja, que se había acostumbrado a no contrariarla en lo más mínimo,
hizo un lío de toda la ropa que había en la casa y se lo entregó a su
hija, que se marchó llevando el burujón en la cabeza.
Y dicen que el sol no ha vuelto a ver criatura mejor formada, ni más
graciosa, ni más cimbreña -- la brisa en su bata y por nimbo la mañana
--, que Soyán Dekín aquel día, camino del Almendares. Ni en todo el
mundo ha habido mulata más linda que Soyán Dekín: mulata de Cuba,
habanera, sabrosa; lavada de albahaca, para ahuyentar pesares...
Donde el río se hizo arroyo y el agua se hizo niña, jugando a flor de
tierra Soyán Dekín desató el lío de ropa y arrodillándose sobre una
piedra, se puso a lavar.
Todo era verde como una esmeralda y Soyán Dekín se fue sintiendo presa,
aislada en un cerco mágico: sola en el centro de un mundo imperturbable
de vidrio.
Una presencia nueva en la calma la hizo alzar los ojos y vio a Billillo
a pocos pasos de ella, metido en el agua, armado de un fusil e inmóvil
como una estatuta. Y Soyán Dekín tuvo miedo: miedo al agua niña, sin
secreto, al silencio, a la luz; al misterio, tan desnudo de repente...
-- « ¡Qué casualidad, Billillo, encontrarte aquí! ¿Has venido a cazar,
Billillo? Billillo, anoche en el baile te anduvieron buscando Altagracia
y Eliodora, y María Juana, la del Limonar... Y yo pensé, Billillo, que
bailarías conmigo. Billillo... no te lo digo por falacia, nadie borda el
baile en un ladrillo como tú.»
Pero Billillo no oía, ausente de la vida. Tenía los ojos fijos,
desprendidos y vidriosos de un cadáver. Sus brazos empezaron entonces a
moverse rígidos y lentos; como un autómata cargaba el fusil y disparaba
al aire en todas direcciones.
-- «¡Billillo!»
Soyán Dekín quiso huir. No pudo levantar los pies: la piedra la retuvo;
El lecho del arroyo, de tan poco fondo, y donde los guijarros, al
alcance de la mano, brillaban como las cuentas azules, desprendidas de
un collar de Yemayá, se iba ahondando; el agua limpia y clara que antes
jugaba infantil a flor de tierra, se tornó grande, profunda y secreta.
La piedra avanzó por sí sola, llevándose cautiva a Soyán Dekín, que se
halló en mitad de un río anchuroso, turbio, y empezó a hundirse
lentamente.
Tan cerca, que casi podía rozarlo, Billillo seguía inmutable, cargando y
disparando su fusil a los cuatro vientos; y el agua no se abría a sus
pies, insondable, para tragárselo como a ella, poco a poco.
-- « ¡Billillo! -- gritaba Soyán Dekín -- ¡Sálvame! ¡Mírame! Ten
compasión de mí. Yo tan linda... ¿cómo he de morir?»
(Pero Billillo, no oía, no veía.)
-- «¡Billillo, negro malo, corazón de piedra!»
(Y Soyán Dekín se hundía despacio, fatalmente.)
Ya le daba el agua por la cintura. Pensó en su madre, y la llamó...
-- « ¡Soyán Dekín. Dekín Soyán!
¡Soyán Dekín, Dekín, duele yo! »
La vieja que estaba planchando con arte, pecheras blancas de mil
alforzas, tembló toda de angustia.
-- « ¡Soyán Dekín. Dekín Soyán!
¡Soyán Dekín, Dekín, duele yo! »
Se lanzó a la calle desesperada, medio desnuda, sin echarse a los
hombros su pañolón; fue a pedir auxilio, llorando, a las vecinas.
Llamaron a un alguacil.
-- «¿Quién ha visto pasar a Soyán Dekín? Soyán Dekín, que iba al río...»
Recorrieron las dos orillas del Almendares.
La vieja seguía escuchando los lamentos de su hija, en la celada del
agua.
-- « ¡Dekín! ¡Duelo yo!... »
También la oían ahora las vecinas y el alguacil. Todos, menos Billillo.
Ya Soyán Dekín sólo tenía la cabeza de fuera.
-- « ¡Ay, Bellillo, esto es bilongo! (1) Negritillo, adiós... Y yo que
te quería, mi santo, y tú que me gustabas, negro, y no te lo daba a
entender por importancioso. ¡Por no sufrir un desaire!»
Billillo pareció despertar bruscamente de su sueño. Un sueño que hubiera
durado mucho tiempo o toda la vida.
El río había cubierto totalmente a Soyán Dekín; flotaba su cabellera
inmensa en el agua verde, sombría.
Rápido, Billillo, libres todos sus miembros, la asió por el pelo; tiró
de ella con todas sus fuerzas.
La piedra no soltó su presa... Billillo se quedó con un mechón en cada
mano.
Tres días seguidos las mujeres y el alguacil buscaron el cuerpo de Soyán
Dekín.
El Almendrales lo guardó para siempre. Y aseguran -- lo ha visto Chémbe,
el camaronero -- que en los sitios donde es más limpio y más profundo el
río se ve en el fondo una mulata bellísima, que al moverse dilata el
corazón del agua.
Soyán Dekín en la pupila verde del agua.
De noche, la mulata emerge y pasea la superficie, sin acercarse nunca a
la orilla. En la orilla, llora un negro...
(El pelo de Soyán Dekín es el limo del Almendares.)
(1) Maleficio.
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